El término 'fraude electoral' no aparece ni en la Constitución ni en ninguna ley mexicana. Pero eso a lo que López Obrador llama 'fraude' es justamente lo que él se apresta a perpetrar en las elecciones de 2021, en las cuales necesita que sus acólitos, convertidos en candidatos, se queden con el triunfo. Y pretende conseguir eso por las buenas... o por las malas

El presidente Andrés Manuel López Obrador, lo hemos dicho en múltiples ocasiones en este espacio, pero es necesario insistir en ello, no es un demócrata, sino un autócrata con sueños de dictador quien anhela instaurar en México un régimen similar al de La Habana, Caracas, Managua o Pionyang.

Llegó al poder merced a los instrumentos de la democracia, es verdad, pero lo hizo, como está sobradamente documentado, despreciando dichos instrumentos y utilizando métodos no necesariamente democráticos para forzar modificaciones en el marco jurídico benéficas sólo a sus intereses.

En este último aspecto, justo es decirlo, no es distinto a cualquier otro político o dirigente político mexicano de cualquier color. El signo distintivo de quienes pueblan nuestra clase política, conviene recordarlo, es pensar siempre en la próxima elección y no en la próxima generación.

Como dirigente opositor López Obrador ha sido un actor de primera línea en las transformaciones del régimen jurídico mediante el cual se regulan los procesos electorales en México. En otras palabras, si las elecciones se realizan como se realizan en nuestro País, al menos una parte de la responsabilidad es de él y sus compañeros de viaje.

Sin embargo, como no es un demócrata no le interesan las reglas orientadas a garantizar el derecho del ciudadano a ejercer su voto. Su interés está puesto en construir un modelo mediante el cual se garantice una sola cosa: la perpetuación en el poder de él y su “causa”.

Ha sido transparente en esto, por cierto. En múltiples ocasiones ha señalado, como uno de los propósitos de su gobierno, es volver “irreversibles” los cambios por él impulsados.

¿Cómo se logra la “irreversibilidad” de un modelo jurídico, económico y social en una sociedad humana? Sólo existe una forma: mediante la destrucción de las instituciones democráticas y la sustitución de estas por un modelo dictatorial.

Y esa es justamente la gran apuesta de López Obrador para los próximos meses. ¿Su próxima estación? Las elecciones de 2021 mediante las cuales se renovarán miles de cargos públicos en el País, entre ellos los 500 asientos de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión.

Para decirlo claro y sin ambigüedades: el presidente con mayor “legitimidad democrática” de las últimas décadas se apresta para asaltar los comicios del año entrante y asegurar para sus incondicionales el triunfo en las urnas. Por la buena… o por la mala.

Todavía más claro: López Obrador, el gran “denunciador” del fraude electoral, se prepara justamente para eso: para hackear las elecciones y perpetrar aquello de lo cual, apenas ayer, se quejaba de forma estentórea.

Insisto en algo ya señalado aquí en pretéritas colaboraciones: el término “fraude electoral” no existe en ninguna norma jurídica mexicana y la transformación de cuarta tampoco lo introdujo en ninguna de las muchas modificaciones impulsadas a la Constitución y las leyes en los últimos 19 meses. Eso de “ahora es delito grave el fraude electoral” es sólo una más de las mentiras recurrentes del Presidente.

Sin embargo, en el imaginario popular, hábilmente explotado siempre por el Iluminado de Macuspana, habita una idea puntual: cometer “fraude electoral” es hacer cosas para forzar a los ciudadanos a votar de forma contraria a sus intereses, o para pervertir el resultado de los comicios una vez depositados los votos en las urnas.

Tomando como base esta idea, pues justamente a eso se dispone López Obrador en los próximos meses, para ello está preparando el terreno recurriendo a vulgaridades como el rescate manipulado de un discurso de Francisco I. Madero tras el triunfo de la Revolución.

De acuerdo con mister Yo Siempre Tengo otros Datos, en México “todavía nos falta erradicar por completo el fraude electoral” y por ello es necesario convertirlo a él –no a las instituciones, no a los ciudadanos, no a los partidos, no a las organizaciones de la sociedad civil, ¡a él!– en el “garante” de las elecciones del año próximo.

¿Cuál es la razón por la cual él –y sólo él– podría garantizar elecciones libres y democráticas en México? Bueno: si hablamos en serio no hay ninguna más allá de su megalomanía patológica. Pero si analizamos esto desde la perspectiva politológica, la razón es bastante simple: López Obrador tiene muy claro el riesgo inminente de ver naufragar a Morena, como partido político, antes de cumplir tres años en el poder.

López Obrador lo sabe bien: la fauna variopinta de la cual se compone Morena –salvo algunas figuras, muy pocas, dotadas de luz propia– es nada sin la compañía de su líder y, sin él al lado, el triunfo en las urnas es incierto.

Por ello, el Presidente se apresta al más grosero atraco antidemocrático del cual hayamos sido testigos los mexicanos en los últimos decenios.

Seguiremos en el tema.

¡Feliz fin de semana!

@sibaja3

carredondo@vanguardia.com.mx

Carlos Arredondo Sibaja

Columna: Portal 

Periodista con más de 30 años de experiencia en medios de comunicación impresos y electrónicos. Ingeniero Industrial y de Sistemas por la Universidad Autónoma de Coahuila y Licenciado en Derecho por la Universidad del Valle de México. Además, es máster en Administración y Alta Dirección por la Universidad Iberoamericana y tiene estudios concluidos de maestría en Derechos Humanos en la Facultad de Jurisprudencia de la UAdeC. Se ha desarrollado profesionalmente en el servicio público, la academia y el periodismo. Integrante de la Comisión de Selección del CPC, del Sistema Anticorrupción de Coahuila.