Muchas veces la gente me ha preguntado que si alguna vez me gustaría ser editor y yo les digo que no, que ni Dios lo mande, que toco madera, que lagarto, lagarto.

Y pienso que el día que me saquen de la calle para meterme en una oficina sombría con escritorio, me muero, me muero.

Es que usted no sabe la de cosas hermosas que uno puede encontrase en la calle, aparte de muchachas suculentas, suculentas muchachas.

Como la historia que, un día que salí a la calle con el maestro Jordán a buscar lo que no se nos había perdido, encontré en el mercado de la Guayulera.

Era un par de chavos animalistas, Carlos y Salvador, que hacían colecta para un lugar que dijeron se llamaba Santuario Paraíso Gatuno, una casa de rescate donde vivían 55 gatos.

Sabrá que el día que fui a conocer el albergue me quedé con la boca abierta.

Gatos por aquí, gatos por allá en una casa que parecía adornada con una alfombra viviente de pieles y ojos de gato.

En lo personal no soy amante de los gatos, tampoco puedo decir que me gusten mucho, pero gustó contar esta historia.

Años atrás habíamos echado el cuento de un matrimonio, Paty y Chuy, que viven con más de 50 perros de todas las razas, tamaños y colores.

Hasta entonces no había conocido esa forma de cariño desmedido por un animal, por un gato o un perro callejeros, como yo.

Qué manera de querer tan extraña.

Sobre todo cando se entera uno de que hay gente que tiene fobia o alergia por los gatos.    

Cinco días me la pasé en el Paraíso Gatuno y me familiaricé tanto con los michos que al final sentía que los quería.

Eran gatos que habían pasado los peores horrores del maltrato y la tortura en las calles.

A “Pantro” lo habían lanzado de un coche en movimiento, a “Gaspar” lo habían apaleado hasta casi matarlo, y a “Güero” lo habían quemado con ácido.

Qué historias Dios…

Y sabe qué, las encontré en la calle...