Inimitable, irrepetible incluso para él mismo. Este año se cumplen cien del nacimiento de Juan Pérez, el autor “El Llano en Llamas” y “Pedro Páramo”, dos obras fundamentales de la literatura del Siglo 20. Usted y yo lo conocemos como Juan Rulfo, el escritor de Sayula, el que en 1983 obtuviera el Premio Príncipe de Asturias de las Letras “En reconocimiento de la alta calidad estética, hondura inventiva, acierto y novedad expresiva, así como de su decisiva influencia en la posterior narrativa de su País y el lugar destacado que ocupa en el conjunto de las letras hispanas”.

No hay una explicación coherente que logre dilucidar del silencio que la máquina de escribir de Rulfo tuvo luego de “Pedro Páramo”. Interrumpido ese misterio solo por breves historias como “El Gallo de Oro”, adaptada como guión cinematográfico por Carlos Fuentes y García Márquez y llevada al cine por el director Roberto Gavaldón.

De “Pedro Páramo” se hiceron tres intentos para llevarla al cine. Pero tal parece que a la muerte y la magia se negaban a ser encerradas entre cuatro paredes así que fracasaron. Quizás la mejor lograda es la película del director español Carlos Veló con guión adaptado de Carlos Fuentes y con el actor estadounidense John Gavin en el papel de “Pedro Páramo“, lo que en su tiempo fue un escandalo. Décadas más tarde, Gavin visitó Saltillo como embajador de los Estados Unidos de América en México. Mi madre guarda una foto con el actor durante su estancia en la ciudad.

Yo sé que mucho se ha escrito de Rulfo y su obra. Y es que no es poca cosa atreverse a escribir algo de el. Así que le advierto, mas bien, le prevengo que este texto insuficiente, palidece ante la calidad de la prosa que hace semanas le dedicara en estas misma páginas el poeta Jesús R. Cedillo. En lo que ambos coincidimos es que Rulfo es inmortal y que “Pedro Páramo” y “Cien Años de Soledad”, son las dos obras maestras de la literatura del siglo pasado.

“Pedro Páramo” vio la luz un mes de julio de 1955 y es como la describió Alí Chumacero “Una obra fantástica”, “Un diálogo de muertos” como el propio Rulfo dijo en entrevista. Es el retorno a su infancia, un lugar del que ni escritor ni nadie pueden escapar. La obra transcurre entre los murmullos, (El título original), suspiros y el silencio. Pero son la tragedia y la muerte los que nos guían por Comala, territorio mítico, desconocido.

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera”. Es Juan Preciado en la búsqueda de su padre al que jamás conoció. En su camino se topa con un desconocido —Abundio Martínez— que le dice que los dos son hermanos y que en el pueblo, todos son hijos de Pedro Páramo.

Al llegar a Comala, se da cuenta de que todo y todos están muertos. Escucha murmullos y ve fantasmas que aun muertos, temen al patriarca. Comala fue el cacicazgo de su padre y con puño apretujado, controlaba el destino de la tierra y de sus hombres y mujeres. Nada escapaba a su voluntad.

Pero un día, la tragedia se aparece con la muerte de su hijo Miguel y la pérdida de Susana San Juan, la única mujer que amó. Su odio se desata y Pedro Páramo dice: “Me cruzaré de brazos y Comala se morirá de hambre”. Y así lo hizo y así fue. El pueblo murió pero nadie se entera. Ni siquiera el propio Juan Preciado que termina uniéndose al coro de fantasmas: Susana San Juan, Abundio Martínez, Fulgor Sedano, Toribio y Miguel Páramo, seres que vagan por el inframundo, buscando la paz que se niega a perdonar los pecados del cacique y todo lo que toco.

Yo conocí Comala y me senté en las bancas de su plaza principal. Es un pueblo con casas encaladas y huertas cafetaleras. Para Rulfo era un lugar “Lleno de árboles y de hojas, como una alcancía donde hemos guardado nuestros recuerdos”.

La novela termina cuando Abundio Martínez, uno más de los hijos de Pedro Páramo, mata a su padre a cuchilladas. “Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras dice el escritor. Y aunque el mismo escritor dice en su obra que “Nada puede durar tanto, no existe ningún recuerdo por intenso que sea que no se apague”, Rulfo permanece eterno. Quizás es un fantasma más de Comala, atrapado en ese lugar de muertos, en donde todos somos hijos de Pedro Páramo.