Lo mejor es contar con un protocolo que permita investigar con seriedad lo ocurrido e informar con oportunidad y rigor a los integrantes de la comunidad educativa

Hace casi un mes que ocurrieron los trágicos sucesos del Colegio Cervantes, en la ciudad de Torreón, y muchos seguimos preguntándonos qué pudo transformar a un niño de apenas 11 años en alguien capaz de disparar contra sus compañeros de clase y profesores para luego quitarse la vida.

No dejar de hacerse esta pregunta es fundamental, no solamente para contar con una explicación completa y satisfactoria de lo ocurrido, sino también para evitar que vuelve a ocurrir.

¿Fue solamente el aparente “mal ejemplo” que pudo ver en los integrantes de su familia paterna lo que condujo a José Ángel a tomar dos armas y realizar nueve disparos en su escuela? ¿O fue algo más, algo que forma parte del medio ambiente en el que todos estamos inmersos actualmente?

Reiterar las preguntas anteriores resulta obligado ante el reporte que publicamos en esta edición, relativo al presunto mensaje que un integrante de la comunidad educativa de un colegio privado en Saltillo habría dejado en uno de los baños de la institución.

Decía: ‘voy a tirotear’ o algo así, y los padres de familia estamos intranquilos ya que la escuela lo manejó por debajo del agua, pues quienes estuvieron en la junta, los papás de secundaria, dijeron que el director no quiso reportarlo a la Policía”, informó a VANGUARDIA una madre de familia quien se habría enterado del presunto mensaje a través de los grupos de mensajería internos.

“Ahora muchos papás estamos con la incertidumbre de si llevar o no a nuestros hijos mañana (hoy), pues nadie nos informó nada, y no es la primera vez que ocurren situaciones extrañas en el colegio y no se informa a los padres de familia”, añadió la fuente.

El temor es absolutamente fundado, pues si un impulso tiene un padre de familia es justamente proteger a su familia y, en primerísimo lugar, a sus hijos.

De ser cierta la especie también resulta comprensible –en alguna forma– la reacción de los directivos de la institución, seguramente motivados por el deseo de no causar alarma innecesaria entre padres de familia o desatar reacciones hostiles entre los alumnos.

Pero, como seguramente demostrará la experiencia de las siguientes horas, frente a este tipo de episodios –así se trate sólo de una broma de muy mal gusto– lo mejor es contar con un protocolo que permita, por un lado, investigar con seriedad lo ocurrido y, por el otro, informar con oportunidad y rigor a los integrantes de la comunidad educativa.

Y en el desarrollo de protocolos útiles para estos casos tienen una gran responsabilidad las autoridades –las educativas y las de seguridad pública– quienes deben ofrecer capacitación a directivos y personal administrativo de las escuelas, a fin de que cuenten con una estrategia de reacción adecuada.

No se trata de magnificar los casos, pero tampoco de minimizarlos sin un tratamiento adecuado. Cualquiera de los dos extremos tiene consecuencias indeseables que nos alejan del único propósito que debe unir nuestras voluntades: evitar que vuelva a ocurrir una tragedia escolar.