#100SueñosPorCumplir: Los niños que no conocían el mar

Christian Solís, un visionario lagunero, decidió cumplirles a niños y adultos mayores su sueño de ver el mar. Y, con estos “granitos de arena”, cambiarles la vida a personas que no conocen la palabra turismo
PAZ. Ángel Hernández olvidó todas sus luchas por un segundo. Fotos: Vanguardia/Orlando Sifuentes

Texto: JESÚS PEÑA
Fotos: ORLANDO SIFUENTES
Diseño: MARCO VINICIO RAMÍREZ R.
Edición: QUETZALI GARCÍA

De pronto la oscuridad.
Las tinieblas.
Unas manos, manos de mujer, le  vendan los ojos a Ángel con una toalla.
Una toalla blanca. 
Ángel va en su silla de ruedas con los ojos vendados.
No ve nada.  
Alguien empuja su silla a través de un corredor, eso cree Ángel, que es un corredor.  
Ángel no puede caminar y apenas habla. 
A su alrededor se escuchan unas risas y unas voces como expectantes.
Y de repente un lejano rumor de viento o al menos eso cree ángel, que es el viento.
Alto. 
Otras manos despojan a Ángel de sus zapatos, y luego de sus calcetines.
Ángel está nervioso, asustado,
Ignora lo que le espera.
Lo que va a pasar. 
Lo que vendrá.
Este no es al juego de la gallina ciega, está seguro.
Ángel siente que el corazón se le sale del pecho.
Tiene las manos sudorosas.
Varios brazos, entre ellos los de Ángel, su padre, de oficio mecánico, y los de Irma, la mamá, ama de casa,  cargan su silla, Ángel lo sabe por ese extraño bamboleo, y lo bajan, Ángel piensa que por unas escaleras.     
Aquel rumor de viento que Ángel había escuchado al principio se vuelve aun más fuerte, más rotundo y acaso ensordecedor. 
En torno Ángel oye gritos como de emoción.
Los gritos de unos chicos emocionados.   
El viento le ha traído a Ángel un olor salobre, marítimo, como a pescado, él conoce ese olor.  
Ángel siente que su silla avanza pesadamente por una superficie pantanosa, un atascadero, un lodazal. 
La silla se detiene en seco.
Alto.

Y Ángel siente como una corriente suave de agua fría que le moja los pies y luego miles de piedrecitas, partículas de arena, que se adhieren a sus dedos.
¿Qué será?
Alguien le desata la venda.
Se la quita…
Cuando por fin la luz penetra por sus ojos de mirada inocente en oleadas avasalladoras Ángel descubre frente a sí la inmensidad, un universo de agua sin fin, de agua azul, espumosa, gaviotas surcando el cielo índigo, y a la orilla arenas infinitas, millones de arenas. 
Ángel no lo puede creer.
Pero está contento, feliz. 
Jamás en su vida había visto cosa semejante, tanta agua junta.
Ni pensaba que el mar, que muchas  veces vio en la televisión, en la película Titánic, esa que tanto le gusta, fuese así… de grande. 
“¿Por qué querías conocer en el mar hijo?”, ´pregunta su padre, “el Titánic”, responde Ángel sonriendo.
 “Quería venir al mar para ver si podía ver el Titanic. El barco el Titanic, ¿cómo hace el Titanic?”,dice Ángel Hernández, el papá de Ángel, y Ángel, sentado en su silla de ruedas, la playa de fondo, despliega los brazos y los mueve como el movimiento de un buque en alta mar. 

ENTONCES LA ARENA. La suma de todos los esfuerzos, tuvo esta recompensa.

* Se contó con el apoyo del Acuario de Mazatlán para el último grupo y se continuará con su participación en el proyecto.   

* La Secretaría de Turismo Social del Gobierno del Estado de Sinaloa, se unió al proyecto y apoyará en siguientes visitas en diferentes temas.  

*  El proyecto es un ejemplo de que la unión de la comunidad en causas a beneficio puede hacer la diferencia en los miembros de la misma. 

