Ilustración: Vanguardia/Esmirna Barrera

Es momento de llevar a cabo un ejercicio de gobernanza ambiental entre poblanos y tlaxcaltecas

Me encuentro en una de las bancas de forja de acero de la plaza de armas de la ciudad de Tlaxcala. Es temprano y la temperatura es templada. En la agenda del día ya no estará la visita a la casa de don Desiderio Xochitiotzin y Lilia Ortega, pues no están entre nosotros, su vida trascendió pero me quedé con gratísimos recuerdos de sus personas. 

En un momento más me desayunaré con el maestro Cesáreo Teroba Lara, quien es el cronista de la ciudad y que, hace 20 años (en agosto de 1997), en calidad de alcalde fue a Bustamante, NL, en una visita inolvidable que tuvo como marco el Foro “La Tlaxcaltequidad”, palabra creada por don Desiderio.

La ciudad ha perdido el encanto del saludo matinal entre las personas desconocidas, ahora parece un reflejo de la capital de México. Observé a los transeúntes tlaxcaltecas recorriendo rápidamente las calles sin mirar a los demás. Pronto este desinterés será mayor por las externalidades negativas que se generarán al concluirse el nuevo aeropuerto internacional que quedará peligrosamente cerca de Tlaxcala. 

Sin embargo, la mayor parte de ellos sigue llevando en su aspecto físico la simiente de los nobles tlaxcaltecas que apoyaron la colonización, evangelización y mestizaje de la Nueva España. Debo compartir que afortunadamente en la mayor parte de los 59 municipios del interior se siguen conservando los usos y costumbres de antaño. Hay un total de 500 fiestas religiosas anualmente, así que cada semana los lugareños pueden disfrutar de buenos moles de manera gratuita, por lo que dicen de sí mismos: que son fiesteros y “gorrones”.

Sigue pesando la leyenda negra que inventaron los neoliberales sobre la traición a México de este pueblo cuando nuestra nación no existía y además ellos estaban bajo la opresión de un Imperio. Debo aclarar que antes de aliarse con los españoles tuvieron que enfrentarlos en 1519, y que si los apoyaron finalmente fue porque tenían un enemigo mutuo. 

Por otro lado el estado de Tlaxcala, por su territorio pequeño, pareciera un apéndice del estado de Puebla, pero a decir verdad la grandeza de su historia lo coloca en un sitial de respeto en la construcción de México. 

Ahora Tlaxcala y Puebla padecen un problema en común, la contaminación de un río que nace en la parte alta del territorio tlaxcalteca con el nombre de río Zahuapan, que se une a un río que en territorio poblano lleva el nombre de río Atoyac, afluente del Río Balsas, uno de los más contaminados del continente americano.

En Puebla ha habido esfuerzos para restaurar el río, pero no va a haber avances reales si aguas arriba no deja de contaminarse. Sin ninguna duda, la industria juega un papel central en esta problemática. Hay muchos intereses económicos de por medio, pero en tanto no se identifiquen los empresarios que están detrás del ecocidio en ambos territorios estatales el río continuará presentando estertores de muerte. 

Es momento de llevar a cabo un ejercicio de gobernanza ambiental entre poblanos y tlaxcaltecas. No se trata de que tenga hegemonía política uno de los dos estados por su pujanza económica o su extensión territorial, se trata de que haya justicia ambiental.

ONU Medio Ambiente ya está enterada de la situación y con la información fehaciente al respecto de la problemática podría participar como guiadora del mencionado ejercicio regional de gobernanza ambiental. Estoy cierto que sólo bastará la voluntad de los actores políticos, actores sociales y entes económicos de ambas entidades federativas que estén involucrados en el tema para que el problema en común propicie una solución en común.

Me despedí de Tlaxcala en esa misma banca de la plaza de armas en donde tuve la alegría de haber paladeado una gelatina multicolor con nueces y ciruela pasa.