Andrés Manuel López Obrador, lo he dicho antes pero siempre conviene recordarlo, es un individuo de ocurrencias, no de ideas. Porque para tener ideas hace falta ser medianamente inteligente y quien hoy se sienta en la Silla del Águila… pues no lo es.

La afirmación anterior, a despecho de los defensores a ultranza del Iluminado de Macuspana, no es una especulación, sino el diagnóstico inevitable surgido de atestiguar la realidad cotidiana, es decir, la proveniente de las posiciones públicamente asumidas por su santidad, el Peje.

La evidencia respecto de la imbecilidad presidencial es bíblica. Y se incrementa en cada ocasión en la cual mister Yo Siempre Tengo Otros Datos vomita algo por el orificio superior de su sistema digestivo el cual, por cierto, emite exactamente el mismo desecho del extremo opuesto.

La más reciente estupidez presidencial ha sido reiteradamente “explicada” a lo largo de diversas homilías mañaneras: su Ilustrísima está diseñando “un nuevo modelo” para medir el progreso, la justicia y el desarrollo de nuestro País. Un modelo cuya cegadora luminosidad obligará a todas las naciones del mundo a copiarlo de forma instantánea.

Porque, como ya lo decretó nuestro huey tlatoani, ha llegado el momento para la humanidad entera –no solamente para los mexicanos– de abandonar la trampa perversa de medir el progreso de las sociedades a partir de ese arcaísmo conocido como Producto Interno Bruto (PIB).

Eso –ja, ja, ja, ríe con suficiencia el mesías tropical– es cosa del pasado, un espejito con el cual, quienes construyeron el perverso orden mundial en boga, nos han engañado hasta ahora…

¡Puro pinche materialismo! La vomitiva ambición de poseer más de un par de zapatos; la reprochable mezquindad de los lujos; la ceguera provocada por el ánimo consumista… ¡cuando todos podemos ser felices en la jodidez!

¿A quién chingaos se le puede ocurrir la pendejada de comer un platillo preparado por un chef con tres estrellas Michelin, habitar una casa diseñada por un arquitecto, ser atendido por un médico reputado o circular por una carretera ideada por un ingeniero experimentado?

¡Insensatos! Esas son puras ilusiones materiales, es decir, elementos carentes por completo de valor. Lo único importante –no lo más importante, sino lo único importante– es lo espiritual, lo intangible, lo etéreo, lo incorpóreo…

Por eso… ¡a la chingada el PIB! (La masa, cuyos integrantes comparten la característica principal del profeta de la transformación de cuarta –o sea, su contumaz inactividad cerebral–, aplaude a pesar de tener ya las manos hinchadas y entumecidas de tanto aplaudir por dos décadas).

Nadie se llame a sorpresa, by the way: esto va a pasar. En algunos días –o semanas– vamos a atestiguar, en vivo y en directo, la presentación apoteósica del “nuevo modelo” de medición del desarrollo nacional. Y ahí van a estar los “científicos” a quienes, ya dijo el arúspice macuspano, va a convocar para pedirles sus contribuciones, exponiendo la ideota del milenio.

La pregunta lógica, simple, sencilla frente a la más reciente aberración largada por López Obrador es la siguiente: ¿cuál es la razón por la cual nuestro País necesita –desesperadamente, por cierto– un “nuevo modelo” para medir el progreso, la prosperidad, el avance?

La respuesta es tan simple como la pregunta: porque si seguimos viendo el PIB como parámetro para medir el éxito de las políticas presidenciales del actual régimen, no se puede sino llegar a una calamitosa conclusión: este gobierno es un fracaso monumental.

Pero si ya no vemos el PIB, si ignoramos el PIB, si nos repetimos cada mañana, como mantra vivificante y espiritualmente enriquecedor, la encíclica pejiana según la cual este indicador es un mecanismo de perversa manipulación de “las fuerzas oscuras”, entonces… ¡pues el PIB ya no existe!

Y entonces abrazaremos, como refrescante bálsamo para nuestras maltrechas existencias, la única verdad a la cual debemos prestar ojos, oídos, olfato y el resto de los sentidos: El Peje es nuestro salvador y sólo necesitamos escucharlo cada mañana para alimentar la certeza de nuestra felicidad personal por haber tenido el privilegio de nacer en esta época luminosa de la humanidad: la era del profeta Andrés Manuel.

ARISTAS

Como a uno le gusta joder (y, a veces, leer), pues no puede evitar recordar, en momentos como este, las palabras dejadas por escrito por su Eminencia, don López Obrador. Como las siguientes, contenidas en su más reciente libro “Hacia una Economía Moral”:

“…hacia el futuro, pensamos que la Hacienda Pública se fortalecerá con una mejor rentabilidad del sector energético y un mayor crecimiento económico…

“Estamos rescatando al campo del abandono al cual fue condenado por la política neoliberal y una vez que se obtenga más crecimiento económico, cuando se fortalezcan las finanzas públicas…”.

Pero bueno: son ganas nuestras de joder…

¡Feliz fin de semana!

@sibaja3

carredondo@vanguardia.com.mx

Carlos Arredondo Sibaja

Columna: Portal 

Periodista con más de 30 años de experiencia en medios de comunicación impresos y electrónicos. Ingeniero Industrial y de Sistemas por la Universidad Autónoma de Coahuila y Licenciado en Derecho por la Universidad del Valle de México. Además, es máster en Administración y Alta Dirección por la Universidad Iberoamericana y tiene estudios concluidos de maestría en Derechos Humanos en la Facultad de Jurisprudencia de la UAdeC. Se ha desarrollado profesionalmente en el servicio público, la academia y el periodismo. Integrante de la Comisión de Selección del CPC, del Sistema Anticorrupción de Coahuila.