* #100SueñosPorCumplir es el hashtag con el que se sigue la iniciativa en redes sociales. 

ACUARIO DE MAZATLÁN. Esta institución se suma, a partir de este viaje, a la experiencia de cien sueños por cumplir, que parte de la una iniciativa ciudadana para hacer otro mundo posible.

“Angelito vino a conocer el mar y a ver si miraba al barco el Titanic, el de la película. Se quiere acercar hijo, se quiere acercar el Titanic”, repite Ángel, el papá.  
“Si dos tres veces sale la película, él la mira. Le gusta mucho la película esa del Titanic. Le encanta”, cuenta Irma Salazar, la madre.  
¿Por qué Ángel?
Por la muchacha…
“Por la protagonista, Rose, se llama”, explica Irma.
Ángel Hernández Salazar tiene 15 años, nació con discapacidad psicomotriz y es uno de los beneficiados del proyecto lagunero  #100sueñosporcumplir, cuyo objetivo es llevar a 100 personas, 50 niños y 50 ancianos, en situación vulnerable o de pobreza extrema, a conocer el mar, a conocer la playa. 
¿Cómo te sientes Ángel?, ¿cómo estás?  
Bien contento, bien feliz.    
“Manda un saludo a San Pedro hijo”, dice el papá de Ángel, “saludos a mis primos”, contesta el niño.  
Son las 7:00 de una mañana luminosa, estival, en la playa a mar abierto del Radisson Park Inn Mazatlán, donde un grupo de 40 personas, 10 adultos, 30 niños, entre ellos Ángel, contemplan, por primera vez en su vida, el mar desde la ribera.
Y gritan, y corren, y chapotean de gusto… sobre las olas.
Tumbados en la arena.
Levantando castillos efímeros, que se van con el maretazo, los castillos se van, pero no este momento que quedará para siempre en la mente de estos críos.  
Hace apenas unos minutos que bajaron de un autobús, procedentes, la mayoría, de San Pedro de las Colonias, algunos otros de Matamoros, Coahuila.

A TODA MÁQUINA. La experiencia promueve la sana convivencia y la diversión. SUEÑO

Después de que hubieron desayunado los condujeron, uno por uno, del brazo, vendados los ojos, hasta la costa, en un ritual fascinante y conmovedor. 
Y aquí están. 
¿Cómo te imaginabas que era el mar?
Que era chiquito.
¿Y qué les vas a contar a tus amigos cuando llegues a tu pueblo?
Que la pasé genial.
Dice Coral, 12 años, sonrisa imperecedera, interna de la Casa Hogar “Los Ángeles de San Pedro”.  
“Son niños que están en condiciones extraordinarias, puede ser por pobreza extrema o porque vienen de familias disfuncionales o madres solteras, papás solteros. Que no tienen quién los cuide y están en la Casa Hogar de manera voluntaria”, explica María Guadalupe Corpus de la Cruz, la madre adaptiva de Coral, y otros 16 los chicos que viven en este albergue. 
¿Cómo te la estás pasando?
Machín,  sí, perrón. 
Oye, ¿y qué sentiste cuando te quitaron la venda, que viste el mar? 
Que me llevaba el mar.
¿Te lo imaginabas así de grande?
No, Chiquillo, pero está chingonote, chingonote.
¿Y qué les vas a decir ahora que regreses a San Pedro?
Que estuvo chido y todo el pedo, chido wan.
Platica Ángel Arévalo, 11 años a lo mucho, googles azules, la piel brillante de mojada, mientras juega al futbol playero en el jacuzzi del hotel con Yahir Segovia, 13 años, la pelota amarilla volando de un lado para otro.   
Es miércoles 22 de mayo.

SUEÑO PERPETUO. Una selfie, un recuerdo, una gota de esta experiencia se queda no sólo en el celular, sino en el corazón.

