¿Por qué estoy tan enganchado con la red social?

No me refiero a las redes sociales, sino a “LA” red social, la red de redes, la que ya superó los dos mil millones de suscriptores y sigue creciendo como las ganas de pan dulce con estas lluvias que nos cargamos. Hablo del prodigioso engendrito del señor Zuckerberg, Facebook.

¿Por qué estoy enganchado?, decía. Por la sencilla razón de que FB posibilita la interacción humana sin necesidad de un contacto directo con nuestros interlocutores.

-¡Oye, columnista! Pero el teléfono ya permitía eso desde principios del siglo 20.

-Sí, pero sin memes. XD.

Pero, a donde quiera que vaya, me he de meter en problemas. Mi cuenta de FB ha sido temporalmente suspendida debido a una publicación que, de acuerdo con los administradores, infringe las normas comunitarias.

Dichas normas, como ya sabemos, están allí para que los chilletas que se ofenden por todo no se la hagan de emoción a FB, que prefiere suprimir mi chascarrillo –de pésimo gusto, por cierto– antes que entrar en una controversia.

De manera que, si acaso somos “facebucuates” o contactos en aquella patria virtual, no espere que le responda o le de like a la foto de su almuerzo o de su bendición en el regreso a clases, que he sido puesto en confinamiento que me recuerda a la bartolina donde ponen en aislamiento a los convictos más problemáticos de la prisión.

Tal es el mundo de hoy: la plataforma transnacional que ha puesto su base de datos –nuestros datos– al servicio de oscuros interese políticos, decantando elecciones en favor del mejor postor, dándome una lección de ética, moral y buen comportamiento.

¡Schiaaaaaales!

La madrugada del 18 de julio fue de menoscabo para el magro patrimonio urbano arquitectónico de Saltillo. En un incendio ampliamente documentado y comentado en redes sociales, precisamente, la ciudad perdió uno de sus inmuebles más hermosos y significativos, la llamada Casa Roja, antigua mansión de estilo francés que se incorporaba a nuestro paisaje urbano en perfecta armonía con la Alameda Zaragoza.

No pocos lamentamos esta merma, porque con el inmueble se perdía el precioso escenario de incontables memorias, amén de que el catálogo de edificaciones interesantes y gratas a la vista de nuestra ciudad perdía una de sus joyas más preciadas.

Ha pasado mes y medio de aquel siniestro y se nos informa que no hay nada que informar.

Tal como lo lee: de acuerdo con el representante del INAH en el estado, el informe del cuerpo de Bomberos no precisa las causas de la deflagración, como tampoco Protección Civil ha ofrecido un dictamen que diga si es o no seguro ingresar al inmueble devastado.

Y en consecuencia el INAH, que sería el encargado de determinar el estado actual de la casona –su viabilidad para restauración o su total pérdida–, pues tampoco hace mucho al respecto. Quizás estén organizando una noche mexicana para celebrar el Grito, pero con respecto a la también llamada “Casa Alameda”, siguen esperando noticias de la autoridad local.

Lo que se dice:

Hay que ser muy precavidos, por favor, con lo que menciono a continuación. Tómelo con mucha reserva y discreción.

No es ningún hecho, sino un rumor del que dejaremos constancia aquí, sólo por si acaso: la posibilidad de que el Gobierno del Estado decida construir en el sitio del siniestro, sobre las ruinas de la Casa Roja, una cierta obra con la que está encaprichado desde el inicio de la actual gestión.

Tendría gracia, pero más gracia tendría el hecho de que alguien lo supiese desde hoy, desde tiempo atrás de hecho, mucho antes de que se pronuncie Protección Civil o INAH de su última palabra sobre la pérdida o la supervivencia de la mansión.

De cumplirse esta proyección, sería digno de analizarse concienzudamente.

Y si no pasa nada, pues simplemente habré vuelto a abrir mi bocaza de manera imprudente, cosa por la cual ya estoy pagando las consecuencias, al menos en la red social.

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