En la mirada de Criss Poulain hay intención de síntesis y sutileza. / Foto: Criss Poulain.
¿Pueden las mujeres mirarse a sí mismas, documentar sus luchas y sus procesos de liberación sin torpe condescendencia, burda auto referencialidad; con verdad, dignidad, técnica y belleza?
La reciente documentación de las fotógrafas coahuilenses Criss Poulain y Elena Barbosa nos responde que sí.

En “La furia de las imágenes”, uno de sus más recientes títulos, el teórico y fotógrafo español Joan Fontcuberta propone que es necesario “reflexionar sobre las imágenes que faltan: las que nunca han existido, las que han existido, pero no están disponibles, las que se han enfrentado a obstáculos insalvables para existir, las que nuestra memoria colectiva no ha conservado, las que han sido prohibidas o censuradas”, es decir, tratándose de imagen documental, abandonar la sempiterna mirada masculina del que fotografía, siempre desde fuera, como testigo, o elaborador de discursos visuales que nunca podrán alcanzar genuinamente la traducción de estos momentos; su autenticidad y su vibración.

Elena Barbosa elige los momentos culminantes potencialmente icónicos. / Foto: Elena Barbosa.

Aunque ya otros autores como Mitchell proponen que toda fotografía documental es también una suerte de “montaje”, “interpretación” y “construcción”, aún así, este proceso conllevaría una suerte de inmersión cabal en intenciones y discursos que sólo le competen a las mujeres.

Así, no es casual que de todas las series fotográficas acerca de los eventos de 8 y 9 de marzo pasado, compartidos en días recientes mediante redes sociales o publicaciones masivas, la cota más alta en lo artístico y lo documental lo hayan alcanzado estas dos jóvenes fotógrafas locales.

La fotografía de Poulain activa metáforas.

Más allá de la mirada habitual

Territorio tradicionalmente masculino, el de la fotografía documental y periodística en nuestro país se ha visto interrumpido por la potente obra de contadas autoras mujeres como Mariana Yampolsky, Graciela Iturbide, posteriormente nombres como el de Elsa Medina, Ángeles Torrejón y a nivel regional y local el incontestable oficio de fotógrafas como Karla Itzel Ruiz o Gabriela Balleza, principalmente en el trabajo de prensa.

Barbosa conoce el contrapunto de la ironía.

Por ello, es doblemente significativo que en relación a esta vorágine urdida el 8 y 9 de marzo y desde antes, su registro privilegiado haya venido de dos miradas jóvenes, pero al mismo tiempo experimentadas; una proveniente de la fotografía de retrato y documental -Poulain- y de la fotografía también artística, de retrato, social e incluso del cine, en el caso de Barbosa.

Poulain resuelve la image en sinécdoque.

Ambas han construido un registro inédito, poderoso, vibrante y profundamente vital.
No es casual que en fechas recientes autores como Montiel Klint hayan destacado que mucha de la fotografía más arriesgada de la actualidad -ver “El imperio de la imagen”- sea la que están haciendo los fotógrafos de moda, que ya desde las tentativas de hace más de dos décadas de autores como Toscani, Testino o LaChapelle han transgredido las fronteras y confundido las preocupaciones de índole artística, social, publicitaria y política.

Barbosa insiste en la búsqueda del instante simbólico.

El eterno femenino

El oficio, la sensibilidad, la técnica, la oportunidad de estas autoras se contrapone a las visiones facilistas, protagónicas, torpes y básicamente coyunturales que muchas veces inundan las propuestas en el arte que se reviste de un pretendido discurso feminista -baste ver ciertas piezas de por lo menos dos exposiciones que se muestran en la actualidad ( O, es  también recordado el caso de una fotógrafa “de arte” que, por razones alimenticias, al intentar hacer trabajo documental, no duró ni una semana en un periódico local).

La fotógrafa chilena Nicole Kramm.

En contraparte, a la manera de la gran fotoperiodista  chilena Nicole Kramm, que documentara  la lucha callejera en Chile a costa de perder uno de sus ojos, las imágenes de ambas autoras dan fe de matices diversos, lecturas disruptivas, nuevos enfoques y una especie de afán de totalidad, aún en la documentación de lo particular: la metáfora y la elipsis en Poulain -flores, telas, luces, expresiones. Lo momentos culminantes, cuasi irónicos de Barbosa; sus contrapuntos de ironía -la señora con mandil encima del techo- su ludismo, su piedad, el amor y lo frenético: la pugna y la comunión.

Ambas series, Poulain y Barbosa, autora de esta imagen, serían imposibles desde la mirada masculina.

Escribe Azoulay que toda fotografía es una forma de pacto social; para quien lo hace,  para quien aparece en la imagen y para quiénes la leemos: en ellas nos está permitido vernos, contemplarnos, cuestionarnos, reflexionar sobre nosotros mismos; aunque fijos sus historias y sus cuestionamientos y dinámicos son móviles, he ahí su poder.
La mirada y la fotografía femeninas están intensamente vivas en Coahuila.

 

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