Características. Intelectual y sarcástico. Foto: El País
Sartori se convirtió en uno de los referentes del mundo de la comunicación con sus teorías sobre la influencia de los medios en la sociedad

ROMA.- En una ocasión le preguntaron al profesor Giovanni Sartori, capaz de desplegar en cada respuesta un abrumador repertorio de argumentos e ironía que podían sonar a arrogancia intelectual, si no era demasiado altanero. 

Él respondió: “Ciertos personajes son pigmeos. Es inevitable mirarles desde arriba”. Sartori, que murió el martes a los 92 años, se refería a algunos exponentes de la clase política italiana, de quienes fue gran azote este pensador lúcido y brillante, autor de decenas de ensayos que  cambiaron el estudio de la ciencia política.

Nacido en Florencia el 13 de mayo de 1924, fue uno de los intelectuales contemporáneos más relevantes en el análisis de las democracias y los sistemas de partidos políticos. Politólogo y sociólogo de mirada corrosiva e insobornable, fue capaz de aportar brillo, humor y, sobre todo, mucha claridad al embrollo legal, social y político de la sociedad italiana. A menudo con refrescante ironía y cierto sarcasmo flotando sobre la carga científica que le permitían transitar con elegancia por un pensamiento tradicionalmente áspero.

Sartori fue profesor emérito en la Universidad de Florencia, y a partir de 1976 empezó a enseñar en universidades de EU: primero en Stanford y luego en la de Columbia de Nueva York. Se convirtió en uno de los referentes del mundo de la comunicación con sus teorías sobre la influencia de los medios en la sociedad. Sus obras, de una incansable mordacidad y siempre combativas con el poder. 

Sucedió con referencias como “¿Qué es la Democracia?” (1997), con “La sociedad Multiétnica: Pluralismo, Multiculturalismo y Extranjeros (2001) o con el referencial “Homo Videns: la Sociedad teledirigida (1998). 

En junio de 2015 publicó su último libro, La carrera hacia ninguna parte. Diez lecciones sobre nuestra sociedad en peligro (Taurus).

Difícil de clasificar, incluso intelectualmente “extravagante”, como se definió él mismo en el discurso de la entrega de premios de los Príncipe de Asturias, su pensamiento siempre discurrió fuera de los esquemas o convenciones teóricas del establishment intelectual. 

Laico y crítico con la Iglesia, especialmente por su falta de control en la expansión de la población en los países pobres, fue acercando su mirada y sus tesis al conflicto generado por los crecientes fenómenos migratorios y el Islam, dos de sus últimas obsesiones políticas: muy a menudo polémicas por su pretendida distanciamiento del amable discurso multicultural. “La civilización occidental y el Islam actual son fundamentalmente incompatibles”, sostuvo en una entrevista con El País  en 2001.