ilustración: Esmirna Barrera
El tiempo que nos gustaría dedicarle a la vida privada es hurtado por el trabajo

Dice Ortega y Gasset: “Hay una vocación general y común a todos los hombres. Todo hombre, en efecto, se siente llamado a ser feliz; pero en cada individuo esa difusa apelación se concreta en un perfil más o menos singular con que la felicidad se le presenta. Felicidad es la vida dedicada a ocupaciones para las cuales cada hombre tiene singular vocación”, y son esas ocupaciones convocadas por la vocación, no las forzosas y tediosas, las que conducen a un estado de plenitud.

SIN EMBARGO…

Existimos en la vorágine, rapidez, en vértigo, en sutiles realidades que carcomen el propósito y sentido de la vida: el tiempo que nos gustaría dedicarle a la vida privada es hurtado por el trabajo que se ha de emprender para poder “tener” esa abundante vida “personal”.

Trabajamos tanto, intentando trepar jerarquías y ganar posiciones a cualquier precio con el fin de alcanzar desahogo material, para luego perder la salud –y hasta la familia- por exceso de estrés y por el descuido acumulado. Así, nos pasamos la vida trabajando para luego gastar lo ganado en la recuperación de la salud perdida, no por trabajar, sino por la enloquecida forma de laborar. Fatal paradoja.

En general nos encanta pensar en el bienestar físico, el vernos bien, excelente cuando se trata de cuidar la salud, pero sin odiar la presencia del tiempo en nuestros cuerpos y rostros, porque hoy, desgraciadamente, hasta la vejez pareciera ser una realidad maligna, obviando que a ella nos encaminamos a pasos acelerados.

PODEROSAS CREENCIAS

Seamos honestos: en la actualidad una de las creencias más poderosas es pensar que el fundamental propósito de la vida consiste en aumentar al máximo la capacidad de hacer dinero y desde este enunciado nos empeñamos a subordinar la vida al lucro, a la comodidad, a lograr lo meramente utilitario perdiendo, en ocasiones, la posibilidad de conquistar aspiraciones más elevadas.

Es común andar fuera de control, comprando más de lo que jamás podríamos llegar a usar. Creo que, en estos tiempos, la codicia y el egoísmo han tomado un rol fundamental en la vida produciendo incalculables desilusiones.

Casi todos compartimos la idea que una de las prioridades en la vida es dedicar abundante atención a nuestra familia, pero al hacer el balance frecuentemente nos sentimos frustrados por lo retirado que andamos de ese camino.

Inclusive, podemos ver que es habitual observar a parejas jóvenes que se casan creyendo que el amor se da de “golpe”; y así, seguramente sin saberlo, sacrifican lo mejor de su tiempo por la ilusa idea de que la vida fundamentalmente consiste en trabajar hasta el cansancio para lograr un estatus social y construir una gran casa aun cuando en ella, más tarde, no exista un hogar verdadero.

La competencia provoca que muchos de ellos canjeen por dinero lo mejor de vivir en pareja y en familia, que renuncien, por horas de oficina, a los encuentros cotidianos y todo lo bueno que ofrece el matrimonio en sus primeros años y que servirá de cimiento para formar una familia feliz.

ALEGRÍA

Olvidamos que las relaciones son siempre más trascendentales que las cosas, sospecho que en nosotros habita la miopía de intentar mejorar nuestro bienestar personal por medio del mejoramiento independiente de las actividades que realizamos, en lugar de ver que lo significativo no se encuentra en la productividad de nuestros parcelados roles, sino que es nuestra “gran” totalidad -el bienestar personal integral– mucho más importante que esas tareas que fragmentariamente desarrollamos.

Sería conveniente pensar que el fin del oficio de la vida es aprender a vivir cumpliendo con nuestra personal vocación provocando que otros vivan también gozosamente, lo que, finalmente, proporciona motivos para la felicidad. Si supiéramos disfrutar de estas realidades sabríamos que no se requiere tanto para ser felices.

