ESMIRNA BARRERA
Somos portadores de misteriosas piezas del rompecabezas vital de los otros

Interesante video es el que hoy comparto en esta columna, ya que representa un aliento entusiasta a un año de estar padeciendo esta pandemia, pues expresa la generosidad y el amor al prójimo.

Me refiero al comercial “Unsung Hero” que, en 2014, emitió una empresa de seguros y que narra la historia de un hombre que humildemente brinda al mundo motivos de vida.

De alegría.

Esta persona, al entregarse mediante actos sencillos, no recibe más que la emoción de haber sido generoso. Así descubre la felicidad propia. La única, la auténtica: esa que el dinero no puede comprar.

Como se observa en el vídeo (https://www.youtube.com/watch?v=ndN3QieDJ-U), el personaje permanece por siempre en el anonimato, excepto en el corazón de aquellos que han recibido su magnificencia.

Esta breve historia habla de la caridad y la generosidad, de saberse dar sin la intención de esperar nada a cambio. Expresión de la más pura manifestación de amor.

SIN DUDA

El referido es un buen anuncio al hacer evidente que ahora por la angustia de lo ya muy cotidiano, pero también por las prisas y urgencias que no se ahuyentan ni siquiera ante la tragedia de la pandemia, y por esas presiones y compromisos que obvian las penurias y soledades de los semejantes cercanos- es necesario recuperar mucho de nuestra humanidad perdida.

Hoy, paulatina y silenciosamente, sin siquiera darnos cuenta, seguimos erosionando nuestra propia humanidad, al darle entrada al egoísmo y la insensibilidad.

No hablo de la ineludible caridad que deberíamos tener, o de la imprescindible hospitalidad que manifiestan las personas educadas, ni de ese altruismo que pareciera costosísimo realizar y menos de las dádivas que luego se pretenden cobrar; sino, sencillamente, de esos pequeños actos que no son honrosos practicarlos: el saludo sincero, la compañía oportuna, la llamada solidaria -o sorpresiva-, las gracias pronunciadas, la mano abierta, el silencio enriquecedor, el consejo adecuado y la conversación positiva ante la tragedia.

Me refiero, más bien, a esa generosidad que no necesariamente implica proveer lo material (que nunca sale sobrando), sino en condescender tiempo, momentos y atenciones. Alegrías.

 

‘¡Y COINCIDIR!’

Algunas veces las personas –en ocasiones desconocidas- llegan a nuestras vidas para darnos cuenta de inmediato, o mucho tiempo después, que ese encuentro sucedió porque debía ser así: para servir un propósito, para enseñar una lección, para descubrir quiénes somos, para mostrarnos lo que deseamos alcanzar.

Igualmente, en otras ocasiones, nos transformamos, fortuitamente, en el punto de encuentro, ante los protagonistas, en los desencadenadores de sucesos, en los responsables de dejar en el encuentro una pista para que nuestros semejantes encuentren lo buscado o, bien, reorienten su búsqueda.

CRUCIGRAMA

De alguna forma, cada uno de nosotros, somos portadores de misteriosas piezas del rompecabezas vital de los otros, de algunas guías del crucigrama que conforman la vida de otros seres humanos –cercanos y desconocidos-, que son compartidas, como señales de luz, mediante sucesos inesperadamente fortuitos y cotidianos, generalmente imperceptibles. Insignificantes. Fragmentos vitales que, en ocasiones, no son cedidos, porque la miopía, o bien, las inmensas gafas de la indiferencia, caracterizadas por vidrios oscuros, impiden ver y vernos para percibir a los demás como seres de encuentros.

Curiosamente esa sordidez, esa indiferencia, nos puede transformar en seres anónimos, irreconocibles, ajenos a lo mejor de nuestra propia naturaleza. Tal vez, esa sea la causa por la que en muchas ocasiones nos olvidemos de vivir.

Pero también existe lo opuesto. Historias que han hecho que, ante la pandemia, la sociedad sea más abierta, más humanamente conectada. Hablo de esos actos de generosidad y solidaridad que finalmente hacen que este mundo sea aún habitable a pesar de la tragedia.

