Vamos hacia una confrontación política y social frontal entre AMLO —apoyado por vociferantes simpatizantes— y el resto de la sociedad que no lo traga. Visiblemente inconformes con sus filosos insultos, los empresarios más grandes de México.

En la balanza está la respuesta de quiénes son los ángeles y quiénes son los demonios en esta obra de teatro.

Todavía no gana, y Andrés ya se siente Presidente. Todavía no gana y ya perdona delitos. Todavía no gana y promete un cambio milagroso instantáneo. Faltan menos de dos meses, dice. El primero de julio nace su bebé, un México impoluto. Habrá paz, armonía y crecimiento económico acelerado.

Asegura estar en contra de la reelección, pero para compensar trabajará 16 horas diarias para compactar dos sexenios en uno. No va a proponer cambios a la constitución, por ahora. Esperará hasta medio sexenio para vaciar su sabiduría a un texto constitucional.

Al parecer, las encuestas lo han envalentonado para fustigar a quienes desde hace años apoda “la mafia del poder”. Lo repitió enfáticamente con excelsa claridad en el programa Tercer Grado la noche del jueves. Dice que es su manera de educar a los electores.

Pecaron de mesurados los empresarios al reclamarle que les llamara “rateros”, “rapaces”, “insaciables”. Quizá estemos ante “muy poco, muy tarde”.

Andrés aún no gana, pero se siente ganado y se quitó la máscara. En el Tec revivió la idea del estado-empresario, flanqueado por empresarios y sindicatos dueños. Contará, dice, con ochocientos mil millones de pesos que alega se evaden en impuestos o tiran en corrupción.

Hago notar que las reformas “estructurales” no tocaron la rectoría del Estado, la planeación democrática, y las consultas populares de la constitución. Insistiré que Andrés tiene todo para estrenarse como dictador, porque el tumor socialista sigue vigente en el texto constitucional en espera de generar metástasis.

Andrés presidente no es la salvación de México, sino la prueba del fracaso nuestro sistema político. Sin embargo, los grandes empresarios no pueden deslindarse del PRI dictador o del PAN aguado e ineficaz.

Por cada Tatiana que traiga Andrés en el hombro derecho soplando con voz de ángel, el tabasqueño trae veinte demonios de izquierda radical exigiendo venganza. Cuando Andrés eleva a Salvador Allende a ser su gran héroe, más que Castro, no creo que ignore que los extremistas de izquierda fueron quienes provocaron la debacle del golpe en 1973.

Hoy, Andrés puede prometer paz, serenidad, inclusive amor o amnistía. Otra cosa será lo que los políticos mercenarios que lo rodean querrán hacer. El sistema político mexicano está diseñado para que gobierne la voluntad política del presidente. Él nos compondrá a todos, es su plan.

En cuanto al aeropuerto nuevo en construcción, él ya lo mandó a volar. Él sabe lo que más conviene. Y si se tiran ochenta mil millones ya invertidos, ni modo. Según Andrés —y supongo que sus expertos en el tema— es más barato agregar dos pistas al aeropuerto militar (desconectado del actual).

Ausente está toda noción de que en los tiempos actuales los sistemas prevalecen sobre las personas. Lo que él quiera nada tiene que ver con lo que su presidencia imperial juarense o cardenista inevitablemente producirá.

¿Aún es posible ganarle a Andrés? Como dicen, matemáticamente sí, pero probablemente muy difícil. ¿Podemos contar con que Andrés continúe derrochando apoyos? Estamos entrando a la etapa en la que sólo él se puede derrotar a sí mismo.

La alternativa del Frente se muestra muy verde para superar al crecido adversario. Hay muchas cosas que el Frente puede hacer que no está haciendo. Anaya al parecer no logra bajarse de la nube de la candidatura y por ende no alcanza a comprender el tamaño de la brecha.

Ángeles o demonios, al parecer todos pagaremos por los pecados colectivos que cubren toda una generación. Si los jóvenes millennials le aplauden, es que lo tenemos merecido.

javierlivas@prodigy.net.mx