Dos días después de que Christian Guillermo Solís López, 37 años, el padre de esta iniciativa lagunera llamada #100sueñosporcumplir, arribara al Puerto de Mazatlán con los dos primeros grupos, unas 60 personas, que viajaron desde Torreón y Viesca, Coahuila; Lerdo y Gómez Palacio, Durango, en camión, para conocer, para ver de cerca, por primera vez, el mar.
“Hay gente que nunca ha viajado, nunca… En su vida ha salido, nada…  Es tan precaria su situación que el hecho de decir ‘vas a ir a conocer el mar’,  es algo que…Dicen ‘no tenemos para comer a veces, mucho menos para salir de aquí’. No salen ni en camión porque no tienen la capacidad para salir y conocer al menos otro municipio”, dice Solís López un mediodía de martes en el área pública del Park Inn, la base, el centro de operaciones, la zona cero de este proyecto social, de este sueño hecho realidad, que comenzó hace 10 años, cuando Christian llevó a un amigo suyo a conocer el mar. 
Era un humilde trabajador, ayudante general, de una empresa de comunicación de Torreón, Coahuila, donde Christian laboraba.
El hombre aquel, no conocía el mar.   
Jamás había estado en una playa.
No sabía del dulce golpe del las olas. 
Ni de la suave caricia de la arena.
“Mi amigo me decía que nunca conoció más que Saltillo”, narra Christian. 
El encuentro de aquel amigo con ese animal salvaje y tierno que es el océano, ocurrió en un viaje que Christian hizo al Puerto de Mazatlán con su familia.
“Yo iba con mi familia y lo invité. Me regañaron y todo, pero me lo llevé, le dije ‘vente, para que vivas esta experiencia’”.   
Cuando su amigo se topó frente a frente con el mar, se quedó petrificado.
Y pasó todo el día mirando largamente el piélago.
Como hipnotizado.

MISIÓN CUMPLIDA. Cuando a doña María Cristina Herrera y a sus niños les dieron la noticia de que irían a conocer el mar, no lo podían creer, pensaron que era una broma pesada. Pero se cumplió su sueño y hay pruebas.

Maravillado.
Parecía un niño.  
“Después de ahí esa persona como que, no sé, le empezó a echar ganas, creció mucho en la parte laboral, su vida dio un giro a raíz de ese viaje”, dice Christian.
Al cabo del tiempo Christian le perdió la huella.
Rumbo al ocaso de otra tarde, el sol del horizonte jugando a zambullirse  en el mar, mientras los niños de #100sueñosporcumplir hacen bucitos en la alberca o retozan en el jacuzzi del hotel, Christian, sentado a una mesa con parasol, la brisa pegándole en la cara, relata que tiempo después le vino la idea, el sueño, más bien, de llevar al mar a 100 personas que no conocieran el mar, como aquel amigo suyo, el inspirador de esta aventura. 

“Este año pasó algo en mi vida que dije, ¿cómo le podemos hacer para cambiar la vida de la gente?’, y me acordé del mar y dije ‘¿y si los llevamos al mar?”.
Christian se reunió con su padre, Guillermo Solís,  y el profesor Salomón López, dueño de un afamado restaurante de carnitas en Gómez Palacio, para platicar de su sueño. 
“Les digo ‘esa es la idea: llevar a 100 personas al mar’, y el profe dice ‘llévatela calmada. Noooo, es mucho, vamos a empezar con 10, así en un carro, vámonos, y luego 15 y luego 30 y luego 50 y ái te la llevas. No, no, ¿cómo le vas a hacer?’, Y me convencieron. Dije ‘está bien, voy a pensar en pequeño. Voy a llevarme a 10’. Y luego en mi casa medité, veía a mis hijos, dije ‘más niños, más niños’, y dije ‘no, no, 100’”.

CARTAS AL MAR. Con estas misivas, niños explican sus motivos en una solicitud para soñar.

