Prepárense quienes creen en un orden democrático y plural, porque lo peor está por venir. El presidente Andrés Manuel López Obrador no dará tregua a quien no se alinee incondicional e irracionalmente con él, lo que no tiene nada de novedoso, salvo a existencia de dos nuevos ingredientes en el contexto: las elecciones federales el 6 de junio que definirán el futuro de su proyecto, y una campaña masiva de vacunación contra la COVID-19, que determinará quiérase o no, si catapulta hacia la victoria al partido en el poder de ser exitosa, o impacta negativamente los resultados en las urnas, de fracasar el plan. En cualquier caso, hay que amarrarse los cinturones, porque gane o pierda, López Obrador seguirá siendo justiciero.

López Obrador forma parte de esa generación de líderes que llegaron al poder montados en la cólera de la gente contra lo establecido, con la convicción de que todo estaba tan corrompido que había que destruirlo completamente. Lo ha venido haciendo sistemáticamente a una velocidad sorprendente, empleando los recursos que han utilizado otros dirigentes déspotas como él, neutralizar a las elites, a las que llamó originalmente “la mafia del poder” y ha transformado en “los conservadores” y “adversarios”, al Poder Judicial, al Poder Legislativo, a los órganos autónomos, a la sociedad civil y a la prensa. Narra, como sus pares, lo maravilloso que fue el pasado –sin evidencia alguna-, y recrea un mundo alterno –sin bases sólidas-, a partir de un recurso retórico que caracterizó al régimen soviético durante la era de José Stalin.

Ese recurso se denomina “whataboutism”, que no tiene traducción al español, pero se utiliza para acusar a quien lo acusa de lo mismo de lo que lo han acusado, en lugar de que, como explican varias definiciones del término, argumente su verdad y refute las imputaciones. Lo vimos en los últimos días del año, cuando al salir en defensa de director de la Comisión Federal de Electricidad, Manuel Bartlett, por su evidente manipulación de hechos e incompetencia en el apagón que afectó a más de 10 millones de personas, lo minimizó y dijo que era un escándalo promovido por sus “adversarios” en campaña contra su gobierno. A la pérdida de empleos hacia finales de año, responsabilizó al outsourcing, al que quiere desaparecer, cuando el desempleo fue provocado por él desde 2019 con sus antipolíticas económicas, y se profundizó el año pasado con la falta de una política que ayudara a la economía. Omitió también que su gobierno también despidió trabajadores o ilegalmente redujo salarios y canceló aguinaldos.

López Obrador no es un producto original mexicano. Más de 60 líderes en otras partes del mundo surgieron con la misma agenda, las mismas tácticas, la misma estrategia de polarización y magnificación del encono antes que él. Ahí está nuestro vecino Donald Trump, o Daniel Ortega en Nicaragua, Nicolás Maduro en Venezuela y Jair Bolsonaro en Brasil. Han desarrollado narrativas de realidad alterna, como explicó Anne Applebaum en “Twilight of Democracy, The Seductive Lure of Authotitarianism” (Doubleday, 2020), que son orgánicas, pero que de manera más frecuente, son formuladas de manera cuidadosa, con la ayuda de modernas técnicas de mercadotecnia, segmentación de audiencias y campañas en las redes sociales.

A través de ellas penetran en una sociedad que estaba harta muchos años antes que llegaran al poder, como consecuencia de una creciente insatisfacción con las democracias liberales, y una creciente fascinación por el poder autoritario. El mundo, como lo describe Applebaum, ha dejado de lado el debate plural y la confrontación de ideas, convirtiéndose en uno donde la discusión pretende, sobre todo, callar al otro. La Premio Nobel de Literatura Olga Tokarczuk dijo en la ceremonia de la premiación en 2019 –recordado también por la escritora-: “En lugar de oír la harmonía del mundo, hemos oído la cacofonía de sonidos, una estática insoportable en la cual tratamos, en la desesperanza, de recoger alguna melodía más silenciosa, incluso con un ritmo más débil”.

Lamentablemente estamos en otra frecuencia, aquí y en muchos lados. Los sonidos gritan disparates -¿vio el spot de Mario Delgado y Morena sobre las vacunas y la salud?-; el Presidente afirma que su estrategia de seguridad va funcionando, al cerrar el año más violento de la historia, y presume que enfrentó las crisis sin endeudarse, aunque la deuda pública se elevó a sus máximos históricos. Las autoridades detienen a implicados en los asesinatos del ex gobernador de Jalisco y del restaurantero francés, pero van a la cárcel acusados de delitos que no tienen nada que ver con esos homicidios. Seis de cada 10 mexicanos aplauden la gestión de López Obrador, y con la información disponible, no son pocos los que no entienden que le den altas calificaciones con las peores crisis que se han vivido.

Applebaum tiene una explicación: “La gente siempre tuvo opiniones diferentes. Hoy tienen hechos diferentes. Al mismo tiempo, en una esfera de información sin autoridades –políticas, culturales y morales-, y ninguna fuente confiable, no hay camino fácil para distinguir entre las teorías de la conspiración y las informaciones ciertas. Narrativas falsas, partidistas y frecuentemente engañosas se han extendido por los incendios digitales, donde las cascadas de falsedades se mueven demasiado rápido para dar tiempo a ser verificadas”.

Esto ayuda a entender un poco la nueva realidad que se vive, pero no aclara un futuro común. Los parámetros aceptados por todos dentro de un sistema democrático, desaparecieron al evaporarse sus reglas de juego. La mano dura de los autócratas empoderados por la ira, es la que tiene su turno. Este ’21 tendremos más de lo mismo, pero galvanizado por los grandes eventos, las elecciones programadas, y la campaña de vacunación contra el coronavirus. Ambos serán momentos definitorios para López Obrador, quien nunca pierde, aunque pierda. Así que, para este año, amarrémonos los cinturones y ajustemos ópticas y análisis. Es lo único cierto que podemos hacer de saque.