ANTONIO CAÑO/ El País
"Por supuesto que quiero que fracase", sostuvo Limbaugh. "¡Cómo no voy a querer que fracase una política que pretende acabar con el capitalismo y con la libertad, las ideas que sostienen América!".
Washington, EU.- Desorientado por la velocidad de las medidas reformistas de Barack Obama --y por la profundidad de algunas de ellas--, el movimiento conservador estadounidense se muestra por ahora incapaz de ofrecer una respuesta eficaz y ha caído en un vacío de liderazgo que se encargan de ocupar sus voces más radicales, particularmente la del comentarista radiofónico Rush Limbaugh.

Limbaugh confirmó su protagonismo en la Conferencia de Acción Política Conservadora celebrada el pasado fin de semana en Washington, dominada por discursos extremistas en los que se acusó a Obama de intentar destruir las bases fundacionales de este país y se llamó a actuar para que su gestión sea un fracaso.

"Por supuesto que quiero que fracase", sostuvo Limbaugh. "¡Cómo no voy a querer que fracase una política que pretende acabar con el capitalismo y con la libertad, las ideas que sostienen América!". Muchos de los principales nombres del Partido Republicano se ausentaron de la conferencia, que suele marcar la tendencia dominante en la derecha y apuntar a las figuras en alza y en caída. Esa ausencia fue aprovechada por Limbaugh, que se dirige diariamente a una audiencia de 13 millones de personas, y por otros conservadores para imponer una línea de fiera oposición. "Lenin y Stalin estarían felices con lo que está pasando", dijo el ex candidato presidencial Mike Huckabee. "A comienzos de esta semana escuché al mejor vendedor de socialismo del mundo dirigirse a la nación", manifestó el senador Jim Demint, aludiendo a la intervención de Obama ante el Congreso.

Otros congresistas y dirigentes estatales intervinieron en esa dirección, tratando de movilizar a las bases conservadoras sobre el principio de una guerra ideológica. Pero nadie como Limbaugh representa ese punto de vista.

El Gobierno, que lo sabe y que parece creer rentable esa deriva extremista de la oposición, explota convenientemente la situación. "Limbaugh es la voz, la energía y la fuerza intelectual detrás del Partido Republicano", declaró el domingo el jefe de Gabinete de la Casa Blanca, Rahm Emanuel, mano derecha del presidente. El propio Obama recomendó, a los pocos días de su mandato, a los republicanos en el Congreso que no prestaran oídos al locutor. Las palabras de Limbaugh han sido utilizadas en un anuncio televisivo a favor de Obama pagado por organizaciones demócratas.

Limbaug, un personaje excéntrico y populista que sabe conectar con un sector de población blanca generalmente rural y de escasa formación, disfruta de todo esta notoriedad. "La izquierda siempre necesita demonios para distraer la atención sobre lo que está pasando. Bush se ha ido, ahora estoy yo y yo no me voy", contestó el lunes el comentarista radiofónico.

El ascenso de Limbaugh no es más que la prueba del fracaso de los republicanos para encontrar una figura con posibilidades de rescatar al partido. En la conferencia conservadora de Washington, Mitt Romney, también ex candidato presidencial, resultaba elegido como el preferido de la concurrencia en una votación testimonial, seguido del gobernador de Luisiana, Bobby Jindal y de la gobernadora de Alaska, Sarah Palin.

Ninguno de los tres estuvo en la conferencia, precisamente para preservar su imagen ante una presión tan extremista. Ninguno de ellos es tampoco un claro candidato presidencial. Jindal, el que más venía empujando, se desmoronó por completo el martes en el discurso de respuesta republicana a la intervención de Obama. El joven gobernador de origen en India decepcionó a los suyos y produjo hilaridad a los contrarios.

Newt Gingrich, el ex congresista que capitaneó la revolución conservadora en los años noventa, tuvo un 10% de respaldo en la conferencia de Washington. Ese mismo fin de semana, Gingrich ocupaba la portada del suplemento dominical de The New York Times con un texto que aseguraba que muchos republicanos vuelven a mirar hacia él como la salvación, como el hombre que puede aunar el discurso radical que parecen requerir las circunstancias con la estrategia adecuada para volver al poder.