Imagine, por favor, a Andrés Manuel parado frente a un árbol de un profuso bosque. Lo mira fijamente. Cualquier observador externo pensaría que en cualquier momento lo abrazará mientras posa su frente sobre el tronco y musita algún mantra. Pero, no. López Obrador observa el árbol en total concentración, casi budista, mientras agitado mueve los brazos, gesticula y habla con sus largas y medidas pausas.

Extrañado, un paseante se acerca. Y escucha a un AMLO acalorado, qué a partir del árbol frente a él, describe y analiza el resto del bosque; con fauna, flora y clima, incluidos. El caminante se aleja despavorido.

Ese el sello distintivo de AMLO como gobernante y de su 4T: empecinados miran el árbol; mientras ignoran el bosque. Su pensamiento puntual les impide ser sistémicos; peor aún, les evita actuar -porque no la tienen- con una visión de Estado a largo plazo. Por ello, AMLO es un (buen) político de a pie; pero no un estadista de largo aliento. Y la 4T es su fiel reflejo.

El caso reciente del historiador Pedro Salmerón, así lo demuestra. El pasado 17 de septiembre, Salmerón, quien fungía como director del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, provocó una polémica al escribir en la cuenta oficial del Instituto lo siguiente: Hoy hace 46 años que “Eugenio Garza Sada… uno de los más notables y emprendedores industriales del país, murió acribillado por un grupo de valientes jóvenes socialistas armados (integrantes de la Liga Comunista 23 de Septiembre) que intentaron secuestrarlo”.

¿Qué opciones tenía AMLO ante el exabrupto de Salmerón que pone en crisis (de nuevo) la relación con el alto empresariado de Monterrey? Mirar el árbol o el bosque. ¿Qué hizo, Andrés Manuel? Abrazarse al árbol y poner la frente en su tronco con mantra budista incluido.

Lamentó la renuncia del historiador; lo ensalzó como uno de los mejores en su disciplina, pero no lo disculpó. Tampoco, López Obrador lo hizo.

Más aún, en los días siguientes la Secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, ofreció una disculpa pública a nombre del Estado mexicano a la exguerrillera Martha Alicia Camacho, a su hijo y a su esposo asesinado por soldados del Ejército en los 70’s; durante el periodo de la llamada Guerra Sucia.

El 21 de septiembre, el morenista Antonio Attolini develó el propósito ulterior de AMLO y de la 4T, expresado en el exabrupto de Salmerón: “construir una nueva narrativa histórica del cómo llegamos a donde llegamos con la 4T”. Es decir, AMLO reescribirá la historia oficial para adecuarla a la visión dominante de la 4T.

No es fuera de lo común, para un Estado autoritario como el amloista, reescribir la historia para legitimar su proyecto político; lo preocupante, sin embargo, es que AMLO abrace el árbol y no utilice el exabrupto de Salmerón para mirar el bosque y sanar la República más allá de sus intereses partidistas.

El primer paso es respetar la autonomía de la Comisión Nacional de Derechos Humanos y apalancarse en ésta para impulsar una política de Estado basada en la justicia transicional: capaz de rendir cuentas, reparar el daño y establecer el principio de no repetición a los cientos de miles de víctimas en nuestro país desde los años 50s.

El segundo consiste en reconocer ante las víctimas, las violaciones masivas de los Derechos Humanos por parte del Estado Mexicano desde esos años.

Para ello, es crucial el tercer paso: “crear instituciones responsables y confiables; posibilitar el acceso a la justicia de los sectores más vulnerables; involucrar a mujeres y grupos marginales en la búsqueda de una sociedad justa; respetar el Estado de Derecho; facilitar los procesos de paz; fomentar la reconciliación; promover resoluciones duraderas al conflicto existente entre el Estado y grupos criminales y sentar las bases para afrontar las causas subyacentes de ese conflicto y la marginación”.

Pero AMLO, fiel a su terquedad, abraza al árbol con mayor fuerza; mientras la frente le sangra y él repite el mismo mantra. Una y otra vez.

@Canekvin