Hay cosas, situaciones, historias, sucesos, anécdotas sin raíz vertebral. Es fuego, aire, pero no tierra. Las raíces de estas cosas están en el viento (en todas partes y en ninguna). Pero no ancladas en tierra y sin ley de gravedad. Sucede lo anterior (al menos en mi vida) con varios aspectos cotidianos: muchas anécdotas y fechas se me borran de un sólo tirón. No es cuestión de mala memoria, sino de vocación / elección y “dudosa verdad”, como bien lo dijo en un poema Carlos Barral. La verdad, usted lo sabe, todo mundo lo sabe, es una. Así de sencillo. No hay alternativas. Jamás. No hay matices, paños tibios ni medias tintas: o hay verdad… o no la hay. Es entonces una mentira. Pero, en el ámbito donde me muevo, la pasión y la desmemoria siempre se tragan a la huidiza verdad.

“Equívoco de la lengua / el rescoldo del olvido”. ¡Ah!, versos poderosos, dos octosílabos de alto octanaje del ibérico y mexicano a la vez, el conde Antonio de Galicia y Rivera. En ellos me reconozco. Me explico: “¿Se me olvidan las fechas clave por equívocos míos y de la lengua? No. ¿No tengo memoria larga? Tampoco. Si presumo algo, es eso: mi conciencia, mi memoria. ¿Entonces? Pues son eso, equívocos, fuerza de pasión, los celos de la imaginación, la asociación dudosa… En fin. Lo anterior es un torpe liminar para escribir las siguientes letras: ¿con el día de mañana, cuántos años tenemos almorzando sin fallar y sin faltar a nuestra cita navideña el doctor Víctor S. Peña y quien esto escribe? ¿Son 20 o 21 años sin fallar en el calendario en cada 24 de diciembre? Lo voy a decir en orden: no lo sé. Sencillamente, no lo sé.

Es como esa copa imaginaria –siempre hay una copa imaginaria, un trago, una cerveza, un “farolazo”, como decíamos en mi juventud, ya pérdida–, un trago del cual no tenemos número ni contabilidad y el cual pedimos entre copas y termina por emborracharnos. Al menos a mí. ¿Es entonces un trago ficticio o real? Pues nunca se sabe y da igual, es mejor no saber. Sólo se disfruta. Es el esquivo tema y pregunta de hoy: ¿cumplimos 20 o 21 años almorzando en 24 de diciembre, el atildado doctor y el hombre el cual más sabe sobre transparencia y rendición de cuentas, Víctor S. Peña y su servidor? Caray, lo escribí rápido, pero ya son más de cuatro lustros llegando al mismo lugar y a la misma hora para un acto sencillo y vital: abrazarnos. Desearnos buenas Navidades y hacer algo ya en el olvido: platicar. Platicar. Platicar. Platicar. No pocas veces el almuerzo deviene en comida. Alguna vez, se convirtió ya pardeando la tarde, también en merienda y, de plano, tuvimos la necesidad de cortar charla por los compromisos familiares del investigador del Colegio de la Frontera Norte, avecindado en Sonora.

ESQUINA-BAJAN

No recuerdo exactamente si son 20 o 21 años de este encuentro fraterno. Y si las cuentas del calendario no fallan, como sí falla su servidor, mañana es el día indicado en el cual estaré esperando a mi hermano de armas. Mañana es día 24 de diciembre. No es cualquier día y no es cualquier noche. Es la gran noche, la mejor noche, la noche buena. Al siguiente día, Navidad. Para mí, días grandes. No celebro. Bueno, lo celebro a mi manera: en la tarde hago una gran oración, digo las palabras más altas y sentidas las cuales escojo de mi parco alfabeto y se las enderezo al gran Dios. Luego me cocino algo ligero. No bebo nada de alcohol (todo el ingrato año lo hago), pongo buena música en mi almuédano de sonido y me entrego a tratar de dormir. Tratar. Todo mundo en la juerga y parrada, no siempre se puede conciliar el sueño.

Al siguiente día –los humanos con una reseca infernal– me voy a casa de mi hermana la menor (bueno, es mayor, pero para uno sigue siendo menor) al famoso recalentado. Llego a eso del mediodía. Y sí, lo disfruto enormidades. Amén de lo tradicional en mi familia preparado por ellos (buñuelos, frijoles charros, tamales, atole, champurrado, carne asada…), siempre me guardan una gran porción del siguiente platillo para sibaritas: cabrito relleno de frutos del desierto, obra maestra del chef de sabor huracanado, Juan Ramón Cárdenas. En mi familia se lo disputan en la cena navideña. Pero mi hermana siempre me separa un buen trozo. Yo me regocijo enormidades. Si acaso, alargo mi mano y bebo una cerveza, tal vez dos. Con eso tengo.

Luego de esta fecha, lectores atentos como usted el cual hoy me favorece con su atención, me preguntan si el buen doctor Víctor S. Peña alcanzó a llegar a nuestro grato y fraternal encuentro de Navidades. En 20-21 años, jamás ha fallado. Ignoro si ha llegado en avión, autobús, tren, buque de carga, burro o carro de roles. Lo bien cierto es: nunca ha fallado. Esta vez espero, no sea excepción. En esta ocasión quiero convencerlo de algo sencillo: el volver a publicar su columna semanal para esta casa editora. Sus textos, sus documentados textos hacen falta al mundo abúlico y letal de la burocracia estatal y regional. Sé de sus múltiples ocupaciones y viajes (acaba de regresar de Argentina, Ciudad de México y dos ciudades gringas, donde ha dictado cátedra), pero ojalá encuentre un espacio, un rescoldo en su agenda y se reincorpore como analista a VANGUARDIA.

Más de cuatro lustros almorzando en día 24 de diciembre. Se escribe y se dice rápido, pero es una vida. Y la vida se encuentra y se comparte en la poesía, no en los vericuetos de la política. La poesía nos revela zonas de la existencia humana las cuales ni vislumbramos. La poesía nos las ilumina. Les da conciencia y pertenencia. ¿Pasa el tiempo, el imbatible tiempo? Sí, para nosotros humanos pero la poesía es eterna y nos habrá de sobrevivir, siempre. “… yo vine / a llevarme la vida por delante”, dice Jaime Gil de Biedma.

LETRAS MINÚSCULAS

Víctor S. Peña, hermano, te espero en el mismo lugar y misma hora. Así sea. Hasta mañana. Tenga usted buenas Navidades, señor lector.