Nuestro colaborador Javier Treviño escribe sobre ‘Amarillo’ la obra que presentó ‘Teatro Línea de Sombra’ hace algunos días en el Teatro de la Ciudad
El montaje es muchas cosas a la vez: una denuncia, una gran instalación móvil, una revelación, una coreografía con palabras, un poema documento...”.
Javier Treviño Castro.

Las circunstancias han cambiado muchísimo. Hasta ahora me doy cuenta de ello. Ya no puedo escribir donde solía hacerlo, ni puedo escribir con la concentración que me brindaba ese pequeño pero íntimo lugar. Ahora debo andar a salto de mata, tratando de agarrar el momento adecuado, el sitio menos estridente para sentarme a redactar unas cuantas líneas, tratando de otorgarles alguna coherencia. Si esto fuese un poema el tema de la coherencia lo dejaría a cargo del hipotético lector. Pero no lo es.

Quise escribir, hace unos días, una reseña sobre la exposición que se exhibe en un Centro Cultural de nuestra ciudad, pero cuando me senté a redactar lo que me había dejado la visita, me quedé en blanco. No supe, no pude decir nada acerca de la obra de estos tres jóvenes expositores, no sé si por mi falta de concentración o porque la obra no logró tocar ninguna de mis fibras.

¿Sucede algo en la vida personal o en el arte contemporáneo? La verdad, no sabría qué contestar. Ignoro la respuesta. La vida personal del que escribe está atravesada por tantos imprevistos y calamidades, que bien podría achacar a éstos la culpa de mi esterilidad. Por otro lado, el arte contemporáneo, aquí, en Hong Kong y en Nueva York, ha rebasado ya muchos los límites.

Esto me hace concluir que sí, que algo sucede tanto en el ámbito de la vida personal como en el de la del arte contemporáneo. ¿Por qué casi ninguna de las obras vistas en la citada institución cultural resultó verdaderamente significativa para este observador? Si hay innegables habilidades plásticas en estos artistas, ¿por qué sólo algunos de sus trabajos lograron penetrar más allá de mi epidermis? ¿He perdido la capacidad del asombro? 

No lo creo, pues días después acudí a ver la presentación de “Amarillo”, el montaje del Teatro Línea de Sombra que dirige Jorge Vargas, en el Teatro de la Ciudad Fernando Soler, y concluí que muy pocas veces he presenciado un montaje tan completo, tan avasallador y tan inquietante como éste, cuya dramaturgia pertenece al escritor regiomontano Gabriel Contreras.

El tema de “Amarillo” es el del flujo migratorio de América Latina hacia los EUA y fue estrenado el año 2010, pero resulta tan vigente como entonces, o más, pues las inclementes circunstancias en que quedan los países “en vías de desarrollo” ante las fuertes mandíbulas de las grandes potencias del orbe, o las miserias de tantas víctimas ante los desastres de la guerra, son más hondas y terribles que nunca. Casi todo el mundo quiere huir, huir allá…

“Aquí no hay trabajo, no se puede vivir….” “Aquí no se puede vivir, hoy mismo cae una bomba y ya no estás…” “Si tienes suerte, mañana puedes estar en un país desconocido, sin saber el idioma, sin saber nada de nada… Todo por la guerra” “¿Y qué más hacer? Aquí no hay nada… Hay que irse…”

Frases similares a éstas pueden escucharse en la banda sonora del montaje, que incluye música original de Jorge Verdín-Clorofila y apela a todo adelanto tecnológico, aprovechando al máximo los multimedia y apropiándose de la noción de “instalación” que las artes visuales contemporáneas han hecho suya desde los años 80, aproximadamente.

El montaje es muchas cosas a la vez: una denuncia, una gran instalación móvil, una revelación, una coreografía con palabras, un poema documento dicho con la voz, el cuerpo y la imagen. Desde hace años, Jorge Vargas apostó por la expresión dramática del cuerpo -“el teatro del cuerpo”-, y desde entonces, no ha dejado de sorprendernos con sus hallazgos. “Amarillo” es una obra de arte hermosa e ideológicamente útil, como hubieran querido Horacio y Brecht, pero una obra que, abriendo horizontes, rompe moldes.

