Ilustración: Alejandro Medina

En la mañana del viernes pasado observé por televisión el Desfile de la Revolución Mexicana que se organizó en la Ciudad de México en un perímetro circundante al monumento, emblema de esta justa, y al que por cuidado de evitar más contagios no se invitó.

Allí estaban encabezando el acto el presidente López Obrador y su esposa Beatriz Gutiérrez Müller, ambos sin cubrebocas. Los contingentes participantes pertenecientes al Ejército Nacional incluyendo aquellos que personificaron a los héroes nacionales, portaron cubrebocas. Me agradaron las teatralizaciones y el guion literario que se leyó en los momentos cúspides del performance que se presentó en paralelo al breve desfile.

Me parece importante que nuestro mandatario use cubrebocas porque es un líder de opinión y su ejemplo es básico para el grueso de los mexicanos. Un buen mensaje de él para quienes lo llevaron a la presidencia de México sería aparecer públicamente con cubrebocas. No hay indicadores de que la pandemia se contenga en los próximos meses y, en tanto esto ocurra, muchos más mexicanos se contagiarán del virus.

No hay lágrimas suficientes para llorar la partida de más de 100 mil mexicanos a la fecha, más los miles que están por morir incluyendo médicos, enfermeras y camilleros heroicos.

La muerte masiva en las primeras dos décadas del siglo pasado se generó en dos tiempos; en las batallas y combates de la Revolución Mexicana, y por la gripe española, aunque por lo menos los revolucionarios que fallecieron decidieron vivir el riesgo de morir en la guerra, muy distinto fue la muerte para los que se contagiaron del virus.

A 110 años de la Revolución Mexicana se puede puntualizar que terminó la esclavitud de los peones acasillados en las haciendas en donde se controlaban sus vidas y las de sus familiares; podemos decir que la educación básica llegó al grueso de la población, así como los servicios de salud, pero luego de 11 décadas sigue persistiendo la extrema pobreza en muchos lugares de nuestro territorio; hay pocos signos de avance para los que nacen pobres, pues al final de su vida siguen siendo pobres. Este problema es de carácter mundial y desde hace mucho tiempo en cada sexenio presidencial se ofrecen programas para disminuir la pobreza, pero no ha habido avances sustantivos al respecto.

En la postrevolución se logró tener trabajos de ocho horas diarias, hoy muchos jóvenes universitarios recién egresados de sus estudios profesionales están en la banca laboral.

Hace 110 años existían las tiendas de raya, hoy las tarjetas de crédito son un símil de sujeción y control de miles de mexicanos que tienen que pagar intereses sobre intereses.

Actualmente soñamos con el descubrimiento de una vacuna anti COVID-19 que difícilmente se encontrará pronto y menos podrá ser escalada para toda la humanidad. La vacuna del ébola se encontró a los cuatro años de haberse iniciado la enfermedad que produjo cuatro millones de muertes, la vacuna que esperamos difícilmente estará a nuestra puerta.

Queremos salir del bache emocional y económico que padecemos, así como a principios del siglo 20 salieron los campesinos de sus pesares, logrando ser poseedores de tierras y aguas.

Hoy, luego de cumplirse 110 años del inicio de la Revolución Mexicana, me pregunto cuántos de los candidatos políticos darán un lugar especial a solucionar con sus acciones los saldos pendientes que quedaron de aquella revolución social. Por lo menos no volveremos a sufrir una guerra civil de mexicanos contra mexicanos. Eso espero…