Christian, originario de Torreón, tenía ocho años cuando sus padres lo llevaron por primera vez a la playa.La familia, que  era de escasos recursos, se había hospedado en un modesto hotel del puerto de Mazatlán.Unas fotos de aquella época muestran a Christian feliz, junto a su hermano y sus padres, chapoteando en la costa.  
Después de la charla con Memo, su padre, y el profe Salomón, Christian se puso en contacto con el fotógrafo mexiqueño Santiago Chaparro y el escritor lagunero de cuentos para niños Quitzé Fernández, dos viejos amigos a los que había conocido en el mundo de los medios de comunicación, para que le ayudasen a armar el proyecto.
Así nació #100sueñosporcumplir.
Andando los días, con la colaboración de dependencias gubernamentales, como el DIF, y de algunas  asociaciones civiles, Christian se puso a buscar por tooooda la Laguna de Coahuila y Durango, las historias, los casos, vaya, de personas, niños y ancianos, que no conocieran el mar. 
Recorrió todos los ejidos de Gómez Palacio, Lerdo, Torreón, San Pedro, Madero, Matamoros y Viesca.
Fue hasta esos lugares donde la gente vive, lugares lejanos, en medio de la sierra, en el semidesierto, “lugares en los que la gente vive muy precariamente, que se mantiene de la agricultura, de lo que puede”, dice Christian.
Christian visitó a esa gente en sus casas, la entrevistó y le pidió que escribiera una cartita donde pusiera cómo se imaginaba que era el mar.

RECUPERAN LA SONRISA. El mar les robó todas las preocupaciones, tristezas y los problemas que enfrentan a diario. Algunos vienen de familias desintegradas, otros son pepenadores. Estas aguas milagrosas les devolvieron su derecho a ser "solo" niños.

“Ellos lo que me decían era que olía a tierra mojada, esa es la principal, que el ruido de la olas se escuchaba como en las películas, ellos le dicen ondas, y que el mar no tiene fin, que nunca se va a acabar y que se cruza con el cielo”.
Lo demás fue reunir fondos para el viaje.
Aquí Christian habla de donaciones en especie, de una rifa, de boletos, de  padrinos…
“Lo que hicimos fue reunir recursos para hacer la rifa y que vendieran boletos, con la venta de 10 boletos ayudaban a que una persona cumpliera su sueño”. 
Hasta que se llegó la gran fecha.
El viaje sería del 20 al 23 de mayo, tiempo en el que 100 personas, organizadas en grupos, conocerían el mar.
“Dije ‘hay que ir a Mazatlán a buscar el hotel, hay que ir con Ómnibus a ver si nos apoya. Y ái venimos y ái vamos. Y con recursos propios eh. Cada día era un avance. Lo logramos un mes antes de estar aquí…”. 
Jesús Antonio Ramírez Regalado, un chavo de 20 años, que padece hidrocefalia con mielomeningocele, discapacidad que lo mantiene atado a una silla de ruedas, fue el primer beneficiado de #100sueñosporcumplir. 
Christian lo conoció hace unos ocho años, una tarde que se perdió caminando en las profundidades de la serranía de Matamoros, Coahuila, cerca de un ejido que se apellida como él: Solís. 

BELLEZAS. En el mar, la vida es más sabrosa y lo fue más para estos adultos mayores que olvidaron todo frente al espejo líquido.

“Yo veía un cerro a lo lejos y decía ‘we, qué habrá en ese cerro…’. Un día me agarré caminando, hice como ocho horas. Matorrales, sembradíos, dije ‘no, ya no llego, ya no llego, y ahora para regresarme cómo le hago’. Le pregunté a un jornalero ‘¿qué hay ahí?’, dice ‘es un ejido, se llama, Solís’. Dije ‘ahora llego’ y ái voy en chinga. Llegué ahí, veo a un señor que se llama Pancho con una carretilla, le pregunto ‘oye, ¿aquí es el ejido Solís?’, dice ‘sí compadre’. En eso sale un niño en una silla de ruedas y me dice el señor  ‘mira él es chuyín’. A la semana regresé con ropa…Les empecé a llevar comida, en diciembre bolos, juguetes, Cuando estaba con lo del proyecto les decía  ‘¿conocen el mar?’,’ no, no conozco el mar…’, ‘ah pos un día’. Y ahora que fuimos le dije a Chuyito, ‘oye vas a conocer el mar’, dice ‘¡noooo!’”, cuenta Christian.
Jesús está tirado en la arena, junto a su silla de ruedas, las olas  bañándolo, y tiene la lengua echa un lío, de la emoción.    
Lo trajeron a conocer el mar con su hermano Jared  de 10 años y su madre, Leticia Regalado Fernández, viuda, trabajadora doméstica.  