El alimento de la existencia es la alegría, la cual surge nos liberamos de la tiranía del materialismo y la vorágine, cuando nos conectamos con lo bueno, con el amor, la solidaridad, la vocación personal de vida, el trabajo fecundo, la real esperanza de trascendencia y la posibilidad de asombrarnos por la luz del sol que nos anuncia el regalo de un día más. 

La alegría suele dibujarse en nuestros rostros cuando dejamos atrás la nostalgia del pasado, cuando abandonamos el lamento por los sueños perdidos, cuando nos sabernos útiles, cuando encontramos significados a nuestros fracasos o desilusiones, cuando aceptamos la realidad con todas las imperfecciones y dolores que en ella existen, cuando somos optimistas y agradecidos, cuando evitamos que los problemas y el dolor nos definan, cuando estamos convencidos que somos verdaderamente amados por Dios, cuando cultivamos la amistad, cuando sabemos perdonar errores y heridas.

Para eso, de tiempo en tiempo, es necesario “abandonar toda esperanza de haber tenido un mejor pasado”.

VIVIR

Séneca, por su parte, sentenció: decía “nadie se preocupa de vivir bien, sino de vivir mucho tiempo, a pesar de que en la mano de todos está vivir bien y en la de nadie vivir mucho tiempo”, bajo esta luz deberíamos ocuparnos por vivir bien disfrutando cada instante y no “vivir como si no tuviésemos que morir y morimos como si no hubiésemos vivido”.

Me pregunto la razón por la cual nos gusta tanto caminar por el lado sombrío de la existencia que, si bien podría proporcionar bienestar económico, no siempre brinda la posibilidad de “poseer” a la misma vida, de peregrinar de la mano con ella, de ser su dueño. 

Es necesario encontrarnos de frente con nuestra alma para, próximos a ella, afilar los cinceles, conseguir dirección, inspiración y el ánimo necesario. Seamos pacientes escultores dispuestos a modelar cuidadosamente la piedra de nuestra existencia, para hacer que “quepa”, a plenitud, en la ilimitada eternidad, para eso hoy busquemos en lo limitado, en temporal, el rostro de Dios en el rostro de nuestros semejantes.

EN LAS PROFUNDIDADES

Ante la rapidez del mundo actual, los dilemas, la alharaca y los problemas que continuamente avizoramos, necesitamos “aquietarnos”. Nuestra tarea posiblemente sea la descubrir o redescubrir, ante este sosiego, el gozo de ser y la posibilidad de trascender. Hay que reagrupar los cachos del alma que se nos han desperdigado a causa de las sensaciones de esta época, de las exigencias materiales de estos tiempos y de las actividades superficiales que emprendemos y supuestamente conducen al éxito.

En las profundidades del alma se encuentra el porqué de la vida, y cómo vivirla. Ahí reside la encomienda asignada por Dios; sumergirnos en esta realidad no es fácil, pero decidirnos a hacerlo representa la mejor victoria que podemos alcanzar, aun cuando este triunfo, por su naturaleza, resulte más bien silencioso. Sin embargo, cuando valientemente se acepta este mandato aseguramos que cada nuevo día despertemos como recién estrenados.

LO QUE QUIERAS

Me refiero a un sencillo pacto para comprender que, a pesar de los pesares, hay razones de esperanza y que, por tanto, saber que siempre lo mejor está por venir, porque nos encontramos en la palma de las manos de del Creador y en el eterno amor de su venerable Hijo.

Entiendo que esto significa un enorme reto: saber el mínimo tiempo que nos queda en esta efímera, pero profunda vida para, precisamente, colmarla de más vocación y menos de todo aquello que no deja vivir.

“Ama y haz lo que quieras”, dijo San Agustín, máximo pensamiento posiblemente incomprensible para las personas que confunden la urgencia y el placer de lo inmediato con lo trascendental.

cgutierrez@tec.mx

Programa Emprendedor

Tec de Monterrey Campus Saltillo