Puede sonar paradójico, pero existen dos países a los cuales los mexicanos debemos voltear en estos días, de forma permanente, casi por la smismas razones: constituyen un buen espejo en el cual debemos mirarnos para no incurrir en los mismos pecados. Esos dos países son Estados Unidos y Venezuela.

En el caso de Venezuela, como se sabe, el desastre económico generado por la dictadura chavista ha llevado a ese país a imponer un récord histórico improbable: el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha calculado, para este año, una inflación de ¡un millón por ciento!

En el caso de los Estados Unidos, los procesos seguidos a Michael Cohen y Paul Manafort –excolaboradores de mandatario estadounidense–, quienes han sido encontrados culpables de diferentes delitos, colocaron a Donald Trump en situación de riesgo, pues las conductas ilícitas de las cuales son acusados aquellos le involucran.

En ambos casos, los mandatarios han respondido a los hechos afirmándose en el principal rasgo de su carácter: la megalomanía.

Nicolás Maduro ha lanzado el enésimo plan de salvamento de la economía venezolana, insistiendo de paso en su papel de víctima de una “maquinación nacional e internacional” –orquestada por las oligarquías, desde luego– y diseñada para hacer fracasar a su gobierno y posibilitar “el retorno de la derecha golpista”.

Casi al mismo tiempo de conocerse el anuncio del FMI respecto de la hiper-mega-ultra inflación venezolana, Maduro habría sufrido un atentado mediante el uso de drones cargados con explosivos. El corolario con el cual cerró este episodio consistió en afirmar cómo, si a él le pasara algo, tal circunstancia provocaría una guerra civil en Venezuela.

Ningún asomo de autocrítica; ningún reconocimiento al fracaso estrepitoso del experimento –si acaso puede llamársele así– del denominado “socialismo del Siglo 21”; ni un paso atrás en el sostenimiento de un régimen cuyo principal logro, por estos días, es la generación de un auténtico éxodo de venezolanos hacia cualquier lugar donde puedan alcanzar una vida digna.

De su lado, Donald Trump reaccionó ante los hechos de la semana como un blofero profesional en una mesa de Texas hold’em: ha lanzado todas sus fichas al centro forzando a los rivales a igualar la apuesta –con el riesgo de perderlo todo– o retirarse de la competencia.

En efecto: el magnate neoyorkino ha lanzado la más atrevida de su declaraciones ante la posibilidad de ser sometido a juicio político tras haberse demostrado, en sendos procesos penales, el ocultamiento y desvío de recursos de su campaña presidencial de 2016.

En una entrevista transmitida en el programa “Fox & Friends”, de la cadena Fox News –una cadena pro Trump– al mandatario se le cuestionó si considera la posibilidad de ser llevado al banquillo de los acusados por la bancada demócrata de la Cámara de Representantes.

“Le diré algo: si alguna vez me acusaran políticamente, creo que el mercado colapsaría… Creo que todos serían muy pobres. Porque sin este pensamiento se verían cifras que no creerían, en reversa”, dijo el mandatario sin pestañear, es decir, creyéndose cada una de sus palabras.

Maduro y Trump, parecería ocioso decirlo, se ubican en extremos opuestos del espectro ideológico. El primero es partidario de las teorías socialistas y del control estatal de la economía; el segundo promueve y practica la versión más feroz del liberalismo económico.

Pero, para ser dos presidentes colocados en las antípodas, la simetría de su pensamiento resulta llamativa. Aunque ya no lo es tanto cuando asumimos la realidad: en ambos casos estamos hablando de individuos para quienes el mundo gira a su alrededor, razón por la cual están convenidos de ser indispensables incluso para mantener a la Tierra en su órbita alrededor del Sol.

Claramente, como lo ha demostrado la historia en incontables ocasiones, tanto Maduro como Trump pueden dejar de existir en cualquier momento y nuestro planeta seguirá girando. Ningún ser humano ha sido, es o será tan importante como para afectar el curso de la historia de forma absoluta.

Pero siendo cierto lo anterior, la megalomanía de quienes acceden al poder no puede ser trivializada ni soslayada. Los megalómanos son peligrosos si tienen la posibilidad de tomar decisiones capaces de afectarnos a todos y por ello es preciso identificarles y contenerles.

Los megalómanos, es preciso decirlo con todas sus letras, no son demócratas. Son apenas individuos excesivamente pagados de sí mismos a quienes les ha dado por creerse en extremo peculiares, poseedores de características únicas, entre ellas una inteligencia superior. Pero, como lo demuestran claramente los ejemplos de Maduro y Trump, ni siquiera se trata de individuos particularmente inteligentes.

México se encuentra en la antesala de la megalomanía… por eso conviene voltear permanentemente hacia Estados Unidos y Venezuela.

¡Feliz fin de semana!

@sibaja3

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