Aprendí a leer con las páginas de VANGUARDIA. Recuerdo como si fuera ayer el día que supe que podía leer todo lo que estaba a mi alrededor. Venía con mi padre de la escuela hacia la casa circulando de norte a sur por la calle Manuel Acuña y de pronto empecé a leer todos los letreros de los comercios que pasábamos (tengo grabado el del supermercado Casa Chapa, un poco antes de llegar a la calle Aldama). Ese día corrí a tomar el VANGUARDIA y leí hasta los edictos. Crecí leyendo a Catón, preguntándome cómo era posible que alguien que escribía tan bien y todos los días sólo tuviera otros tres lectores (yo era el cuarto, como era el más joven, seguro los otros tres habían empezado a leerlo antes que yo). Poco a poco fui tomando interés en la página de negocios y en los editoriales. Eventualmente empecé a tratar de entender los cartones que caricaturistas o moneros publicaban y se me hacía genial que pudieran comunicar casi igual que un editorial con una sola imagen. El lector tenía la responsabilidad de entender el contexto del cartón para poder entenderlo. Una de las imágenes o recursos más usados por los moneros de entonces era la figura del “empresario” o la “IP”, casi siempre mostrando un individuo (hombre), vestido con frac y sombrero de copa, con una leontina, en ocasiones cargando un saco de dinero y con una panza de buen tamaño. Estamos hablando de hace más de 40 años y desde entonces se empuja la idea de que el empresario es gordo, elegante, con mucho dinero y se sugiere que es un tiburón de película. El villano de la historia. Con el tiempo me di cuenta de que esos cartones se publicaban en las mismas páginas donde se celebraban inversiones y proyectos privados que traían empleos a la ciudad o País. Era difícil para un niño entender si el empresario era bueno o malo y poco a poco empecé a notar que el empresario que retrataban los moneros o editorialistas no reflejaba la realidad de lo que es un empresario en México. Era una generalización injusta en mi opinión.

Y así, valdría la pena ir un poco más a fondo y entender más sobre el término “empresario”. La Real Academia Española lo define como “la persona titular de una empresa, o que dirige u organiza un proyecto empresarial. Empleador. Emprendedor”. No habla de tamaño del negocio, ni de indumentaria o de intenciones o sectores. Yo agregaría que es también la persona que pierde el sueño por pagar una nómina cuando las cosas no van bien o que cuando van bien busca regresarle a su comunidad aportando recursos, tiempo y esfuerzo para proyectos de beneficio a la sociedad que no necesariamente le reditúan una utilidad, así sea remodelar un parque en su colonia, donar unos columpios porque su puesto de tacos ha sido exitoso, ofrecer prestaciones superiores a las de la ley, promover la cultura a través de un concierto, o el deporte y el esparcimiento a través de un equipo de beisbol o futbol local. La generalización que se sigue haciendo y promoviendo sobre “los empresarios” es más injusta que nunca. Cuando las condiciones son más difíciles deberíamos admirar aún más que haya quien esté dispuesto a emprender. No importa si se trata de un autolavado, una fonda, un taller mecánico o una transnacional.

Y así, pasamos a tratar de entender el título de esta columna. La cantidad de empresarios (6.3 millones) y empleados (36 millones) que había en México en 2019, de acuerdo con el Censo Económico. Es decir, el promedio de empleados por empresa es de menos de seis personas. El número de empresas o establecimientos creció un 24 por ciento entre 2009 y 2019 y la manufactura y comercio representan poco más de la mitad de todos los negocios. Los microempresarios (hasta 10 empleados) son el 94.9 por ciento de todas las empresas del País; las PYMES (hasta 250 personas) son el 4.9 por ciento de todas las empresas y entre micros y PYMES ocupan al 68 por ciento de los empleados. Tal vez con esto empecemos a entender por qué no hay una cubeta única donde quepan “los empresarios” y por qué pensar que un empresario sólo se ve como Salinas Pliego o Hank, o como amigo o beneficiario del gobierno (antes y hoy) es injusto e incorrecto. Lo que piden los empresarios es piso parejo, condiciones para invertir, reglas claras, menos burocracia, políticas que incentiven la inversión y estado de derecho. Los empresarios no son el enemigo de nadie y no caben en una misma cubeta. Si hay algunos (digamos unos 637, o el 0.01 por ciento del total) que molestan al Presidente en turno por corruptos, por abusivos o por romper reglas, pues hay que irse, con la ley en la mano, contra ellos. Al otro 99.99 por ciento hay que apoyarlos y admirarlos, promoverlos y procurarlos. Urge dejar de referirse a los empresarios con generalizaciones.