Alfonso Reyes fue el principal intelectual mexicano de la primera mitad del siglo pasado; para la segunda mitad, esa distinción creo, le corresponde a Octavio Paz. Está por verse quien será el siguiente personaje en detentar dicho honor. De Reyes, para esta entrega, abordamos tres aspectos; apenas una minúscula porción de su enorme y creo, todavía, incomprendido legado.

El Populismo. “A primera vista, lo que más resalta e impresiona es la pobreza general de los mexicanos. Acaso sea nuestro mal por excelencia. ¡Si fuera dable, como con un salero en la sopa, esparcir dinero por el territorio!  ¡Y si esto bastara para enderezar la economía nacional! Por desgracia aun semejante recurso, digno de Las Mil y una noches, nada arreglaría.”

Prosigue don Alfonso: “El ejemplo de algunos gobernantes comprueba que este alivio de dejar rodar el dinero es aparente y de alcance muy limitado. Pero comprueba también que, hasta donde llega el alivio, provoca mareas de optimismo nacional como nunca se han visto otras. ¡Fugaces horas de gozo, embriaguez de un día!”

Estas ideas fueron publicadas en la revista “Todo”, en septiembre de 1944. (Tomo IX de las Obras Completas del regiomontano universal). Un servidor especula sobre la reacción de los ideólogos de la 4T, de haber leído estos párrafos, tal vez hubiesen cancelado la divulgación de la “Cartilla Moral”, del propio Reyes.      

El Telegrama. Para narrar esta anécdota es preciso establecer el contexto de la misma. El asunto es que doña Manuelita, su esposa, ayudaba al gran humanista en sus labores intelectuales ordenando fichas, archivos, etc. Sin embargo, además de llevar la agenda de trabajo de su marido, registraba sus citas amorosas, lo que supongo contribuyó a propiciar un matrimonio feliz.

Sucedió que en su última etapa como diplomático, y estando al frente de la embajada de nuestro país en la Argentina, don Alfonso, que además de ser amante de las letras, lo era de las damas, sostuvo un romance con una conocida actriz de ese país; una rubia “burbujeante.” El tema fue que dicho romance tuvo lugar de manera digamos muy abierta, puesto que no se guardaron las usuales medidas de discreción.

Dado que el affaire seguía su curso, el Canciller mexicano, vía telefónica le hizo llegar un comedido mensaje al señor embajador para que fuese un poco más discreto. Don Alfonso lo hizo por un tiempo, pero luego volvió a las andadas, por lo que vino una segunda advertencia, también por parte de la cancillería, ahora en un comunicado con el sello de “Oficial. Y sucedió lo mismo; discreción al principio para abandonarla poco después.

Y como dice el dicho, la tercera es la vencida: un día el embajador recibió un telegrama lacónico en extremo pero contundente, con el siguiente mensaje: “La embajada o la puta”. Lo firmaba el Presidente Lázaro Cárdenas. Al poco tiempo, Don Alfonso regresó a México de manera definitiva, después de una larga vida “en la dorada gitanería de la diplomacia”.

Así, que a fines de los años 30 regresó a su país sin trabajo, pero fue el propio Cárdenas quien lo designó como presidente de la Casa de España, que luego se transformó en el Colegio de México, donde por cierto, ejercí mi primer trabajo profesional como ayudante de investigador en el otoño de 1971, devengando un salario de 3 mil pesos al mes. La labor de Reyes en esta encomienda fue decisiva para hacer posible el arraigo productivo de una generación de exiliados españoles de alto nivel intelectual, que vino a estimular tanto la cultura como la ciencia en nuestro país.     

La Conquista. Nuestro vecino de Monterrey escribió sobre la gran mente política de Cortés, el cual “…se aprovechó de la superstición que lo hacía aparecer como emisario de los Hijos del Sol (verdaderos amos del suelo mexicano que, según los oráculos, un día volverían a reclamar lo suyo). Luego agrega, y cito textualmente. “Finalmente, Cortés movilizó, contra el formidable poder central, los odios de los cien pueblos postergados. Y así, bajo las inspiraciones de Cortés, los indios mismos hicieron –para él—la conquista del Imperio Azteca.” A propósito, el año próximo se cumplen cinco siglos de la caía de la Gran Tenochtitlan.

Estas líneas fueron publicadas en septiembre de 1930, y noventa años después, los historiadores, entre ellos, los ingleses y algunos mexicanos, señalan lo mismo que escribió Alfonso Reyes hace casi 90 años, por ello, la carta que envió López Obrador a España fue un error, pues además de victimizar a los aztecas, no tomó en cuenta la importancia para México, de nuestra relación con España, una de cuyas muchas facetas es la notable inversión de ese país en el nuestro.   

Pese a que la conquista derrumbó el imperio azteca, el centralismo ha continuado vigente en México desde la Colonia hasta nuestros días. En torno a este tema, dos grandes figuras de la vida política de nuestro país se confrontaron con sus ideas. Por una parte, Fray Servando Teresa de Mier, regiomontano, que fue fervoroso partidario del centralismo, y por la otra, Miguel Ramos Arizpe, originario de la población que lleva su nombre, y quien abanderó la causa del federalismo.

Interesante comentar también que en cuestión de escritores, dos de los más grandes que ha dado México fueron vecinos; Julio Torri—“prosa de magia pura”-, y el propio Alfonso Reyes. El saltillense, parco en obra, sin embargo, lo poco que publicó lo pulió a la perfección, cual exigente joyero. El regiomontano en cambio, realizó una obra colosal, donde logró conjuntar una enorme extensión con una excelsa calidad.

Reyes tuvo los alcances para merecer el premio Nobel de literatura, habiendo sido propuesto para tal honor por Gabriela Mistral, la escritora chilena que obtuvo dicho reconocimiento, sin embargo, los mismos mexicanos bloquearon su nominación, argumentando que don Alfonso se ocupó más de escribir sobre Grecia que sobre nuestros indios; una muestra de nacionalismo enfermizo.

Tal vez el mayor elogio que se le ha hecho a nuestro vecino regiomontano fueron aquellas palabras pronunciadas por Jorge Luis Borges —también con tamaños para el Nobel, pero rechazado por no haber sido lo suficientemente izquierdista— cuando dijo que la mejor prosa escrita en castellano era la de Alfonso Reyes.