Don Daniel Cosío Villegas fue el primero en percibir que el verdadero cambio en México sería encausado por un partido político surgido de un desgajamiento del PRI y no de algo ajeno a él, así lo consignó en “El Sistema Político Mexicano”, uno de sus mejores ensayos. Asimismo, fue el primero que advirtió sobre la inutilidad de gobernar este País con palabras, sin pasar a la acción contundente, comparando en este aspecto a Lázaro Cárdenas del Río con el entonces presidente Luis Echeverría Álvarez y su estilo personal de gobernar.

Y en efecto, la verborrea de Luis Echeverría contrastaba con la contundencia ejecutiva de Cárdenas que era hombre de poquísimas palabras, cuya fuerza no residía en la especulación mental y menos en expresarla de viva voz, don Lázaro era un hombre de resoluciones, un ejecutor y un ejecutivo: “Ejecutor, porque hacía las cosas y ejecutivo porque no permitía que se postergara a otro tiempo la ejecución”.

Cuando don Lázaro mandó al Ejército a sacar de su casa, en pijamas, al “Jefe máximo de la Revolución”, Plutarco Elías Calles para expulsarlo del País, el pueblo percibió el mazazo de sus resoluciones y la oposición supo de inmediato a qué atenerse con la contundencia de sus actos de gobierno.

En contraste, don Daniel cita a Luis Echeverría y su demagogia discursiva como instrumento de gobierno. Lo define como un predicador, poniendo en duda el que la prédica o el sermón sean una herramienta eficaz para gobernar.

Don Daniel cita a buenos oradores que fueron grandes estadistas: De Gaulle, Churchill, Wilson y Roosevelt los que, sin embargo, no gobernaron con palabras sino con acciones contundentes. Ahí está De Gaulle cuando se alzó sobre el Parlamento francés recibiendo el apoyo del pueblo asqueado de la esterilidad de sus legisladores.

Aquí mismo hay una larga tradición de gobernantes callados: Benito Juárez, Porfirio Díaz, Sebastián Lerdo de Tejada, Adolfo Ruiz Cortines y hasta el mismo Adolfo López Mateos, excelso orador en su juventud, pero muy parco en su hablar como Presidente.

Charles de Gaulle fue un grande de las conferencias de prensa, pero no es posible compararlo con Andrés Manuel López Obrador y sus “mañaneras”.

Cuando AMLO dice que se va a consultar al pueblo para ver si es posible juzgar a los expresidentes pensamos luego en el síndrome de Hamlet. No usar el poder. Decisiones diferidas. Mucha consulta. Muchas palabras. Parálisis por el análisis. Todo demasiado tarde.

Porque ya se hizo tarde para encerrar al cínico y provocador Felipe Calderón, a pesar de tanto latrocinio, tanta sangre derramada y de Genaro García Luna.

Además, en todos los países donde se dio el efecto corruptor de Odebrecht hay expresidentes en la cárcel. Sólo en Venezuela y México no. Hasta el senador y expresidente de Colombia, Álvaro Uribe, está hoy preso por haber gobernado como Calderón.

Muy triste será cuando se empiece a escuchar entre la gente esa frase desoladora de que Andrés Manuel resultó igual que los políticos de siempre. Sería muy lamentable que AMLO pasara a la historia como un gobernante blandengue que se perdió en los excesos verbales de sus “mañaneras” y en su falta de decisión. En esa fatídica y delicuescente falta de decisión que marcó a Hamlet para siempre.

Ser o no ser, de ese dilema dependerá la verdadera transición de este País.