Ilustración: Vanguardia/Esmirna Barrera

—Si es un robot misionero, impartir una clase de catecismo a diez niños no debe ser ningún problema, ¿verdad, padre?
El énfasis en las palabras hacía evidente que el cardenal no estaba consultando al sacerdote responsable del Proyecto S.J. sobre esa tarea para el famoso cura autómata que, de hecho, a esa hora, lejos del Vaticano, ya estaba trabajando con los niños.
¿Cómo empezar para conseguir su atención? El robot veía tres opciones: “Había una vez”. No. Ese comienzo clásico se volvió anacrónico. “En aquel tiempo”. Sonaba bíblico, sí, pero no atrapaba a los pequeños. “Hace mucho tiempo, en una galaxia, muy, muy lejana”. Ese le gustaba, tenía que ver con el Cielo...

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Allí los diálogos no requerían de palabras audibles. Las ideas eran captadas por las mentes de todos.
Si alguien tradujera la conversación del momento, escucharía un intento de réplica donde no la hay.
— ¿Robots a nuestra imagen? Pe… ¿por qué? —Mija-El no ocultó su turbación. Qué idea del jefe.
—Señor —terció Gavri-El—, creo que Mija-El señala que no hay antecedentes similares en ningún desarrollo.
Tres… o, mejor dicho, cinco, las personas presentes en ese salón desconocido de un mundo no localizable, entendieron sólo lo que Él dejaba que supieran.
Los experimentadores de campo dudaban. ¿Cómo reproducir una mente a su semejanza si ni siquiera estaban seguros de cómo operaban ellos mismos?
Similar en sus funciones básicas a otros robots, lo extraordinario de esos primeros pilotos de prueba de un diseño especial era el nuevo cerebro, ensamblado según las especificaciones del Señor.

Además, los robots (cuyos nombres aún eran desconocidos para Mija-El y los otros porque el Señor los guardaba en secrecía) tendrían que procrear otros artefactos, así que se desempeñarían mejor que otras cibercreaturas.

Listos cuerpo y cerebro, restaba implantar el programa a las nuevas unidades. La visión de los modelos dependía de dos cámaras en sus testas y se les dotó de un sensor olfativo y dos auditivos.

Al iniciar la ejecución del programa, los robots eran una masa de millares de reacciones químicas. Los electrones saltaron de un átomo a otro, y brincaron de molécula en molécula. Ese aparente desorden tenía su porqué. Los millares de reacciones permitirían a las nuevas creaturas pensar, moverse, procrear y adaptarse.

Su aparato digestivo transformaría, mediante acciones mecánicas y químicas, los elementos que consumiera en sustancias asimilables, útiles como generadoras de energía. Cada reacción química producida en ellos era regulada por una molécula, la enzima, una idea del Señor, el más genial programador.

Lo que hacía a los nuevos robots unidades vivas y únicas era el sistema de reacción generada por el número exacto, la naturaleza y la eficiencia de sus enzimas. Las enzimas se producirían según las especificaciones de otra compleja molécula, el ácido desoxirribonucleico que formaba un catálogo con la información hereditaria: el Código de la Vida.

El Señor, Yahvé, creó, pues, a su imagen y semejanza, a Adán y Eva. Varón y hembra los creó.

Los arcángeles Mija-El y Gavri-El, experimentadores de campo, al llegar al Edén aún no entendían por qué eran tan especiales esos dos robots para 
Yahvé.

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–¿El robot misionero les narró así el Génesis? –preguntó intrigada por el relato de su hija, la mamá de Juliana.
–Claro, ¿o qué, mami, tú sí crees que Adán fue hecho de barro y Eva de una costilla?

*Felipe Rodríguez es periodista y editor