Lo que no lograron las revoluciones francesas ni dos guerras mundiales, parece que lo consiguió la incompetencia

Salvo que esté incurriendo en descomunal omisión, creo que desde la caída de las Torres Gemelas en 2001, no atestiguábamos la pérdida de un icono arquitectónico de semejante relevancia, hasta ayer.

Ahórreme las comparaciones doctas o puristas: la verdad es que no me interesa poner en una balanza la importancia de una pieza contra la otra, como tampoco sería útil contrastar las respectivas circunstancias que sellaron la suerte de estas edificaciones.

Analicemos en todo caso quiénes fuimos y somos, entonces y ahora, frente a tales acontecimientos. Si no mal recuerdo, el 911 nos agarró como ratones temerosos, pegados al televisor esperando que no anunciasen la conflagración definitiva que pusiera punto final a la humanidad.

Diecisiete años y medio más tarde, nos hemos vuelto mucho más cínicos, alternamos nuestra consternación con chistes y opiniones no solicitadas. La cobertura es ahora un ejercicio colectivo y menos vertical y, aunque las cadenas informativas aun juegan un papel de cierta relevancia, la opinión pública se desplaza amorfa y azarosa por el universo digital.

En realidad, fue gracias a los teléfonos y equipos móviles civiles que se logró la imagen que definió la jornada de ayer, la de la aguja de la Catedral de Notre-Dame colapsando luego del embate alternado de las llamas y del agua.

Ver este elemento caer en forma tan dramática y borrarse para siempre del perfil de la Ciudad Luz, debe ser sin duda uno de esos momentos que marcan a una generación cuyas consecuencias la trascienden por siglos.

Ayer, lo que no lograron las revoluciones francesas ni dos guerras mundiales, parece que lo consiguió la incompetencia: Comprometer seriamente la subsistencia de este monumento del arte, la fe y la cultura.

Notre-Dame se supone estaba siendo objeto de trabajos de mantenimiento y remozamiento y habría sido el siniestro originado por un descuido del equipo que realizaba estas tareas.

Y he aquí la primera lección que todo esto nos arroja: A veces la estupidez entraña mayores riesgos que una guerra mundial. De los pendejos líbranos, Señor.

Luego comenzó la consabida guerra de egos en la red, un juego bastante elaborado, sin reglas escritas, que celebran los internautas ante cada hecho que se suscita.

Se trata de emitir la postura definitiva, una que resulte incontestable y nos consagre como el “opinador” non plus ultra  -el “non pelustra”- de las redes.

La publicación perfecta o “post” definitivo deber ser:

Original; ha de expresar más que la simple consternación bobalicona -“pray for Paris!”- y a la vez debe evitar caer en  los clichés como que  “mientras ustedes lloran por una iglesia hay niños muriendo de hambre”.

Se debe mostrar cierto nivel de cultura, de preferencia aportando datos relevantes poco conocidos, pero tampoco hay que hacer alarde de mamonería. Evite colgar la foto de la vez que estuvo en el lugar de los hechos con su camiseta de la Selección.

Hay que demostrar superiodidad moral, pero casi como no queriendo. Como que nos fuera muy normal la distinción entre la razón y la necedad -cosa que de ser cierta, haría de este mundo un lugar más habitable-.

Juicio, estatura moral, cultura, todo eso hay que demostrar con nuestras publicaciones, pero también debe haber presente un dejo de ironía, una oscura nota de humor que le quite toda solemnidad al asunto, porque después de todo, “uno está por encima de esas ‘banalidades’”.

“Et voilá!”: Si logramos ponerlo todo junto tenemos el comentario perfecto para las redes sociales, listo para recibir sus “like”, sus “mencorazona” y también sus “mencabrona”, cómo no, si son también una forma de atención que nos chifla y recontrachifla.

En fin, como ya había advertido, estamos en la semana de las divagaciones con motivo del receso por la Pascua.

Y dado que se atravesó este aciago acontecimiento, era mejor agotarlo de una buena vez.

Si va a salir de vacaciones, tome las debidas precauciones y si su destino era París, lamento decirle que va a tener que tachar una de las paradas obligadas de su lista de cosas por hacer en la Cité de la Lumiére.

Nos leemos el jueves.

ENRIQUE ABASOLO
NACIÓN PETATIUX

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