Hoy fui a vacunarme.  Está la campaña de vacunación para adultos mayores.  Sí estaba registrada, y sí soy mayor.  Un amigo me envió mensaje desde temprano para insistir que me fuera.  Él estaba en la UA de C Campus Arteaga.  Gracias al amor de un amigo y a la eficiencia protectora de mi hija, ya recibí la primera dosis de la vacuna.  

Hay tantas cosas que me han maravillado del proceso, desde el registro.  En este momento, sorpresivamente, estamos en un mundo en donde los mayores somos prioridad.  En un momento estábamos tal vez 800 personas en la sala para ser vacunadas.  No sé cuántas veces se llenó esa sala y se volvió a vaciar con una logística casi perfecta.  Estoy impresionada y agradecida.  

Al salir de mi casa le hablé a mi hija.  Necesitaba el folio de registro.  “Imprimo tus papeles y te veo allá.”  He pasado la mañana conmovida con la atención y el ambiente de festejo que reinaba en el recinto y entorno a esta campaña de vacunación.  Los papás de una amiga estaban en la fila delante de mí.  Familiares tomaban fotos de los vacunados.  Era una celebración.  Salí sintiendo que colectivamente nos acercamos a la victoria en una batalla mundial.  Al entrar, me topé con el amigo que me avisó que estaba allá.  Iba de salida, recién vacunado.  Recordé tantas veces que hemos hablado en este año, “Ahora que nos vacunemos y que podamos dejar de tener tanto miedo…”  Su cara albergaba esperanza.  Por más ineficiente que sea este mundo, hoy reconozco los esfuerzos y el cariño que implican haberme puesto hoy la primera dosis de la vacuna.