 

Y TODO…

¿Será posible que los sucesos de generosidad sean inmunes al paso del tiempo? ¿Puede un sencillo acto de misericordia renacer milagrosamente, mucho tiempo después, en el corazón de quien lo recibió? Veamos…

UN VASO

El doctor Howard Kelly fue un notable médico ginecólogo norteamericano, fundador del Hospital Kelly, uno de los primeros en los Estados Unidos dedicados únicamente a la obstetricia y enfermedades de la mujer. En la vida de este médico existe una anécdota oportuna hoy de compartir.

Un día, un muchacho pobre que vendía mercancías de puerta en puerta para pagar su escuela, encontró que sólo le quedaba una simple moneda de diez centavos, y tenía hambre. Decidió que pediría comida en la próxima casa. Sin embargo, sus nervios lo traicionaron cuando una encantadora mujer joven le abrió la puerta. En lugar de comida pidió un vaso de agua.

Ella pensó que él joven parecía hambriento así que le trajo un gran vaso de leche. Él lo bebió despacio y, entonces, le preguntó “¿Cuánto le debo?”. ”No me debes nada”, contestó Ella.

“Mi madre siempre nos ha enseñado a nunca aceptar pago por una caridad”. Él dijo... “Entonces, se lo agradezco de todo corazón”.

Cuando Howard Kelly se fue de la casa, no sólo se sintió físicamente más fuerte, sino que también su fe en Dios y en los hombres era más fuerte. Él había estado listo para rendirse y dejar todo.

Años después esa joven, ahora convertida en mujer madura, enfermó gravemente. Los doctores locales estaban confundidos. Finalmente la enviaron a la gran ciudad, donde llamaron a especialistas para estudiar su rara enfermedad. Se llamó al doctor Howard Kelly para consultarle. Cuando oyó el nombre del pueblo de donde ella vino, una extraña luz llenó sus ojos. Inmediatamente subió del vestíbulo del hospital a su cuarto. Vestido con su bata de doctor entró a verla. La reconoció en seguida. Regresó al cuarto de observación determinado a hacer lo mejor para salvar su vida.

Desde ese día prestó atención especial al caso. Después de una larga lucha, ganó la batalla. El doctor Kelly pidió a la oficina de administración del hospital que le enviaran la factura total de los gastos para aprobarla. Él la reviso y entonces escribió algo en el borde y le envió la factura al cuarto de la paciente.

Ella temía abrirla, porque sabía que le tomaría el resto de su vida para pagar todos los gastos. Finalmente la abrió, y algo llamo su atención en el borde de la factura. Leyó estas palabras: Pagado por completo hace muchos años con un vaso de leche y galletas - (firmado) Dr. Howard Kelly.

Dice Gibran: “hay quienes dan con alegría y esa alegría es su recompensa. Y hay quienes dan con dolor y ese dolor es su bautismo. Y hay quienes dan y no conocen la pena de dar ni buscan alegría, ni dan con preocupación de virtud. Dan como en el valle lejano el mirto exhala su fragancia en el espacio. A través de las manos de los que son como éstos habla Dios, desde sus ojos Él sonríe sobre la tierra”.

Es también cierto lo comentado por Martín Descalzo: “a veces te ocurren cosas misteriosas. Un día se acerca alguien a ti y te dice que desde hace veinte años se alimenta de una frase que tú le dijiste una vez. Tú preguntas de qué frase se trata. Y cuando te la dicen, tú jurarías que esa idea jamás pasó por tu cabeza, que la dijiste casualmente. Y mira por donde la flecha fue derecha al blanco que la necesitaba”, así funcionan las buenas acciones.

 

COMÚN DENOMINADOR

Las personas admirables -y felices- son aquellas que contribuyen significativamente al bienestar de la vida de sus semejantes. Con atenciones pequeñas, pero bien intencionadas.

Aun cuando todo acto de generosidad tiene una recompensa implícita y tácita, también es cierto que la vida nos regresa todo lo que damos (para bien o para mal), casi siempre sin darnos cuenta, generalmente en silencio, sin reflectores. Y qué bueno que sea así, pues es ahí donde se encuentra la inexplicable sensación de paz. El sentido de la plenitud.

La generosidad es la comunicación más perfecta que existe entre las personas. Representa la suprema expresión para sentirnos encendidos. Iluminados. Humanos.

Y toda humanidad personal puede comenzar con el brevísimo gesto de brindar un pequeño vaso de leche a quien lo necesita.

En fin. Así de misterioso y también así de sencillo actúa eternamente Dios.