¿Qué necesidad teníamos de entrar en una ‘guerra de declaraciones’, en la cual vuelan amenazas en una dirección y en otra, pero que no tiene significado alguno más allá de la pirotecnia verbal?

Uno de los múltiples ofrecimientos con los cuales Andrés Manuel López Obrador conquistó el voto de los 30 millones de mexicanos que lo convirtieron en Presidente de la República fue el de “defender la soberanía nacional” de una forma en que los gobiernos, de lo que él llama “periodo neoliberal”, no lo habían hecho.

Y cuando el entonces candidato hacía este ofrecimiento se pensaba, sobre todo, en la redefinición de las relaciones con Estados Unidos, país con cuyo gobierno, suele considerarse, las administraciones priístas y panistas fueron históricamente “dóciles”.

El probable triunfo de López Obrador era visto, por otra parte, como un hecho que modificaría sustancialmente el equilibrio entre el “bloque de derecha” y el “bloque de izquierda” que en América Latina mantienen desde hace buen tiempo una agria confrontación, en cuyo centro se encuentran Venezuela y los gobiernos de aquellos países a los que ha logrado exportar –así sea temporalmente– su “revolución bolivariana”.

A más de un año de gobierno, López Obrador no ha cumplido con ninguna de las dos expectativas y al menos tres hechos permiten evaluar al 2019 como uno de los peores periodos para la política exterior mexicana de la era moderna.

El primero de ellos tiene que ver con la forma en la cual Donald Trump “doblegó” al Gobierno de México y lo puso a bailar al son que le dio la gana, imponiéndonos su agenda en materia de control de la migración proveniente, sobre todo, de centro y Suramérica, pero también del resto el mundo.

El segundo es el relativo al bochorno por el que hemos atravesado a propósito de la conducta del hoy exembajador en Argentina, Ricardo Valero, sobre quien pesan dos acusaciones de robo que han pretendido ser aclaradas por la cancillería a partir de un presunto desorden neurológico que Valero padecería desde hace al menos siete años.

Finalmente está la innecesaria crisis diplomática en la que México ha entrado con Bolivia y que constituye un absurdo, porque habría bastado que nuestro País mantuviera la posición de neutralidad ofrecida por la administración de López Obrador para evitarla.

¿Qué necesidad teníamos de entrar en una “guerra de declaraciones”, en la cual vuelan amenazas en una dirección y en otra, pero que no tiene significado alguno más allá de la pirotecnia verbal?

Pocos episodios de la vida reciente del País hablan más mal de nuestra política exterior. Quizá el último recuerdo ingrato sea el de la crisis diplomática que sostuvimos con Cuba a propósito de la detención en la isla del empresario Carlos Ahumada, y que el régimen de La Habana utilizó abiertamente para intentar influir en el proceso electoral mexicano de 2006.

Al cierre de 2019, uno más de los renglones deficitarios de la autodenominada “cuarta transformación” se encuentra en la política exterior que no ha convertido en realidad ninguna de las promesas con las cuales se logró la adhesión de tantos votantes.