Nuestros próceres, antes de ser colosos de piedra, fueron gente de la vida pública nacional, tan cuestionable como la de hoy en día

Fruto excelso de la colaboración Puzo-Coppola, las cintas “El Padrino” y “El Padrino 2” son obras para verse y degustarse a 
menudo.

Acabo de echarles el enésimo vistazo y, tras mucho analizarlas, me siento capaz de sintetizar su emocionante argumento de la siguiente y guapachosa manera:
Gucci le dio a Cannelloni, Canelloni le dio a Fetuccini; Mozzarella pegó a Berlusconi, le echó a Pepperoni, les hinchan los pies. ¡Padrino!

La cadena de traiciones y asesinatos que colorea esta historia con sabor mediterráneo me recuerda mucho al devenir de aquel otro mito conocido como La Revolución Mexicana.

Si la contamos en términos llanos, nuestra gesta no difiere mucho del drama italo-americano. Veamos: 
Madero destierra a Díaz. Huerta asesina a Madero. Carranza le da una patada en el trasero a Huerta y restablece el orden presidencial con la ayuda Obregón, Villa y Zapata.

Ya Presidente, Carranza (su gente) asesina a Zapata. Y cuando el ilustre barbón buscaba imponer a su sucesor, fue asesinado por el brazo fantasma de Obregón que también se despachó al “Centauro del Norte”.

Obregón ocupó la Presidencia y ya se las estaba arreglando para reelegirse, pero salió uno más cabrón que todos, Calles y se echó al plato al manco.

“Don” Calles, que sí era un auténtico Padrino, logró la alquimia imposible: Institucionalizó la Revolución. Y luego de hacer maridaje entre conceptos tan irreconciliables, tomó los colores de nuestro lábaro y se los adjudicó como parte de su marca registrada.

Y un buen día se decretó, desde la Presidencia de la República, que habríamos de conmemorar esa cadena de crímenes. Después de todo, había costado un millón de vidas civiles  y, aunque no subsanó la injusticia social, pese a que no saneó en absoluto el sistema político –nomás estableció las mañas que habrían de practicarse en lo subsecuente–, aunque no dio tierra ni libertad o sufragio efectivo, los inmolados debían ser enaltecidos y recordados.

Muy discutible resulta también la fecha que se designó para el siempre bienvenido Aniv. de la Rev. Pero ya es tarde para proponer otra, además se encuentra muy convenientemente ubicada en el calendario, entre el Buen Fin y el Thanksgiving.
La mayor parte de la gente se queda con la noción idealizada de la gesta revolucionaria que se nos ofrece con el paquete básico de la educación elemental: Una Revolución romántica, un anhelo de justicia llevado a las armas, una lucha entre tiranos y oprimidos.

Pero el asunto es más complejo (y vulgar). Nuestros próceres, antes de ser colosos de piedra, fueron gente de la vida pública nacional, tan cuestionable como la de hoy en día y las causas que enarbolaron eran objeto de debate, no verdades absolutas.

De igual forma, los actores de esta sanguinaria película no conformaban ningún frente de aliados paladines (pese a que en las conmemoraciones alusivas veamos a sus versiones infantiles abrazados como buenos cuates).

Extraño culto el que le rendimos a la Revolución Mexicana que, en el colmo del sinsentido, se celebra con un desfile deportivo (hay una explicación para ello pero, créame que no nos saca de ningún apuro).

Personajes discutibles e ideas refutables flotando en un caldo violento, de eso se conformó nuestra Revolución y si lo enuncio así, no es para denostarla sino para preguntarme a cuáles de nuestros controversiales personajes de la actualidad se les habrá de estar quemando incienso dentro de 100 años.

Porque de nuestros héroes también se hizo crítica, mofa y escarnio en su momento, porque sus fines y sus medios fueron objetables.

¿Qué nombres de hoy se escribirán con letras doradas en el pedestal de un monumento y cuáles habrán de pasar al libro de la ignominia?

¡Sépala! Pero pueden darnos alguna pista las conocidas palabras de Adolfo López Mateos (otro presidente subproducto de la Revolución): “La Revolución Mexicana fue la Revolución perfecta, pues al rico lo hizo pobre, al pobre lo hizo pendejo, al pendejo lo hizo político, y al político lo hizo rico”.

Cosa de decidir quién es al día de hoy el rico, el pobre, el político y –por supuesto– el pendejo.

Vista así, la Revolución sigue viva y caminando a toda marcha.

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