A todos convendría que el presidente Andrés Manuel López Obrador haga caso de sus propios consejos y “se serene”, a fin de que su ejercicio de la libertad de expresión corresponda a su investidura

La libertad de expresión es un derecho humano universal y esto quiere decir esencialmente dos cosas: la primera es que toda persona, por el simple hecho de ser un humano, posee tal derecho; la segunda es que, salvo poquísimas excepciones, todo mundo puede decir lo que le venga en gana y nadie debe impedírselo, pues de hacerlo estaría incurriendo en censura previa.

¿Esto significa entonces que a nadie debe importarle lo que diga cualquiera y, menos aún, puede uno escandalizarse porque otra persona haya expresado libremente sus ideas? ¿O que a nadie puede reconvenirse por ejercer el derecho de expresarse, sin importar quién sea o que haya dicho?

La respuesta rápida a ambas preguntas es no.

Pero, desde luego, no basta con decir no, sino que es necesario explicar por qué, si existen sólo unas pocas restricciones al derecho de libertad de expresión, no es posible para cualquiera decir, en cualquier momento, lo que le venga en gana.

La explicación es muy fácil de expresar pero un tanto difícil de dimensionar: porque una misma idea -con exactamente las mismas palabras dichas en el mismo orden- puede tener impactos diferentes dependiendo de quién la exprese y quién o quienes la escuchen.

No es lo mismo, por ejemplo, gritar improperios en contra de un equipo de futbol en la sala de nuestra casa -o en una reunión de amigos- a hacerlo en el estadio de ese equipo y en medio de la porra del mismo. Exactamente las mismas apalabras, pero dichas en contextos diferentes, pueden desembocar en eventos diametralmente opuestos.

De la misma forma, no es lo mismo que un ciudadano cualquiera se pare en medio de la plaza pública de cualquier ciudad y comience a disertar sobre la posibilidad de que esté en marcha un “golpe de estado” en contra del Presidente de la República, a que sea el propio mandatario quien lo afirme a través de su cuenta de Twitter.

La dimensión que adquiere la afirmación, en el segundo caso, es de una gravedad extrema, pues se asume que el Presidente no tuitea ocurrencias, ni utiliza las redes sociales como un medio de divertimento.

Por ello no puede considerarse sino un acto de irresponsabilidad el que el presidente Andrés Manuel López Obrador haya deslizado el fin de semana la idea de que “sus adversarios” planean un golpe de estado para derrocarle, afirmación que provocó de inmediato un alud de posicionamientos de parte de sus seguidores, posicionamientos que sólo contribuyen a la polarización.

Ayer, nuevamente a través de redes sociales, López Obrador emitió un video que podría considerarse una rectificación de sus afirmaciones previas y dijo que “no hay nada que temer” y que su gobierno va “muy bien”.

La pradera, sin embargo, ha quedado encendida por la ligereza discursiva de un mandatario que parece no terminar de entender que ya es presidente y no un candidato en campaña. A todos convendría por ello que el titular del Ejecutivo haga caso de sus propios consejos y “se serene”, a fin de que su ejercicio de la libertad de expresión corresponda a su investidura.