Reseñar el éxito de creadores cinematográficos mexicanos se ha vuelto una costumbre en la presente década. De hecho, la presencia mexicana en los premios Oscar es avasalladora: cinco de las nueve estatuillas entregadas a mejor director desde 2010 han sido para mexicanos.

Pero si un nombre destaca por encima de todos es el del realizador capitalino Alfonso Cuarón Orozco, quien anoche hizo historia al ganar, por primera ocasión en la historia de la cinematografía mexicana, el galardón a la mejor película en lengua extranjera.

Pero no sólo eso, sino que Cuarón se ha convertido en el primer realizador en ganar, por la misma película, el premio a mejor fotografía y a mejor dirección por su multipremiada Roma, una producción que ha obtenido el reconocimiento de todos alrededor del mundo.

Con los de ayer, Cuarón acumula una quinteta de estatuilla de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de los Estados Unidos, de las 11 nominaciones que ha obtenido en el que es, sin duda, el galardón más importante que se entrega en el planeta a las creaciones del denominado séptimo arte.

Por encima de todo, y más allá de Cuarón, Roma ha colocado el nombre de México en las marquesinas porque se trata, como lo dijo el propio realizador en la conferencia de prensa posterior a la ceremonia de premiación, de una película mexicana en todo sentido.

Con un elenco 100 por ciento azteca, con un equipo de realización integrado casi en su totalidad por mexicanos, por haberse rodado enteramente en territorio nacional y por retratar un aspecto de nuestra vida sobre el cual debemos reflexionar, Roma es mucho más que un motivo para celebrar el triunfo de Cuarón en los Oscares.

La ocasión sirve, una vez más, para recordar que el cine ha sido históricamente una de las artes en las cuales los realizadores mexicanos han destacado y mostrado que nuestro País es un semillero de talentos, en espera del financiamiento que sus habilidades merecen.

Cuarón, junto a Guillermo del Toro y Alejandro González Iñárritu han probado que el talento es capaz de abrirse camino y que merece el respaldo de quienes poseen los recursos para construir y consolidar –una vez más– la industria cinematográfica nacional.

Porque al final, es preciso recordar, el cine es una industria que genera empleos y produce riqueza, no solamente entretenimiento. Justamente por eso no sólo debemos celebrar y sentirnos orgullosos de contar entre nuestros compatriotas a individuos que se han agigantado por sus capacidades, sino pensar en cómo sus talentos pueden servir de bujía para relanzar una industria que ya ha vivido en México una época de oro.

Talento, está claro, existe y mucho. También hay en México individuos con los recursos económicos suficientes para financiar ambiciosos proyectos cinematográficos. Teóricamente pues, no nos falta nada para convertirnos en una potencia del séptimo arte. Cabría esperar que eso ocurra pronto.