“Hoy, algunos críticos piden que se gobierne en sentido distinto, que prescindamos de nuestro ideario y de nuestro proyecto, que apliquemos recetas económicas contra las que hemos luchado o que seamos tolerantes con la corrupción que nos propusimos erradicar. Piden, en suma, que yo traicione mi compromiso con la sociedad, que falte a mi palabra y que renuncie a mi congruencia. Y eso, lógicamente, no va a ocurrir”.

La anterior es, probablemente, la frase que mejor resume el discurso que el presidente Andrés Manuel López Obrador pronunció ayer con motivo de su Segundo Informe de Gobierno. Se trata de una frase que sintetiza sus creencias más arraigadas, esas que no está dispuesto a modificar.

Pero nadie le está pidiendo que sea “tolerante a la corrupción”. No hay nadie -con excepción de quienes se benefician de la corrupción- que esté de acuerdo en tolerar este mal que ciertamente ha lastimado gravemente la salud de la República, porque la inmensa mayoría de los mexicanos está -ha estado y estará- en contra de la corrupción.

Sin embargo, el Presidente se empeña en afirmar que toda crítica formulada hacia su gobierno es un argumento a favor de “los gobiernos del pasado” y, en consecuencia, un argumento “a favor” de las prácticas de dichos gobiernos, señaladamente la corrupción.

No se requiere argumentar mucho para demostrar que tal afirmación es falsa. Criticar la actuación de quienes ostentan la representación popular es un derecho; disentir de la forma en la cual se plantea la conducción de los asuntos públicos constituye el fundamento mismo de la democracia. El propio Presidente lo reconoció ayer en su discurso al afirmar que el garantizar las libertades ciudadanas implica respetar “el derecho a disentir”.

Pero el derecho a disentir solo es útil si tiene un correlato desde el poder público y éste es la obligación de los gobernantes a tener en cuenta el disenso con miras a rectificar, a matizar, a considerar la posibilidad de haberse equivocado y, en consecuencia, a rectificar.

El problema con el presidente López Obrador es que él no está dispuesto a reconocer que ha cometido errores, ni a considerar la posibilidad de modificar las fórmulas con las cuales busca -correctamente, sin duda- revertir las graves desigualdades que han caracterizado históricamente a nuestra sociedad.

Lejos de tal posibilidad, López Obrador redobla la apuesta por alentar la división entre la sociedad mexicana, estigmatizando a quienes considera “victimarios” y alentando los sentimientos reivindicatorios de quienes considera “víctimas”. En ambos casos, sin plantear matiz alguno.

En tales circunstancias, resulta muy difícil acompañarle en la afirmación de que nuestro país cuenta con “el mejor gobierno” en el peor momento de nuestra historia, pues independientemente de sus buenas intenciones, lo que este Gobierno no está haciendo es construir un clima de concordia y unidad que nos permita superar las múltiples crisis que estamos enfrentando.

Es verdad: estamos en el peor momento de la historia moderna del país. Necesitamos el mejor gobierno para afrontar esta crisis. Ojalá que surja en los cuatro años que aún le restan a esta administración.

Estamos en el peor momento de la historia moderna del país, por lo que necesitamos el mejor gobierno para afrontar esta crisis.