La obra no narra una historia “lineal”, no es “representacional”, como dice el propio Jorge Vargas en una entrevista. Por eso acude a un escritor cuyos nexos con la dramaturgia ortodoxa son nulos: Gabriel Contreras es, precisamente, el tipo de autor dramático que necesita de una gran libertad para escribir, y esa libertad sólo puede obtenerla junto a un director que auspicia la misma noción de libertad y de trabajo colaborativo. Aunque libertad no implica, de ningún modo, indisciplina: “un actor desprovisto de artificios”, pero un actor entrenado, diría el director.

Jorge Vargas ha trabajado durante más de treinta décadas y ha estudiado con grandes maestros de la mima y el cuerpo como Etienne Decroux, en París (1986)… A partir de los años 90 crea en Monterrey el Teatro Línea de Sombra y desde entonces hasta ahora, ya en la Ciudad de México y en la Casa del Teatro, continúa su investigación en torno del cuerpo, el espacio dramático y lo que éstos pueden decirnos sobre nuestras circunstancias.

Despojar al teatro de esa balumba que lo convierte en una “burbuja ilusionista” y desnudarlo de las telas, las piernas, las bambalinas y demás aditamentos que encubren cualquier artilugio: ésa ha sido la poética de Jorge Vargas, una que bien podría calificarse de “poética de la austeridad”. Por eso en “Amarillo”, como en otros de sus montajes, vemos poleas, cordajes, máquinas y personas que manipulan instrumentos, aunque no actúen, es decir, aunque no sean “actores”.

Todo esto es, en realidad, herencia de los grandes teóricos y directores del teatro más “experimental” de la Europa de las vanguardias históricas, de Jarry, y más tarde, de Piscator y otros, pero Jorge Vargas ha realizado este trabajo en el México actual sin grandes aspavientos y como picando humildemente la piedra que le tocó en suerte. Por fortuna lo hace con la conciencia de que el sueño de las ideologías mesiánicas ha muerto: no estamos ante un director/dictador en ningún sentido. Al contrario: estamos ante un director que recoge la creatividad de sus actores para enriquecer el montaje y sea éste –y la realidad real- los que hablen al  espectador.

Tampoco se podría hablar de una vuelta al “realismo” decimonónico, pues luego de un siglo, o más, y de las múltiples corrientes estéticas que nutres y atraviesan el trabajo escénico de Vargas, su “realismo” nada tiene que ver con un “realismo” de manual o de catecismo ideológico sesgado. La más dura realidad social está presente en “Amarillo”, sí, pero tratada desde un discurso multidisciplinario y poliédrico que aprovecha muchas de las formas expresivas del arte contemporáneo, enriqueciendo así la significación y la capacidad de recepción del montaje.   

Pondría, acaso, cierto reparo ante el uso excesivo de multimedia, ante cierto descuido en la voz de algunos actores y ante un pasaje que no pude escuchar porque el volumen del audio estaba demasiado alto. En el segundo caso, paradójicamente, el actor pregunta varias veces al público o a alguien: “¿¡Me estás escuchando!?” En cuanto a la voz, de ningún modo se trata de impostar, pero sí de ser escuchado y comprendido por el público. El afán del director por despojar al actor de todo artificio convencional lo ha llevado, quizás, a dejar de lado deliberadamente un mínimo entrenamiento de la voz. Pero hay cierta justificación en esta opción: basta ya de impostaciones y alambiques…

Así, en estas circunstancias un tanto adversas, las presentes líneas fueron escritas. Y supongo que las que vienen serán redactadas del mismo modo. Ofrezco de antemano una disculpa. Aunque si pienso en las circunstancias en que algunas obras o textos íntimos fueron escritos durante épocas aciagas, esto se precipita en el abismo de la queja irrelevante.