El nombre de este artículo es demasiado sonoro, lo reconozco, pero de momento no se me ocurrió otro.

Narraré dos anécdotas que no tienen ninguna conexión entre sí, pero que tienen mucha conexión entre sí. La primera me fue contada por el dueño de un hotel local. Hace unos días dos orientales se apersonaron ante el mostrador de recepción y uno de ellos le dijo una palabra a la muchachita que en ese momento atendía a la clientela. Dicha palabra fue ésta:

-Putas.

Se azaró la niña al escuchar ese voquible, no por corto menos expresivo. Puso tal cara la pobre que el japonés repitió el término para mayor claridad y precisión:

-Putas.

Se volvió la muchacha hacia su compañera, que también había oído la contundente manifestación y se mostraba igualmente aturrullada. Las dos tuvieron un breve cambio de impresiones que incluyó la consideración de por qué aquellos señores estaban tan enojados con ellas. A una se le ocurrió ir por el gerente a fin de que dilucidara aquella delicadísima cuestión. Llegó el hombre y en correcto inglés les preguntó a los hombres en qué podía servirlos.

-Putas -le contestaron ellos en español aún más correcto.

Entendió al fin el gerente: lo que esos señores demandaban es que se les consiguiera un par de esas que ahora, con exceso de letras, son llamadas “sexoservidoras”. En singular esa palabra consta de 13 letras. Contra 4 nada más de la otra voz. Hay mucha diferencia, y mucha dilapidación.

Esa es la primera anécdota. La segunda es menos interesante, pero de cualquier modo es anécdota. Allá por los años cuarentas un cierto señor, vecino de la Villa de Santiago, hizo dinero. Vendió su casa de la Villa y compró una en Monterrey, en la calle de Hidalgo, porque ahí vivían los ricos. Poco tiempo después, sin embargo, los ricos se fueron a vivir al Obispado. Trabajó mucho el señor y logró comprarse una casa en ese elegante y apartado barrio. Pero en ese punto los ricos se fueron a vivir a la Colonia del Valle. Trabajó más el señor, y pudo al fin comprar casa en la del Valle. Entonces se enteró de que los ricos de la del Valle se están yendo a vivir a Santiago.

El mismo fenómeno se ve en muchas ciudades: la gente acomodada se muda a poblados vecinos, más pequeños y pacíficos. Tarde o temprano eso sucederá también aquí. En Saltillo hay también gente acomodada, y otra que empieza a acomodarse. ¿A dónde se irá esa gente cuando no quiera ya vivir en esta ciudad que cada día crece más? A lo mejor a Arteaga, que ofrece aún muy gratas soledades... Ojalá que ahí encuentren esa paz, y no las guerras que buscaban aquellos orientales.