Ilustración: Vanguardia/Esmirna Barrera

Pensé que no debería dejar pasar el mes de la mujer sin externar una opinión y relatar algunos hechos y reflexiones relacionados con el tema. No es una cuestión fácil, al menos para mí. Reconozco que en mi infancia, adolescencia y juventud fui formado en el machismo mexicano dominante. Y no lo digo como una excusa sino como parte de una explicación. Puedo decir, aunque esto enoje a alguna feminista, que quienes fomentaron el machismo en nuestras almas fueron las mismas mujeres. Recuerdo esto con claridad.

Tengo la impresión de que los jóvenes hoy en día son más libres de lo que fuimos nosotros. No son pocos los varones de 40 años, de 30 o de 20 que tienen actitudes que no se daban en tiempos idos; actitudes de respeto y colaboración con sus parejas. No me engaño: todavía subsiste en no pocos una conducta de dominación de la mujer que revela, sin la menor duda, un complejo de inferioridad que se expresa como dominio (consulte a Alfred Adler).

Algo que he visto a lo largo de mi desempeño como profesor (20 años enseñando en la universidad), y esto nadie me lo podrá rebatir, es que siempre en las clases alguna muchacha es la mejor alumna y le siguen otras: son superiores a los hombres en desempeño académico. Pero (y deseo que este “pero” no me atraiga inquinas) cuando salen al mundo del trabajo a menudo los varones, aun los mediocres, se colocan más pronto y en mejores lugares que sus compañeras que los superaron continuamente a lo largo de ocho o nueve semestres. ¿Por qué sucede eso? Me lo he preguntado no pocas veces. Y pienso que todas las feministas tienen una respuesta. Yo no.

Pienso en algunas mujeres, como las tres “juanitas” que prestaron su carita para ganar elecciones para diputadas y que una vez que triunfaron le entregaron el cargo a un varón. Sucedió en Coahuila. Esto pesará no sólo en la conciencia de esas mujeres sino también en la de otras. El caso se repitió recientemente en Chiapas, pero de manera aún más cruel. Añada usted la actuación de mujeres como Arely Gómez que fue un fiasco como Procuradora o a nuestra paisana Rosario Robles haciéndole el caldo gordo a Enrique Peña Nieto en la Estafa Maestra, o a la cicatera Gaviota.

Tengo recuerdos muy en contrario: trabajé 11 años con mujeres tojolabales y yaquis. Me referiré nada más a las últimas. No he conocido en México ni tampoco en Europa mujeres con mayor capacidad de lucha, con una posición más desenfadada respecto a los varones yaquis. Alfabeticé algunas y las recuerdo con ansias de aprender para utilizar los conocimientos en su proyecto de superación personal y tribal. Recuerdo una asamblea de consejo de los Ocho Pueblos en que estaban no menos de mil hombres: unas mujeres se adelantaron acusando de corrupto al gobernador yaqui de Tórim: lo hicieron hincarse, pedir perdón a la tribu y le cortaron el cabello como acto de castigo e infamia. ¿Lo creerá?, nadie metió la mano por él. En otra ocasión en una reunión con el gobernador de Sonora, Alejandro Carrillo Marcor, hombre inteligente y bondadoso, se hizo una acusación contra empleados del Banrural y la SARH que robaron a los indios. Dos señoronas yaquis que creyeron que los estaba defendiendo subieron a la tarima gritándole: ¡No te queremos, gusano!

Un viejo libro que tal vez se editó en los años sesenta llevaba el título “Hacia una Ciencia de la Liberación de la Mujer”, de Isabel Larguía y John Dumoulin, mostraba con datos que tanto en los Estados Unidos como en la Unión Soviética las mujeres trabajaban más que sus cónyuges, y que en uno y otro lado los hombres las menospreciaban. Capitalismo y comunismo unidos en la desfachatez.

Rememoro el día en que una mujer india de Bolivia, que vendía empanadas a la salida del socavón de una mina de plata, vino a México y los idiotas izquierdistas de la UNAM empezaron a chiflarle y ofenderla porque “no había defendido al Che Guevara”. Levantó la mano y dijo “si me permiten hablar”, y relató la lucha de los mineros aymaras y ella con ellos. Se llamaba Domitila. Del Che ni idea.

La lucha por la equidad entre géneros debe darse en todo: vida social, económica, cultural y familiar. Todavía falta mucho; no se han compuesto las cosas. Debemos estar todos en el camino hacia la justicia. Como dicen las mujeres de las Familias por Nuestros Desaparecidos: no daremos un paso atrás. Y estas mujeres coahuilenses son lo más cercano a las yaquis que he tenido la suerte de conocer.