Ilustración: Vanguardia/Esmirna Barrera
La comida es uno de los elementos más importantes de una cultura y nuestros antepasados se alimentaban bastante bien

Fue algo sin duda conectado con el sueño o con alguna distracción de las muchas que tengo: recordé la frase que anoté como título del artículo. En la niñez jugábamos a algo relacionado con brujas. Debías ir haciendo preguntas sobre por qué hacías esto o lo otro o para qué servían tales partes del cuerpo y en un momento dado la niña que hacía el papel de bruja, a la que preguntabas “¿por qué tienes esa boca…?”.  Y te gritaba “¡para comerte mejor!” (por ahí va, no se apure, mi memoria no es grabadora). Recordé, también, que, aunque uno ya conocía el final del juego, de todas maneras, se estremecía al recibir la amenaza de la bruja. Si usted se fija, introdujeron en un juego infantil un mito ancestral que habla de canibalismo.

Comer gente o ser comido por otro aparece no pocas veces en las expresiones de cultura y otras en el inconsciente. ¿Recuerda usted a Hansel y Gretel, ese cuento que publicaron los hermanos Grimm? La bruja atrapaba a ambos y los preparaba para comerlos horneados. Y ese no fue el único cuento en que alguien trataba de almorzarse a una criatura. Incluso entre los santos católicos más venerados, de vez en cuando se enunciaba el canibalismo. San Nicolás de Bari hizo el milagro de resucitar a dos niñitos que un tabernero tenía en un barril en salmuera, de los que cortaba pedazos para servirlos de botana a sus comensales (mito de alrededor del tercer siglo). 

Tales relatos tenían, evidentemente, un papel que jugar en la conciencia del pueblo. Uno era atemorizar a los niños sobre los peligros existentes, el otro era su contrario: hacer que se burlasen de ellos.

El tema y la evocación me conducen, sin dudarlo, al tema de la alimentación y sus múltiples intríngulis. La gente prorroga las exageraciones sobre ese tema como con otros. ¿Qué tiempo hace que apareció en los diarios que unos chinos en Saltillo mataban perros para comerlos? Nadie aportó jamás un dato que demostrase que eso era verdad, pero el chisme había golpeado a un grupo étnico perversamente.

Sabemos que la mejor carne machaca es la de Sonora. La competencia (Villa Ahumada, Chihuahua, o Ciénega de Flores, Nuevo León) asume que allá la hacen de burro. Un gran amigo sonorense, “El Guacho” Ontiveros, compraba cada año un burrito y lo hacía machaca en la sierra de Mátape, y presumía que era de burro. No había otra mejor en el mundo. Ahorita entre las machacas que se venden caras hay pellejos; no creo que tarde en encontrar una herradura.
Últimamente he continuado trabajando sobre la dieta de los indios de Coahuila y localicé nuevos datos, unos en documentos, otros en artículos científicos (un análisis de restos de comida petrificada de varios miles de años publicado en Europa). La cosa es que nuestros antepasados comían bastante bien. 

Intenté una comparación entre lo que consumían los españoles de la primera etapa en Saltillo o Monterrey, que salían muy mal parados comparándolos con lo que comían los indios nómadas. Tenían los españoles la peor dieta imaginable: queso duro, pan viejo, tocino gordo, grasoso, y vino tinto; alguna carne cazada a las brasas. Por eso, a la llegada de los tlaxcaltecas en 1591, descansaron de esa miserable dieta. Los tlaxcaltecas trajeron gallinas, guajolotes, patos, maíz, trigo y borregos, jitomate, chiles varios y cabras. Hacían queso y aguamiel y vendían huevos.

De esas tres sociedades tan distintas, los más altos eran los nómadas. Según testimonio del capitán Cano y el franciscano Espinareda, no había un español que tuviera la altura de esos indios, cosa que corroboran los hallazgos arqueológicos. Tanto españoles como tlaxcaltecas eran chaparritos. Aun de Hernán Cortés sabemos que era bajito, y nuestro Francisco de Urdiñola estaba muy lejos de ser alto y delgado como lo pintaron en el mural del Ateneo: era chaparro, gordo y feo, como aparece en el único dibujo a tinta que le hicieron en vida.

Regreso al título. La comida es uno de los elementos más importantes de una cultura. Nunca se le había dado tanta importancia. Pululan restaurantes en Saltillo que ofrecen nuevos platillos con sutilezas bizarras.

Busqué afanosamente la comida indígena y  establecí con estudios bromatológicos el contenido. Tenían una dieta 70 por ciento vegetariana y 25 o 30 por ciento carnívora. Proteínas, vitaminas, minerales, grasas y carbohidratos estaban en su menú. Cierto que, al menos en el área de Saltillo, batallaban en los meses de invierno, pero en general, alrededor de nueve meses tenían muy buena comida. Espero dar a conocer esto pronto.