TODO VALIÓ LA PENA. Cada esfuerzo de los organizadores se ve premiado con escenas que hablan por sí mismas.

“La verdad no creí, ‘no es cierto -  les dije - no se emocionen’”, dice la mamá de Chuy.     
¿Y ahora que vio el mar, qué piensa?
Algo muy hermoso, muy bonito, impresionante, se queda impactada uno de ver el mar y la arena.
“Siempre que damos algo es a cambio de qué, pero cuando hicimos este proyecto, con la unión de la sociedad en general,  realmente el a cambio de qué es a cambio de la satisfacción de ver sonreír y de ver cumplidos sueños, de poder cambiar la vida de la gente”, dice Christian.
Cuando a doña María Cristina Herrera Hernández y a sus niños les dieron la noticia de que irían a conocer el mar, no lo podían creer, pensaron que era una broma pesada.

ARENA DE OTRO MAR. Este esfuerzo trasladó a los habitantes del desierto al malecón de Mazatlán donde disfrutaron paseos y se convirtieron en los modelos más guapos en pisar la costa. La despedida es en el malecón, los niños tomándose fotos con las letras.

“Ya que nos dijeron  ‘alisten su maleta, ya vamos a salir’, creí”, dice Cristina.
Lo más parecido al mar que Cristina y sus hijos habían visto en toda su vida, era el canal de agua que pasa frente a su casa en San Gerardo, un ranchito de Lerdo Durango, el canal que a veces arrastra basura y en el que la gente de la comunidad acostumbra chapalear cuando hace calor.  
“Mis hijos pensaban que el mar era igual. Les digo ‘no el mar es muy grande’, bueno, porque lo veíamos en la tele”, platica Cristina una mañana mientras contempla, todavía incrédula, desde la orilla de la playa el mar de Mazatlán.
A María Cristina y a sus nenes los convidó la hermana Lucy, esposa de don Marcial Aguilar, el representante de una organización llamada “Dios es clemente y misericordioso”, que trabaja con familias en pobreza extrema, indigentes, enfermos mentales en situación calle y ancianos abandonados.

MOTIVACIÓN. La pobreza hace que la gente achica el mundo. O lo que uno cree que es el mundo. Esta experiencia, confía Christian, cambiará su vida. Lucharán por regresar.

“Trajimos a niños que son pepenadores de basura de la ciudad de Gómez y de Lerdo. Todas las familias son pepenadoras, pero en especial los niños. Son niños que ganan 100 o 150 pesos a la semana de todo el día recolectar basura. En su comunidad hay un basurero donde ellos pepenan y de eso viven las familias”, dice don Marcial, de fondo el bramido del mar. 
La noche víspera del viaje, los niños de Cristina estaban ansiosos, desesperados.
“Dicen, ‘mamá, ¿a qué hora van a venir por nosotros?’,  les digo ‘no, ya se canceló el viaje, vamos a dormir’, y empezaron a llorar. Ya de rato pitaron y que salen corriendo, que hasta las mochilas dejaron a medio camino”. 
Apenas le quitaron la venda de los ojos y su mirada se encontró con la del océano, Cristina quiso gritar.  

DESTINOS. Esto les va a abrir su mente, se van a dar cuenta que pueden soñar y que pueden lograr cosas, narra Marcial, mientras unos chiquillos se deslizan por la arena.

