A los apóstoles de la denominada “Cuarta Transformación” les tomó sólo unas horas demostrarnos de cuál material están realmente hechos y, por ende, cuál es su verdadera catadura. Me refiero, desde luego, al vergonzante arranque de trabajos de la LXIV Legislatura del Congreso de la Unión, en cuyas dos cámaras nuestros pretendidos redentores exhibieron su primitivismo político.

Para recordar un episodio de similar abyección en el trabajo legislativo es preciso remontarse al muy lejano año de 1989, cuando a Rafael Aguilar Talamantes, extinto dirigente del —también extinto— Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional, le arrojaban monedas a su paso en la Cámara de Diputados y él demandaba de sus detractores al menos las cambiaran por centenarios.

La crónica de lo ocurrido en la semana es de sobra conocida a estas alturas:
En una esquina del cuadrilátero, el señor diputado don Gerardo Fernández Noroña exhibió —por enésima ocasión— su vocación de troglodita y sus pulsiones antidemocráticas, trensándose en un enfrentamiento verbal con el presidente de la Cámara, Porfirio Muñoz Ledo, quien no resistió —o no quiso hacerlo— la tentación de retratar de cuerpo completo a su compañero de navío: “¡usted es un golpeador!”, le espetó en dos ocasiones.

En la esquina opuesta, la bancada liderada por el señor senador don Ricardo Monreal Ávila, realizaba la primera “pirueta reflexiva” del sexenio de la refundación, llevando nuevamente a la tribuna la solicitud de licencia de su temporal colega, don Manuel Velasco, hoy convertido en sustituto de sí mismo en ese espacio del surrealismo mexicano llamado Chiapas.

Como es sabido, el señor Velasco había solicitado licencia para ausentarse del cargo de Gobernador de su estado y asumir como Senador de la República. Investido ya como integrante de la Cámara Alta, solicitó licencia de ese cargo… ¡para regresar a concluir su mandato como gobernador!

En una primera votación, el Senado le negó la licencia. El pueblo aplaudió… pero el gozo duró poco, pues unas horas después se informó de un hecho relevante: algunos senadores —de la bancada de Morena— habían reflexionado seriamente y querían rectificar su voto, razón por la cual debía repetirse la votación, a lo cual se procedió de inmediato… y todos contentos.

Y todos contentos, sobre todo, porque apenas “rectificar” el yerro cometido anteriormente, cinco diputados del Grupo Parlamentario del Partido Verde, también decidieron “rectificar” su filiación partidista y, atendiendo a su verdadera convicción ideológica  —extraviada temporalmente por esos extraños azares del destino—, migraron al Grupo Parlamentario de Morena, logrando así para dicho partido, el sueño de la mayoría absoluta en la cámara baja al cual no había accedido ningún partido en dos décadas.

En ambos episodios, los protagonistas principales son quienes dicen abanderar la causa de una república renovada, libre de los vicios, perversiones y excesos del pasado; limpia de las groseras manipulaciones de la “mafia del poder” cuyos malignos integrantes han utilizado el servicio público sólo para su conveniencia.

Las preguntas surgen solas:
¿Cuál es la diferencia —si acaso existe— entre la vulgar “transacción parlamentaria” realizada entre los legisladores de Morena y los del Partido Verde, y “concertacesiones” o “alianzas perversas” del “PRIAN”, condenadas por ellos mismos en el pasado?

¿A partir de cuál código moral es posible condenar los acuerdos entre PRI y PAN, pero reconocer virtudes en los realizados entre Morena y PVEM, si la mecánica y propósito en ambos casos resultan ser exactamente los mismos?

Me adelanto a la réplica de quienes fungen como acólitos de los fundadores de la cuarta república: la intención de estas observaciones no es ponderar a los políticos de origen político distinto a los de Morena, o etiquetar a quienes hoy han recibido el respaldo popular mayoritario como individuos a quienes habría de condenarse con mayor severidad.

La intención es insistir en un señalamiento reiterado en múltiples ocasiones en este espacio: salvo contadas excepciones, quienes integran la clase política mexicana -cualquiera sea el color del cual se vistan, cualquiera el partido en el cual militen, e incluso si transitan bajo la bandera de independientes- padecen básicamente de los mismos vicios y se comportan de forma casi idéntica.

En México es prácticamente imposible distinguir, al nivel de usos y costumbres, comportamientos diferenciadores en la actuación cotidiana de nuestros políticos profesionales. Si acaso, algunos serán un poco más refinados y exhibirán algún cierto lustre intelectual o algunas maneras algo menos vulgares… pero poco más.

No hacía falta, por cierto, esperar a la grotesca puesta en escena de esta semana para tener claro lo anterior. Y tampoco hace falta esperar mucho más para tener clara una cosa: nuestros políticos, casi todos, carecen de la vocación para transformar el país en beneficio de las mayorías. La prueba de ello es cómo, lejos de una cuarta transformación, los neo redentores de la patria sólo van ofreciendo hasta ahora algo así como una “transformación de cuarta”.

¡Feliz fin de semana!
 

@sibaja3
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