Nunca como ahora se había esperado con gran expectativa -negativa o positiva según sea el caso- el Presupuesto Federal y los Criterios de Política Económica 2019, que plantean el entorno nacional e internacional del país y la proyección de indicadores económicos.

Perspectiva austera y moderada, con crecimiento económico similar al “periodo neoliberal” que la Presidencia de la República ha criticado abiertamente, lo que indica prudencia en la visión de corto plazo para generar confianza en los mercados financieros.

No se toca al voraz capital financiero bancario ni al sector extractivo depredador, ni se observa organización popular enérgica que intimide. En materia económica por ahora el “nuevo régimen” parece un neodesarrollismo nacionalista en el entorno de la reestructuración global, un liberalismo social con ajuste de caja en el gasto para redistribuir la riqueza.

En el esquema ingreso-gasto federal por parte del nuevo gobierno no hubo un frenesí político que desequilibrara las variables macroeconómicas, lo que dio tranquilidad al sector privado, a las “calificadoras” internacionales e inclusive a académicos de posiciones económicas diversas.

Para 2019 se estima un crecimiento de entre 1.5 y 2.5% (similar a la proyección del FMI), muy cercano al 2.3% promedio de tres décadas; más aún, un ligero crecimiento promedio de 2.7% en todo el sexenio, lo que en perspectiva no cumple en algunos aspectos: la generación de empleo; el fortalecimiento del mercado interno o demanda agregada tal que impulse la inversión productiva u oferta agregada; y por tanto el incremento efectivo de recaudación fiscal para elevar el gasto sin amplio déficit público.

En un entorno de volatilidad financiera por los despropósitos de Donald Trump frente a la economía china, además de las variaciones en precios de materias primas (sobre todo del petróleo, que se espera en 55 dólares promedio), se proyectan tipo de cambio promedio de 20 pesos por dólar y tasa de interés de 8.3% similar a la actual. La inflación sería menos con 3.4%, porque el déficit público se mantiene en 1% y, dadas las estrategias de austeridad y combate a la corrupción, el circulante de dinero no aumentará.

Una prospectiva económica realista ante el sobrio crecimiento en Estados Unidos (2.6%) y el nuevo acuerdo comercial que a todas luces favorece más a los vecinos del norte; de ahí la proyección de la cuenta corriente (la relación económica con el exterior) con déficit de -27,326 mil millones de dólares (diferencia negativa de 5 mil 628 mdd respecto a 2018).

El incremento del salario mínimo diario en 16% (102.68 pesos) no tendría impacto negativo en los precios, sin embargo si a esto se añade la pensión universal a adultos mayores, el programa “Jóvenes Construyendo el Futuro” y el incremento en inversión productiva del gobierno federal (más o menos en todas las entidades), es previsible que la inflación se ubique por encima del 4%, añadiendo a esto las variaciones a la alza que se pudieran presentar en el tipo de cambio y la consecuente elevación de la tasa de interés que, según previsiones en las tasas estadounidenses, pudiera situarse ya alrededor del 9% en nuestro país –lo que no ayuda al crecimiento, máxime con tasas de interés crediticias bancarias escandalosamente elevadas-.

Por su parte la Secretaría de Hacienda anuncia que las estrategias contra la evasión y el fraude fiscales continuarán -y no sólo por iniciativa ética de los contribuyentes- y que se eliminarán privilegios fiscales (sólo en 2016 estos tres rubros representaron el 2.6% del PIB -más de 60 mil millones de pesos-).

La moderación en la proyección económica es estrategia: primero para no despertar suspicacias respecto a que si el rumbo económico sería socializante o estatizante; segundo, de ser el caso, superar las expectativas y cumplir más pronto que tarde los compromisos sociales de campaña.

Aun sin sólido crecimiento, el avance eficaz del primer año será impulsar el mercado interno e iniciar la reducción de los índices de pobreza. Las bases están puestas… al tiempo.