En la naturaleza, todo está conectado, es un inmenso sistema que trabaja de forma tan compleja e inimaginable a nivel planetario. Cada especie vegetal y animal cumple un papel fundamental en el ecosistema local, y éste a su vez está conectado con otros ecosistemas de escala mayor, esta articulación hace posible la vida en el planeta.

Hay ecosistemas que por su gran extensión y por los servicios ambientales que llevan a cabo, son prioritarios a nivel planetario para el equilibrio y la estabilización del cambio climático, el Amazonas es uno de ellos.

Su extensión incluye partes de Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela. Con siete millones de kilómetros cuadrados, es el bosque tropical y la cuenca fluvial más grande del mundo. Es decir, es el área más extensa donde fluye agua a través del río y sus afluentes, hasta desembocar en el océano cumple un papel fundamental en el ciclo hidrológico en América del Sur. Ahí se encuentra el 20 por ciento del agua del planeta.

En la selva amazónica viven más de 40 mil especies de plantas, más de 6 mil especies de animales, representa el 20 por ciento de la biodiversidad mundial. Su masa forestal genera una quinta parte del oxigeno en el planeta y absorbe la misma cantidad de dióxido de carbono. Además ahí habitan más de un millón de personas, divididos en 400 pueblos indígenas, con lengua y cultura propios, que han contribuido a la conservación de la Naturaleza y sufren las consecuencias del conflicto de intereses de ganaderos y agricultores.

Este ecosistema tan importante a nivel global, sufre enormes daños cada año por la deforestación a causa de la expansión de la agricultura y ganadería, por la contaminación por los procesos de minería, por instalación de enormes hidroeléctricas que alteran los procesos naturales y por los incendios forestales, que lamentablemente son provocados por los intereses que mueven todas esas actividades que dañan la Amazonia. Este año alcanzaron 73 mil puntos de incendios forestales, 83 por ciento más que el año pasado, y su devastación avanza a un ritmo descontrolado.

Lamentablemente, la política ambiental del actual presidente Bolsonaro alienta la destrucción y el "aprovechamiento” de la selva amazónica, ha eliminado parte del estado de protección de muchas zonas y respalda a los ganaderos y agricultores a la deforestación, y además rechaza el apoyo internacional para el control de incendios y protección de la selva. Decisiones desde una perspectiva neoclásica, lamentables ante la crisis ambiental que vivimos.

Las efectos de los incendios en el corto plazo, entre muchos más, traerá la enorme pérdida de especies de flora y fauna irreversible, la emisión de humo afecta a las ciudades cercanas propiciando problemas respiratorios y alergias. La deforestación cambiará el ciclo de precipitaciones, aumentará la erosión del suelo y por consecuencia habrá mayores deslaves e inundaciones. En el largo plazo, así como la Amazonia contribuye a la estabilidad del clima y al ciclo hidrológico no sólo del sur de América, si no del planeta entero, alterará este proceso acelerando las implicaciones del cambio climático, a través de fenómenos meteorológicos catastróficos. Si ahí está el 20 por ciento del agua y oxígeno del planeta, sin duda alguna la alteración de este ecosistema, tendrá consecuencias catastróficas globales.

Esto sin duda es ejemplo de lo mucho que falta por fortalecer la política ambiental en todas sus escalas: local, nacional e internacional. El discurso sobre sustentabilidad sigue presente, pero continúa siendo débil y carente de acciones contundentes, porque sigue considerando a la naturaleza por su función económica, la de proporcionar recursos para la producción y no por su función ambiental: hacer posible la vida y desarrollo en el planeta.