Nadie como él sabía cómo crear un culto a la personalidad. Cada aspecto de su excentricidad fue cuidadosamente cultivado, desde su bigote encerado, sus declaraciones deliberadamente provocativas, hasta su comportamiento estrafalario, que lo terminaron convirtiendo en genio y loco a la vez –neurosis, dice la ciencia–, algo que padeció desde su infancia y le hizo casi imposible sostener relaciones sociales normales. 

Así que nadie puede extrañarse de que, luego de 28 años de su muerte, la excéntrica historia artística y personal de Salvador Dalí, haya tomado otro giro extraño, cuando en punto de las diez y diez minutos de la noche del pasado jueves 20 de Julio, el ataúd con los restos de Dalí, que se suponía descansaban en un museo dedicado a la memoria del pintor, en su tierra natal en Figueres, España, haya sido abierto para que sus restos embalsamados, fueran exhumados.

La causa: una demanda surrealista de paternidad interpuesta por Pilar Abel, lectora del tarot de 61 años de edad, quien afirma que su madre, que había servido como empleada doméstica en la casa del pintor,  tuvo una relación amorosa con él. 

Así que tras 28 años de la muerte de Dalí, sucedida en enero de 1989, y dos décadas de batallas judiciales, el Tribunal Supremo de Cataluña pidió muestras biológicas de ADN para averiguar si sus alegatos son ciertos. Cuando abrieron el ataúd del artista los expertos forenses recolectaron muestras genéticas de cabello, dientes y uñas, así como dos huesos largos, que se volverán a poner en su sitio una vez que se complete la prueba de ADN.

Los resultados de la prueba se esperan en unas pocas semanas, un hecho que debería permitir que el caso de paternidad se reanude en septiembre para resolver si la figura central del surrealismo habría engendrado a una niña hace más de seis décadas.

“Estoy asombrada y muy feliz porque se hará justicia”, habría dicho Pilar Abel, quien dijo que el deseo de honrar la memoria de su madre motivaba su pleito de paternidad. “He luchado mucho tiempo por esto y creo que tengo derecho a saberlo”.

Ya de pasada –aunque claro que eso no era el propósito de la demanda– su abogado, Enrique Blanquez, dijo que una victoria judicial le daría la oportunidad de buscar una cuarta parte de la herencia de Dalí, de acuerdo con las leyes de herencia en la región de Cataluña de España.

Dalí y su esposa no tuvieron hijos, aunque Gala –cuyo nombre real fue Elena Ivanovna Diakonova y que murió siete años antes del pintor– tenía una hija de un matrimonio anterior con el poeta francés Paul Eluard.

No conozco Figueres, pero he tenido frente a mis ojos dos de las obras maestras de Dalí. En el Museo Reina Sofía de Madrid me atormenté –aún más– ante el cuadro “El Gran Masturbador”, de 1929. Fue precisamente el año en que conoce a Gala, y los expertos dicen que es el símbolo supremo de las obsesiones sexuales del pintor catalán, quizás una obra autobiográfica: la gran cabeza del masturbador es la personificación del propio artista. El resultado de la transformación emocional y erótica que sufrió cuando Gala apareció en su vida. 

Pero quizás su obra más famosa, y que pertenece a la categoría de lo icónico, la admiré en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, el MoMA. Se trata de “La Persistencia de la Memoria”, una obra que, aseguran, tiene una gran influencia de Einstein y su teoría de la relatividad. Es la imagen de los relojes colgantes, una obra que trata sobre la naturaleza del tiempo, que el científico alemán probó que es relativo.

Y fue quizás ante esa “persistencia de la memoria y del tiempo” a la que se encontraron los expertos forenses que abrieron el ataúd del pintor, pues hicieron un sorprendente descubrimiento: Dalí apareció con el rostro sereno y su característico bigote apuntando hacia arriba. “Intactos él y su bigote, con su famosa posición de las diez y diez”, dijo Lluís Peñuelas, secretario general de la fundación Dalí. 

Narcís Bardalet, que había embalsamado su cadáver en 1989, dijo que encontrar el bigote intacto del pintor catalán era “un milagro” y añadió: “Salvador Dalí es para siempre”. Yo añadiría que es también eterno, y que sus relojes colgantes, al igual que su bigote, siempre marcarán las diez y diez.