Hay de amores a amores.

Dice la Biblia que amar a los que uno tiene cerca: tu madre, tus hermanos, tus amigos, en fin tu familia, es algo corriente.

Lo verdaderamente extraordinario es amar a los prójimos de uno.

A los que no tienen con nosotros relación alguna ni port afinidad.

Y cuando escribo esto me viene a la cabeza un grupo de jóvenes católicos que se llama “Jornadas”.

Si viera usted.

Son puros muchachitos, en su mayoría mujeres, estudiantes universitarios todos, que donan su inteligencia y su tiempo para llevar un mensaje de amor, y algo más. a los internos de la correccional.

A chavos rebeldes que están en el reformatorio por haber cometido un delito.

Un robo, una violación o en el peor de los casos, un asesinato.

“Estuve en la cárcel y me visitaste”, reza el Evangelio.

Y es exactamente lo que hacen los chicos de “Jornadas”, que en lugar de andar en la pachanga, en una fiesta, en una piyamada, en el antro, en una peda, dedican su vida a visitar a quienes, por un error, están encarcelados.

Conocí a los jóvenes de “Jornadas”, durante la Cuaresma pasada que hice la historia de “Jongo”, el Cristo de la correccional.

Y pensaba yo, qué grande amor el de estos chicos que, en vez de andar de vacaciones de Semana Santa, vienen aquí a predicar la Buena Nueva de Dios.

Unas estudiantes que vienen a traer la Palabra a violadores, asesinos, rateros, y no tienen miedo.

De veras qué ejemplo.

Qué güevos, me dije.

Todavía hace algunos meses hablé con una chava que se llama Elena, una chica de 22 años, que es como la líder del grupo.

Que si podía cubrir un evento en la penitenciaría de menores, me pidió.

Le dije que sí.

Dijo: “es que mis niños van a hacer la Comunión”.

Y cuando dijo “mis niños”, me quedé estupefacto.

Sus niños, los que cayeron por haber robado, por haber matado a alguien, por haber abusado sexualmente de un semejante.

Ese sí es amor, pensé.

Lo demás son ching…