A manera de introducción, estimados lectores, he de platicarles que mi hermano Arturo y un servidor somos los primeros nietos que nacieron, motivo por el cual, no tuvimos la dicha de tener primos de nuestra edad, lo que pienso hubiera sido un regalo de vida, de modo que todos los hijos de mis tíos eran mucho menores que nosotros. 

Un día como cualquiera, nos encontramos a nuestro primito Luis Gerardo, mejor conocido dentro del clan como el ‘Pulgón’, llorando. ¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras? A lo que compungido contestó: “es que la bebé y la gorda” (su hermana y su prima, respectivamente) me están molestando. El ‘Pulgón’ era el más chiquito, “aquéllas” eran algunos años mayores y lo traían de bajada. 

“No te dejes, defiéndete”, le aconsejamos, “tú también diles algo”. Tal y como si hubiera recibido una revelación, dejó de llorar, se le iluminó su carita y parecían interminables aquellos segundos en que se le notaba que estaba repasando, en el fondo de su memoria, alguna ofensa fuerte, de ésas que calan. Finalmente llenó sus pulmones de aire y con todo el rencor que puede existir en un niño de cuatro años atinó a gritarles ¡“Bodachas”!, desatando las carcajadas de propios y extraños.

Esta anécdota familiar viene a cuenta por el penoso incidente protagonizado por el portero lagunero Agustín Marchesín, quien en el juego de ida Galaxy vs Santos, intentando ofender a Giovani dos Santos se tomó el atrevimiento de llamarle “borracho”. Esto provocó que en el duelo de vuelta de la Concachampions, los aficionados del Santos se dieran un festín “buleando” a Gio, gritándole borracho. 

Esta situación nos mueve a la reflexión. Si le hubieran gritado “negro”, “simio” o algún insulto racista, la FIFA y la Liga hubieran puesto el grito en el cielo. Ya no digamos si un coro celestial le hubiera llamado “maricón” o “puñal”. Hacer alusión al color de la piel o a las preferencias sexuales es inadmisible, pero no así ofender, humillar o denostar.

Pepito se divertía gritándoles “borrachos” a los individuos que salían de la cantina. Hasta que alguien le aconsejó: “en vez de borracho, mejor grítales teporocho”. El siguiente beodo que apareció saliendo de la cantina era un cubanito, Pepito le gritó “teporocho”… y el cubanito aplicado contestó... “24 chico”.