El fin de un ciclo –solar, en este caso– nos invita a la reflexión en cualquier ámbito que se tenga interés revisitar.

Hoy que arribamos al último día de 2017, un año especialmente agitado del que usted tendrá un particular punto de vista en función de sus experiencias, se puede recapitular lo sucedido en la vida política de Coahuila y evidentemente la elección de Gobernador, por su influencia sobre otros aspectos de la vida cotidiana, resalta como el acontecimiento más importante del calendario.

Al respecto hay un ángulo que no ha sido suficientemente abordado y deseo explorar a partir de dos mediciones, publicadas antes y después de los comicios.

Primero. Según la encuesta sobre preferencias electorales que difundió en marzo el periódico Reforma, 95 por ciento de la población en el Estado consideraba entonces que las cosas tenían que “cambiar definitivamente”. Políticamente hablando, por supuesto.

Y, sin embargo, ganó el PRI. La continuidad. Los mismos de siempre.
Segundo. El 20 de junio –posterior a la jornada electoral–, el referido medio de comunicación –el más acertado de los últimos años en estudios de opinión, cabe señalar– hizo un ejercicio similar para sondear el sentir ciudadano. Sólo 10 por ciento de los encuestados consideró que las elecciones “fueron limpias”.

Si bien existe consistencia entre lo expresado en ambas muestras levantadas con tres meses de separación, ya que hay correlación entre quienes querían un cambio político y quienes pensaban hubo fraude pese a no ser los mismos encuestados, también hay un abismo entre lo que se deseaba y lo que sucedió al final.

¿Dónde estuvo la falla?, ¿por qué la incongruencia?, ¿qué pasó?
Lo más fácil sería descalificar al encuestador por no apegarse a la “realidad”. Ser resultadistas, pues. Verter explicaciones vendibles y comprables, como afirmar que la muestra utilizada no fue representativa, que los encuestados mienten o que no se puede predecir el comportamiento electoral.

Alguien podrá decir también que la suma de votos emitidos se acerca más al resultado de las mediciones, pues en las urnas fueron depositados casi 800 mil sufragios en contra del régimen que se pretendía cambiar, contra alrededor de 450 mil a favor.

Pero la respuesta es más sencilla, inclusive un lugar común: estamos como estamos porque somos como somos. Queremos un cambio, pero no queremos cambiar. Y es imposible hacer lo mismo una vez tras otra y esperar resultados diferentes.

Volvió a ocurrir en 2017: hemos sido incapaces de pensar como comunidad. La cohesión social en Coahuila es un animal mitológico. Lo cotidiano es recelar del otro y buscar un lucro individual. Y a los demás, que se los lleve la corriente.

Y es, además, un asunto de idiosincrasia. Los coahuilenses somos proclives a boicotearnos. Sabemos que una historia mejor es posible, que detrás del “muro invisible” también hay vida, no obstante preferimos dejar las cosas como están y avalar con ello el statu quo. Hemos hecho del “no hay de otra” un mantra colectivo.

Cortita y al pie

Cada estado tiene sus retos. Independientemente de los propósitos personales que tenga usted, el desafío como sociedad coahuilense para 2018 sigue siendo vencer al “muro invisible” que supone la distancia entre querer y poder.

La última y nos vamos

En 2017, como se puede verificar, realmente quisimos pero no pudimos. En la historia oficial, sin embargo, quedará registrado que pudimos pero no quisimos. Un tema para reflexionar y actuar en consecuencia durante los próximos 365 días, cuando se nos presente otra oportunidad para –ahora sí– materializarlo.

Por lo demás, la política es muy importante como para dejarla en manos de los políticos. Ya ve lo que pasó: por cinco que no se unieron cuando debieron, nos endilgaron otro sexenio de la misma receta pese a que la mayoría no deseábamos eso. En 2018 se les puede obligar a ponerse a la altura de las circunstancias. Y ahora sí, mirar hacia adelante pero con un objetivo definido, no a ciegas o sirviendo a los intereses de terceros que nos invitan a la reconciliación y la unidad.

@luiscarlosplata