La conducta y la trayectoria pública del presidente Andrés Manuel López Obrador encajan en la definición que la Real Academia Española da al adjetivo 'imbécil' y que se utiliza para describir al individuo 'tonto o falto de inteligencia'. Tenerlo claro es importante porque en ello radica comprender el tamaño de la catástrofe a la cual nos dirigimos por tener sentado, en la Silla del Águila, a un individuo de tales características

Digámoslo pronto: tenemos por presidente a un individuo esencialmente imbécil.

Lo he escrito antes pero debe insistirse en el señalamiento. A despecho del melodrama armado por la chairiza cuando se utiliza el adjetivo anterior para señalar a su predicador de cabecera, no se trata de un insulto, sino de una descripción ajustada rigurosamente a los hechos.

“Imbécil”, aunque es un término utilizado también como insulto, es el adjetivo con el cual se identifica, dice el diccionario de la Real Academia Española, al individuo “tonto o falto de inteligencia”.

Pues eso: Andrés Manuel López Obrador es un individuo tonto, desprovisto de luces intelectuales, carente de potencia sináptica, alguien a quien el conocimiento científico, el rigor de los datos y la honestidad intelectual le son ajenos. Por ello busca todos los días presentar tales elementos como “atributos malignos” de los cuales solo pueden estar provistos los enemigos de la patria.

Muchas pruebas hay de su imbecilidad, pero la mayor de todas acaso sea el tiempo requerido por él para concluir una mísera licenciatura: ¡13 años! (14 si se considera el año adicional requerido para titularse). En ese período se puede estudiar no solamente la licenciatura, sino también una maestría, un doctorado y, ya encarrerados, pues aprender un par de idiomas.

El Iluminado de Macuspana y sus acólitos revirarán (haciendo gala de imbecilidad, de paso) recordando el origen humilde, la cuna mísera en la cual nació nuestro Perseo de Pantano, razón por la cual es hasta cobarde juzgarle por haberse tomado tanto tiempo para obtener un título universitario.

 

...mister Yo Siempre Tengo Otros Datos además de haber sido un “fósil universitario” fue un estudiante mediocre quien, encima de no haber aprobado todas sus materias en la primera oportunidad, lo hizo con calificaciones por debajo de 8, en promedio"

Pero pues basta recurrir al ejemplo de su personaje favorito de la historia, Benito Juárez, para zanjar el asunto. Si el Mesías Tropical debió remontar dificultades superiores a las del Benemérito de las América, pues ya… ¡canonicémoslo de una vez!

Porque, pese a su condición indígena, no hablar el español como lengua materna y haber nacido -a inicios del siglo 19- en un estado con mayores índices de pobreza y marginación al del Tabasco de López Obrador, Juárez no solamente estudió Derecho en el tiempo debido, sino lo hizo obteniendo calificaciones de excelencia.

Lejos de tal posibilidad, mister Yo Siempre Tengo Otros Datos además de haber sido un “fósil universitario” fue un estudiante mediocre quien, encima de no haber aprobado todas sus materias en la primera oportunidad, lo hizo con calificaciones por debajo de 8, en promedio.

¡Ni siquiera por haber estudiado una segunda vez las mismas cosas pudo aprender mejor! Por ello puede concluirse, sin temor a faltar a la verdad, sobre la condición de imbécil de quien hoy ocupa la Silla del Águila.

El prolongado liminar sirve para insistir en un hecho importante: como López Obrador es imbécil, nos trata todo el tiempo como si fuéramos personas iguales a él, es decir, incapaces de pensar por nosotros mismos y arribar a conclusiones a partir de los datos a nuestro alcance.

Se entiende, por supuesto: las hordas gracias a cuyos votos hoy es Presidente están compuestas mayoritariamente -no en su totalidad, pero sí mayoritariamente- por individuos muy similares a él, es decir, sujetos con serias carencias intelectuales para quienes la llegada al poder de un individuo semejante a ellos es hasta una reivindicación.

No es un pecado capital, desde luego. Al menos no en el terreno de la democracia. Ser ignorante no limita -y no debe limitar- los derechos políticos de nadie. Pero sí es un problema para el desarrollo de las sociedades y para el progreso colectivo.

Se podrá intentar de mil formas justificar la mediocridad intelectual de López Obrador y buscar de otras tantas estigmatizar a quienes han dedicado una parte importante de sus vidas a obtener títulos universitarios de posgrado, estudiar en prestigiosas escuelas -nacionales y extranjeras-, así como a investigar -en serio- en los distintos campos del conocimiento humano. Pero la respuesta no está en hacer descender a los demás por la escalera del conocimiento, sino en subir a donde ellos se encuentran.

El problema no está en los títulos ostentados por los expertos en áreas en las cuales López Obrador busca, una y otra vez, usurpar un lugar como especialista. El problema está en su pequeñez intelectual envuelta en complejos clasistas. Una pequeñez peligrosa para la democracia.

El problema con la combinación de imbecilidad y complejos con la cual está amasada la “ideología lopezobradorista” -si acaso puede afirmarse la existencia de tal cosa- es la posibilidad de hacernos retroceder décadas en todos los indicadores importantes para el progreso colectivo.

López Obrador dice pretender la erradicación de la corrupción, el adecentamiento de la vida pública y la transformación de las instituciones en palanca para empujar la igualdad social. Solo un imbécil podría no coincidir con tales pretensiones. El problema, sin embargo, no está en sus deseos, sino en su profunda, peligrosa ignorancia respecto de cómo se alcanzan esas metas.

¡Feliz fin de semana!

@sibaja3

carredondo@vanguardia.com.mx

Carlos Arredondo Sibaja

Columna: Portal 

Periodista con más de 30 años de experiencia en medios de comunicación impresos y electrónicos. Ingeniero Industrial y de Sistemas por la Universidad Autónoma de Coahuila y Licenciado en Derecho por la Universidad del Valle de México. Además, es máster en Administración y Alta Dirección por la Universidad Iberoamericana y tiene estudios concluidos de maestría en Derechos Humanos en la Facultad de Jurisprudencia de la UAdeC. Se ha desarrollado profesionalmente en el servicio público, la academia y el periodismo. Integrante de la Comisión de Selección del CPC, del Sistema Anticorrupción de Coahuila.