Hoy queda en evidencia que hemos naufragado como humanidad. La tragedia de los migrantes en todo el mundo y nuestro silencio, lo prueban.

La foto es desgarradora: Un niño de solo tres años, yace muerto boca abajo al borde de las olas en una playa de Bodrum, al sur de Turquía en el mar Mediterráneo. De pantalones cortos y una camiseta roja, Aylan Kurdi se había ahogado cuando la lancha en donde intentaba escapar hacia un destino mejor, naufragó. Junto a él, su hermano Galib y su madre Rihan también murieron.

Abdullah Kurdi, su padre, quien fue el único que alcanzó a vivir, narró la tragedia en una entrevista publicada en el diario El País: “Yo sostenía a mi mujer de la mano. Las manos de mis dos niños se escaparon de las mías, intentamos quedarnos en el bote, pero el aire disminuía. Todo el mundo gritaba en la oscuridad. Yo no lograba que mi esposa y mis hijos oyeran mi voz”.

Cosas de la vida, pues esta familia kurda que había sobrevivido a la guerra y los bombazos en Siria, huyó buscando la paz y al final, lo que encontró fue la muerte. Fueron unas víctimas más de la guerra, de la desesperación, la inseguridad y la falta de oportunidades, que huyendo creyeron que podrían encontrar acaso un ápice de vida digna.

Pero lo más triste en todo esto, es que esta terrible imagen no acabará con las guerras en Siria e Irak; ni mucho menos con la ambición de los contrabandistas de seres humanos, que todos los días se enriquecen con la necesidad de esos que dejan todo por el deseo de alcanzar, al menos, un poco para sostener y darle seguridad a los suyos.

A lo sumo, lo único que ha puesto de relieve la fotografía del niño muerto en una playa turca, es el rechazo a los elementos básicos que nos deberían marcar como especie. Hoy queda en evidencia que hemos naufragado como humanidad. La tragedia de los migrantes en todo el mundo y nuestro silencio, son el mejor ejemplo de eso.

La Oficina del Alto Comisionado para los Refugiados de la ONU, ha informado que el flujo de personas desplazadas en todo el mundo, unos 60 millones, está en su nivel más alto desde la Segunda Guerra Mundial. Pero mientras que la atención se ha centrado de manera comprensible en la crisis en el Medio Oriente y África, con el ahogamiento desesperado en el mar o los camiones repletos de personas en su intento de llegar a Europa, hoy la gente está en movimiento en todo el mundo, huyendo de la guerra, la opresión, la persecución y la pobreza.

Estos refugiados, estos migrantes son las víctimas, en su mayoría inocentes, de los fracasos políticos y económicos. Pero es ese mismo sistema económico y político insaciable, el que demandan mano de obra y productos baratos y para eso están los migrantes, quienes al final, con sus bajos sueldos, subsidian los privilegios de los grupos que los satanizan y persiguen.

Incluso, aquí muy cerca de nosotros, por esta misma ciudad donde navegamos con ojos cerrados los mares de la complacencia, hoy mismo miles de mexicanos y centroamericanos dejan su patria en un éxodo como el que sufrió el pueblo de Dios en busca de la tierra prometida.

Durante su travesía, son calcinados por el infernal sol del desierto y sus pies desgarrados por infinitas caminatas en su intento de huir de “La Migra” y el crimen organizado.

Son los extranjeros de su patria, los que huyen de la violencia y la miseria, solo para encontrar racismo y xenofobia. Son las víctimas del neoliberalismo que les ha negado cualquier oportunidad, los expulsados de su tierra que han sido condenados al sufrimiento, pero que todo lo soportan quizás por la esperanza de una vida mejor, pero como aseveraba Camus, ¿quién podría afirmar que una eternidad de dicha puede compensar un instante de dolor humano?

Así que preparémonos porque en este mundo nada ha cambiado y nada cambiará. Hoy y mañana, habrá más muertes como las del niño Aylan y habrá más padres como Abdullah, que relatarán cómo lucharon para salvar a sus hijos y, cuando estaban muertos, los entregaron al mar embravecido o al inclemente desierto.

El colombiano universal, Gabriel García Márquez, el mismo que alguna vez fue indocumentado en Caracas, un día escribió: “Debemos arrojar a los océanos del tiempo una botella de náufragos siderales, para que el universo sepa de nosotros lo que no han de contar las cucarachas que nos sobrevivirán: que aquí existió un mundo donde prevaleció el sufrimiento y la injusticia”.

@marcosduran