El ejercicio del periodismo, en cualquier sociedad democrática, tiene entre sus características la existencia de una dosis permanente de tensión en la relación con el poder, especialmente el poder público.

Se trata de algo inevitable porque el auténtico periodismo no está para “hablar bien” del poder y menos aún para lisonjear a quienes tienen a su cargo las instituciones públicas. La tarea del periodista es justamente la contraria: fijarse en lo que está mal puesto y criticar.

No pocos periodistas definen su misión como tales a partir de una premisa: su trabajo es “incomodar al poder”. Pero incluso si no es éste el propósito de quien ha decidido abrazar esta profesión, si se compromete con las reglas del oficio terminará siendo incómodo.

Debido a lo anterior, a nadie debe extrañarle que la relación de los periodistas con la autodenominada “Cuarta Transformación” tenga momentos de rispidez, tal como ocurrió ayer durante la conferencia de prensa que diariamente ofrece el presidente López Obrador desde Palacio Nacional.

Los periodistas que acuden a este ejercicio “de diálogo circular”, como lo denomina el propio titular del Ejecutivo, tienen la obligación –o al menos la responsabilidad– de hacer preguntas sobre las dudas que genera la actividad y la comunicación gubernamentales.

Y si algo ha generado dudas en el actual sexenio es el fallido operativo realizado en Culiacán, hace dos semanas, operativo que no puede ser calificado sino como un fracaso de esta administración. ¿Por qué las dudas? Porque pese al compromiso del Presidente de transparentar toda la operación, sigue sin entenderse, entre otras cosas, cómo es que Ovidio Guzmán fue “devuelto” por los agentes luego de que ya le habían capturado.

La reiteración de las dudas aparentemente exasperó ayer al Presidente quien, con sus habituales estrategias retóricas, “recuperó” un pasaje de la historia posrevolucionaria para arrojar sobre los periodistas una frase que no puede ser considerada sino una agresión: “muerden la mano que les quitó el bozal”.

El Presidente sin duda dirá que él sólo hizo referencia a una cita histórica, pero no es la primera ocasión en la cual ha manifestado su desagrado hacia la prensa que le critica, a la cual ha estigmatizado y colgado epítetos de forma reiterada. Es claro que a López Obrador le disgustan los críticos.

Sus seguidores le aplaudirán y, como lo hicieron ayer, lanzarán avalanchas de calificativos a través de redes sociales. Los periodistas tendremos que soportar la virulencia de los seguidores del Presidente y disponernos a seguir realizando nuestro trabajo: fijarnos en lo que está mal puesto y reseñarlo.

Es deseable, desde luego, que el Presidente rectifique porque sus obligaciones constitucionales y legales implican no generar condiciones de riesgo para el ejercicio del periodismo, condiciones que se propician cuando desde su posición como Jefe de Estado estigmatiza a los medios que no le gustan.

Pero incluso si el Presidente no es capaz de ceñir su conducta a los cánones democráticos deseables, los periodistas tendremos que seguir en lo nuestro: realizar un trabajo que, si se hace bien, tiene como consecuencia inevitable incomodar al poder.