A Brian, el más grande, le dieron miedo las olas y salió corriendo.
Y Aylín, la chiquita, se puso a juntar conchas, quería brincar, jugar en la arena. 
“Estos niños ya tienen su destino casi hecho, saben que a los 15 o 16 años van a ir a trabajar de cargadores en alguna obra, pero esto les va a abrir su mente, se van a dar cuenta que pueden soñar y que pueden lograr cosas”, dice Marcial. 
Y ahora están felices…
Tremendo, se pasaron toda la noche en el balcón viendo el mar, escuchando el eco del mar, no creían, no creían…
Ese día, como todos los días, como siempre, don Gúmer andaba en la calle con su carriola juntando botellas de plástico para venderlas, cuando unos vecinos del pueblo le salieron al paso para darle una noticia: don Gúmer había sido elegido para  conocer el mar.  
“Don Gúmer lo vamos a llevar a las playas”, cuenta Gumersindo Ortiz Martínez que le anunciaron.

LIBERTAD. Para algunos el océano provoca respeto, para otros como ellos es el recordatorio de que hay que lanzarse con todo y que el miedo, no existe.

“Les dije ‘no, no, no yo no voy a las playas…’,  dicen ‘¿por qué?’, ‘porque yo ya no tomo, ya no fumo’”.
Y como en San Pedro, Coahuila, de donde es don Gúmer, hay unas cantinas que se llaman “Las Playas”, pues…
“Y como ya no tomo y ya no fumo, les dije ‘no, no, no, no yo no voy, yo a las playas, ya no’, les dije, ‘ya no tomo, ya no fumo a qué voy, no…’.
Hasta que le explicaron que él, junto con otras 99 personas de la Comarca Lagunera, había sido uno de los afortunados beneficiarios de un proyecto social llamado #100sueñosporcumplir, que lo llevaría al Puerto de Mazatlán, a conocer el mar, de a gratis.
“Yo todavía no sabía y ya muchos me decían, ‘eh don Gúmer, con que se va a ir a las playas’, todos, por donde quiera, los peluqueros y otros…
Me dijeron que qué suerte tenía y les dije ‘bueno, bueno y ustedes cómo se dan cuenta si yo todavía ni cuenta me doy de cuándo voy a salir’”. 
Don Gumersindo tiene 82 años  y hasta hace unos días no conocía el mar. 
“No jefecito, miraba uno las playas en la tele y decía ‘mira nomás, un día voy a ir’”.
Ya se imaginaba que se moriría sin conocer el mar. 

COMUNIDAD. El proyecto es un ejemplo de que la unión de la comunidad en causas a beneficio puede hacer la diferencia en los miembros de la misma.

“Nunca tuve pa moverme, pa venir a ver… Y en esos días que me dijeron se me hacía muy largo, no yo dije ‘¿hasta cuándo será eso?’,  ‘ay que te desesperas’, me decían, les digo ‘pos me voy a acabar y ya no voy a ir’ y bendito Dios, mire, aquí estoy. Mire, bendito mi Padre Santísimo, cuando menos los esperaba…”, relata don Gúmer, sentado a una mesa en la zona de albercas del Radisson Park Inn Mazatlán donde está hospedado, sólo unas horas después de que fuera captado por las cámaras de varios de medios de comunicación, llorando frente al océano.
“No jefecito, lloré como los meros hombres… Mucha emoción, mucha emoción mirar las olas… No pensaba que fuera a conocer yo esto. Bendito mi Dios y gracias a todos los que me han apoyado”, dice. 
Durante esos días a Christian le tocó presenciar ese tsunami de emociones.
“Ver las sonrisas, ver las lágrimas, ver esas expresiones… Hay gente que hasta tiembla, se balancea cuando ve el mar. Es un impacto muy grande en su vida…”. 

