Ilustración: Vanguardia/ Esmirna Barrera

Se nos dice continuamente que hay que leer. Aparece con frecuencia el dato de que los mexicanos no leemos. Hay ferias del libro en todas partes y nuestro país celebra anualmente una de las dos ferias más importantes del mundo. Las editoriales presentan semana a semana sus ediciones. Hay una contradicción entre el dato de que no se lee y el de las muchas ediciones y tantísimas ventas. Con seguridad se lee más de lo que se reconoce.

Los países nórdicos son hoy en día los que más leen. En el siglo 20 todos sabíamos que la Unión Soviética era la número uno del mundo. Ambos datos parecerían apuntalar la idea de que se lee ahí donde hace mucho frío y atribuir esa afición a la necesidad de estar encerrados en lugares calientes. La interpretación es errónea porque en esos países y la Rusia actual se sigue leyendo todo el año, aun en temporadas de mucho calor: se lee en las playas en traje de baño. No es el frío, pues, sino una tradición, una necesidad, una cultura. Yo leí muchísimos libros cuando viví en uno de los lugares más tórridos de México: Sonora. En Ciudad Obregón la Biblioteca Municipal fue galardonada varios años como la biblioteca donde más se leía de toda la nación y donde más se movían los libros. Obregón tiene el peor clima imaginable. Había un por qué: el director de la biblioteca, Ramón Íñiguez, era el promotor de tal éxito. Pasaba películas, muchos niños hacían ahí la tarea (se les orientaba), se promovía la poesía, la historia regional, la lectura de monitos… La primera vez que fui, él me vio. Preguntó qué me interesaba. Le dije que busqué un libro, pero no lo tenían. “Venga la próxima semana”; ¡lo compró!

Lo anterior puede servir para pensar que la lectura puede ser producto de antiguas costumbres, como en el caso de Rusia o, también, que puede fomentarse.

Uno necesita de algún aliciente para empezar. El más importante, me parece, es que los niños vean a sus padres leyendo. Cuando un niño observa a alguno de sus padres disfrutando un libro ellos buscarán qué es lo hay ahí dentro como para tener entretenida a la mamá o al papá.

Es importante que en las escuelas se promueva la lectura. Difícil que tenga éxito si los maestros no tienen el hábito. Cualquier joven verá que la promoción se la hacen sin convicciones. Cuando estaba en quinto de primaria, el profesor Antonio Espinosa nos leía un capítulo de una novela de piratas muy interesante. Si nos portábamos bien y avanzaba el programa, leía poco más. El autor nos conquistó a casi todos. Teníamos entre 10 y 11 años y empezamos a comprar otros libros. Cada uno costaba 5.95 pesos. Era fácil conseguir esa cantidad, pero no para muchos libros. Entonces ideamos que cada uno comprara uno (Salgari tenía al menos 30 obras) y nos los intercambiábamos. En ese año el grupito de colegas leímos no menos de 15 novelas de piratas cada uno. Al siguiente año casi todos seguimos con la afición: Julio Verne y Arthur Conan Doyle.

Un libro aporta una experiencia única que no se compara a la de una película, un programa de televisión, una obra de teatro u otra. La televisión manda, no se detiene ni te permite reflexionar ni rayarla ni tomar notas. El libro o su autor son tus interlocutores.

Estableces un diálogo. Comentas con otros y compruebas que tu forma de leer, imaginar, soñar, entristecerte o carcajearte son tuyas y no necesariamente las compartes.

Recientemente supe que un gran escritor antes de iniciar una nueva novela lee, de Mario Vargas Llosa “Conversación en la Catedral”, que es, según yo, lo mejor que ha escrito. Se ha dicho que 100 escritores juzgaron que “Don Quijote” era su libro predilecto. El gran etnólogo Claude Lévi-Strauss recibió de su padre (pintor y músico) un “Don Quijote” para niños, que aprendió de memoria. Lévi-Strauss dijo, a los 98 años, que ese libro lo había marcado y que deseaba que todos tuvieran la experiencia de “donquijotismo” que había llenado su vida (lucha por la justicia, respeto a los demás, descontento con la maldad social, irrespeto por las normas…).

La vida es corta. Quiero decir que no hay que perder el tiempo leyendo libros idiotas. Tu existencia cambiará con los libros leídos. Tendrás un “algo” que es tuyo y nada más tuyo. Paul Auster, uno de los grandes escritores americanos dijo que debía mucho a Adolfo Bioy Casares, a Franz Kafka, a Julio Cortázar, a Samuel Beckett. Karl Marx y Sigmund Freud conocían a los clásicos griegos y latinos y los citaban con placer.