Esa tarde pensé que me moría.

La tarde que andaba trepado en mitad de una alta montaña de pendiente empinada, creí que me moría.

Le había pedido a un campesino del pueblo de Salaverna, que me llevara a otro rancho abandonado, fantasma de al tiro, que se llama Providencia y que queda atrás de una loma.  

Uno de tantos pueblos del norte de Zacatecas, colindantes con Coahuila, que fueron devastados, arruinados, acabados, por la actividad minera.

El lugareño que hizo de guía, un hombre correoso, campesino, ya dije, me dio a escoger: o nos íbamos por un arroyo, pero nos agarraría la noche, o subíamos por la “lomita” y llegábamos atardeciendo.

Sin saber lo que decía le respondí que por la lomita. Nunca lo hubiera hecho.  

Era un cerro pedregoso y resbaladizo, no le miento, pero casi trepé gateando.

El ranchero, obvio, subió como si nada, podría decirle, sin exagerarle, que como una chiva loca, y eso que cargaba un pesado bulto en la espalda.

Sentía yo que el corazón se me salía del pecho, que se iba el aire, que las piernas no me respondían.

Pensé que iba a morir, hasta aquí llegaste Peña, y le pedí perdón a Dios por todos mis pecados, que usted no está pa saberlo ni yo pa contarlo, pero son muchos.

Montonal de veces me detuve a descansar en los picachos de la sierra y aquel recio hombre de campo me tuvo paciencia.

“Da pasos cortos y controla tu respiración”, me decía, así es de sabia la tosca gente del campo.   

Hasta que llegamos al pueblo de Providencia y contemplé desde arriba las ruinas de sus casas, su templo, su escuela, su salón ejidal, una preciosura de paisaje donde sólo habitaba el viento.

 

Yo estaba sin aliento, olvidé decirle que no había comido, no llevaba agua ni otra provisión, pero estaba extasiado ante tanta majestuosidad.

Se trataba de bajar al pueblo, que estaba en una cañada profunda.

“¿Bajas?”, preguntó el ranchero, le dije que no. Mis fuerzas estaban agotadas, ya no daban para más.

Estuvimos un ratito contemplando aquellos vestigios, luego iniciamos el descenso hacia Salaverna.

Creí que sería más fácil, pero la bajada estuvo más tremenda que la subida.

Si me fui de nalgas 40 veces, fueron pocas.

Ya se imaginará cómo llegué.

Sentía el cuerpo molido, como si me hubieran puesto una chinga de tres días, pero la emoción de haber pasado por aquella experiencia fue reparadora.

Después me sentí viral, emocionado, hiperactivo, alterado.

Hasta que un viejo habitante de Salaverna me dijo que esa montaña no era un juego de niños y que no era apta ni para cardiacos ni nerviosos.

De la que me salvé, pensé, pero pues ya sabe usted que hierba mala, nunca muere…