Christian Solís
Les digo ‘esa es la idea: llevar a 100 personas al mar’, y el profe dice ‘llévatela calmada. Noooo, es mucho, vamos a empezar con 10 (...) y ái te la llevas. No, no, ¿cómo le vas a hacer?’, Y me convencieron. Dije ‘está bien, voy a pensar en pequeño. Voy a llevarme a 10’. Y luego en mi casa medité, veía a mis hijos, dije ‘más niños, más niños’, y dije ‘no, no, 100’”
Christian Solís

Don Gúmer había nacido en San Marcos, un municipio algodonero de San Pedro, Coahuila, era ejidatario, pero cuando se acabaron las refacciones, que ya no se pudo sembrar más algodón, don Gúmer se hizo albañil, pero cuando se le acabaron las fuerzas, que ya no pudo cargar cosas pesadas, se volvió recolector de pet.  
Semanas atrás Christian había visitado a Gumersindo en su casa de San Pedro de las Colonias, una casa más bien pequeña y precaria, y descubrió que a don Gúmer se le habían ahogado los sueños.
“Ya no hay sueños. Sus sueños ya no existen, más que trabajar, más que comer”, dice Christian.  
¿Cómo se siente después de haber conocido el mar don Gúmer?
Muy agradecido de que se hayan preocupado por mí, por traerme a conocer aquí, aunque sea a estas fechas. Ya me llevo algo de recuerdo pa allá para arriba, pa platicárselos allá también.

Adriana Chaparro es maestra de natación certificada por la CONADE, y fue invitada al proyecto como voluntaria para enseñar a nadar  en la alberca a los niños de #100sueñosporcumplir y cuidar de ellos en la playa. 
“Cuando me dijeron toda la onda de que iban a cumplir sueños, de que iban a ayudar a los niños a venir a la playa, a los señores, dije ‘¿saben qué?, sí, yo sí quiero’. ¿Cuántas personas conocemos que se movilizan para que los demás cumplan algo en su vida?”. 
Dice Adriana al término de su clase de natación con algunas de las niñas beneficiarias de esta iniciativa. 
“Son personas que tal vez nunca vuelvan a venir, o, que si se lo proponen pueden volver a cumplir este sueño”.
¿Qué te llevas?
Una experiencia que yo sé que no se me va a olvidar nunca y espero seguirla repitiendo, seguir apoyando a más personas. Me llevo mucho corazón, este tipo de cosas abre más mi parte humana, me hace sentir aún más conectada con las personas. 
Jueves  23 de mayo por la mañana.
A sólo unas horas de que este sueño  termine, los chicos presencian embelesados la exhibición de los lobos marinos en el Acuario Mazatlán.   
Y luego el espectáculo de las aves amaestradas.  
Toda una novedad para ellos.

“Ellos no podían ni salir de su rancho porque no tenían ni para el camión. Su mundo se hace tan pequeño que piensan que ese es el mundo, un canal de agua. A través de esto que están viendo y que están viviendo yo te aseguro que van a cambiar su vida y que a partir de este momento van a luchar por regresar, porque alguien de su familia logre este sueño que ahora ellos están cumpliendo. Y dirán dentro de 20 años, ‘yo me acuerdo que hace 20 años fui a Mazatlán y voy a volver a ir con mis hijos’ o ‘voy a llevar a mi mamá’. Nuestra razón de ser es que aparte de este sueño ellos logren objetivos en su vida”, dice Santiago Chaparro, uno de los artífices del proyecto.
Aquella que está sentada, comiendo helado en las mesitas del área de convivencia del Acuario Mazatlán, se llama Naomi Yamilet, tiene siete años y es sampetrina.

GUERREROS. Ángel Hernández, un joven con discapacidad psicomotriz, disfrutó del mar que solo conocía en la televisión por la película del Titanic. Ángel y su familia viven cientos de luchas diariamente. Excepto durante estas vacaciones, que no esperaban,

 

¿Y cuándo vuelves para acá  Yamilet? 
Nunca.
¿Y eso por qué?
Porque ya no voy a poder venir. 
¿Por qué?
No sé.
¿Cuando seas grande, quizás?
Cuando esté grande.
La despedida es en el malecón, los niños tomándose fotos colgados de las letras monumentales que dicen MAZATLÁN, 
Los niños atrapando conchas en la playa.
Los niños regateando con los vendedores de recuerdos.
Buscando prolongar más ese sueño tan hermoso del que nadie quiere despertar… 
¿Y qué vas a hacer con tantas conchas Coral?
Las voy a guardar. 
¿Para qué?
Para oír el mar… 

 

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