Ilustración: Vanguardia/Alejandro Medina
Los seres humanos, por naturaleza, tendemos a la insatisfacción. La única solución real es aprender a gestionarla, convertirla en un motor, en afán de mejora, en un estímulo que nos lleve a nuestro siguiente objetivo vital

FERNANDO TRIAS DE BES

EN LA PELÍCULA “In time”, que nos sitúa en un futuro donde la inmortalidad es posible, los ciudadanos utilizan como moneda el tiempo (curiosamente, abordé antes esta posibilidad en mi libro “El Vendedor de Tiempo”, escrito hace ya 11 años). En el filme, el saldo de tiempo “en cuenta corriente” equivale al tiempo de vida que posees. Si gastas tiempo, vives menos; si lo ganas, vives más. El protagonista reside en una zona deprimida donde las personas disponen de poco margen. Han de ingresar algo para seguir viviendo (no muy distinto a la vida actual). Pero sus ganancias diarias suponen sólo unas horas. En este barrio, disponer de una semana en cuenta es todo un sueño.

En un momento dado, el protagonista se traslada a una zona rica y empieza a ganar mucho dinero (tiempo). En cuanto posee la suma de un siglo, no le duelen prendas por apostar 50 años al póquer. ¿De dónde surge esa característica humana que nos lleva a no valorar lo que ya tenemos? Pues emana de algo bello y diabólico, que nos catapulta y a la vez nos esclaviza, y que se denomina “eterna insatisfacción”.

ESTADO MENTAL
Los seres humanos, a diferencia de los animales, nunca tenemos suficiente. Nuestro problema, por tanto, no es de cantidad. En realidad, la suma de tiempo, de dinero, de poder, no es relevante. Ponga la cifra que quiera que, una vez conseguida, será insuficiente. El problema es de estado mental. Y su origen está en el sentimiento de satisfacción, una sensación que nunca alcanzamos del todo porque en realidad es un ideal, y estos, por concepto, son ideas y no realidades. Por eso, cualquier realidad obtenida seguirá sin ser la idónea.

Sin embargo, la insatisfacción tiene una vertiente positiva. Es motor de búsqueda, de excelencia, nos moviliza para ser mejores, para progresar. Sin insatisfacción no habríamos levantado catedrales, pintado cuadros que nos estremecen, compuesto sinfonías que nos llevan a derramar lágrimas. El arte, la técnica y la evolución surgen de la necesidad de expresión y el deseo de progreso; ambos, a su vez, de la insatisfacción.

DESEO SIN FIN
Pero, como hemos visto, esa misma insatisfacción que tanto nos ha hecho progresar como especie es capaz de esclavizarnos, de convertirse en patológica, de hacernos dependientes de un deseo que no tiene fin. ¿Qué hacer al respecto? El ser humano ha tratado a lo largo de su existencia de apagar esta sed. 

La solución más extrema es el llamado nirvana, que el hinduismo y budismo llevaron a término. Se trata de alcanzar la felicidad a través de la eliminación de todo deseo: si soy capaz de abstraerme de mi deseo, ya nada podrá hacerme infeliz. Puede ser una solución espiritual, pero no muy práctica porque el día a día obliga. Somos seres que necesitamos, que estamos obligados al intercambio y a vivir en sociedad.

La única solución real es aprender a gestionar la satisfacción y la insatisfacción, convirtiéndonos en líderes de nuestros propios deseos. Se trata de no hacer de la insatisfacción un lamento ni una ambición desmedida, sino un afán de mejora, un estímulo que nos lleve a un siguiente objetivo vital. 

DETONADOR
Lo importante es que la insatisfacción actúe como detonador de progreso y no como un estado negativo que busca ser simplemente saciado. Del mismo modo, la gestión de la complacencia es igualmente necesaria. Aceptar lo logrado, tener suficiente, estar contento, no debe ser una forma de conformismo, sino de gratitud y alegría por lo conseguido.

Somos seres de fines, de metas. Fijémonos que aquí se produce una paradoja reveladora. Las personas que no tienen metas en la vida acaban experimentando una importante frustración y amargura que deriva en insatisfacción personal. Eso demuestra el difícil equilibrio de ese liderazgo sobre nuestros propios deseos. Si no tengo objetivos, insatisfacción. Si los consigo, insatisfacción posterior.

Esta paradoja nos revela las claves para saber cómo actuar. Se trata de fijarse objetivos sanos, vitales, equilibrados, que estén en relación con una causa personal, profesional, artística. Las metas sin causa, tener por tener, el afán de reconocimiento, cualquier forma de ego, la fama, la notoriedad, los signos de estatus, etcétera, son fines cuya consecución va a estar intrínsecamente ligada al vacío existencial. No hay entrega, no hay significado, no hay propósito vital.
 
RETO VITAL 
Ser líder de nuestros deseos equivale a escoger muy bien los objetivos y metas que, una vez alcanzados, generarán igualmente insatisfacción, pero una insatisfacción positiva, pues será el punto de partida del nuevo anhelo, del nuevo reto vital.

De algún modo, debemos distinguir entre insatisfacción permanente e insatisfacción temporal. La primera conduce a la patología y a la tristeza. Obtenga lo que obtenga, me va a parecer poco. En el segundo caso, el logro es el peldaño de un paso más hacia la realización del ser humano.

En resumen, la insatisfacción es insoslayable del ser humano. Nuestra única alternativa es decidir con qué y en qué queremos experimentarla: escoger inteligentemente nuestros deseos. De tal suerte, haremos de ella un motor de felicidad y autorrealización.


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