En la década de los 70 la palabra “pirruris” fue usada para “designar a jóvenes provenientes de un estrato social alto o bien para calificar a quienes tenían pretensiones de pertenecer a él”. Los “niños bien” criticaban las costumbres de las clases populares, las de los llamados “nacos”, al carecer éstos de las inmensas desventajas socioeconómicas y de la educación de los sectores de escasos recursos. ¡Un horror!

Hoy en día, el término “pirruris” ha resurgido en razón de un léxico agresivo y clasista utilizado por el ciudadano Presidente de la República para dividir y enfrentar a nuestra sociedad, en lugar de impulsar un proceso de reconciliación nacional y de trabar poderosas alianzas para crear millones de empleos con el objetivo de ir disminuyendo gradualmente las terribles diferencias económicas, en realidad, amenazantes bombas de tiempo que todos estamos obligados a desactivar a la brevedad posible.

En la actualidad, y en el contexto de la evolución filológica de la palabra “pirruris”, dicha expresión se refiere, en lo general, a ciertas personas adineradas, entre las que no se encuentran los narcotraficantes multimillonarios ni los políticos enriquecidos con cargo al erario, ni los prelados titulares de inmensas fortunas después de haber lucrado perversamente en el mercado espiritual, entre otros especímenes más. Los nuevos “pirruris”, de acuerdo a la terminología política actual, según mi entender, son los empresarios destacados que han conquistado el éxito económico a través de sus compañías, bienestar que, desde luego, comparten sus respectivas familias.

Estos empresarios triunfadores en la escala que se desee, son acusados y denunciados socialmente por quienes piensan que el dinero es el “excremento del diablo”, además de creer que toda riqueza es mal habida, salvo la detentada por una parte de la nomenklatura de Morena, oculta, por supuesto, al escrutinio público.

Los renombrados políticos que atacan hasta ahora verbalmente a los “malvados hambreadores del pueblo”, desconocen las complejidades y riesgos en las negociaciones de los contratos colectivos de trabajo con líderes mafiosos, so pena de ver colocadas las banderas rojinegras en las puertas de sus compañías. Ignoran los riesgos de ser secuestrados o asesinados, al igual que sus seres queridos, así como las consecuencias del desplome de las ventas, asfixia financiera que impide el pago de salarios o de impuestos o la amortización de los créditos bancarios o hipotecarios que puede ocasionar la desaparición de las empresas. No se toman en cuenta los chantajes de los auditores fiscales ni los sobornos imprescindibles para obtener licencias y autorizaciones y sólo así poder continuar con el desempeño de sus actividades, ni las consecuencias de las abruptas devaluaciones del peso cuando se tienen contratadas deudas en dólares ni la desesperación propia del bloqueo de las líneas férreas o del saqueo de los trenes que transportan los insumos, ni la imposibilidad de surtir pedidos a tiempo, so pena de enfrentar multas comprometedoras.

A los críticos suicidas de los “pirruris” les es imposible entender, en su resentimiento y envidia, que a más empresas sanas más empleos, más consumo de productos nacionales, más equilibrio social, más divisas, más utilidades, más recaudación tributaria en todos los niveles de gobierno, más crecimiento económico y más capitalización: unas empresas fuertes hablan de un fisco fuerte y, por ende, de un País fuerte al contar con más presupuesto público para construir más obras de infraestructura, dotar con más y mejores servicios a la comunidad, más y mejores sistemas de impartición de justicia, más solidez institucional, más y mejor educación, más democracia, más desarrollo político, más certeza y oportunidades de negocios para los inversionistas nacionales y extranjeros, más posibilidades de abrazar más proyectos sociales, culturales y económicos y a la inversa…

Comparemos entonces a un país con “pirruris” y a un país sin “pirruris” como ocurre en Cuba, en Venezuela y en Nicaragua. ¿Está claro? Los “pirruris”, con sus debidos defectos y excepciones, crean empleos, se juegan su patrimonio, generan divisas, impulsan la prosperidad y el bienestar, pagan impuestos (a pesar de la escandalosa evasión que va de la mano con la corrupción pública), financian actividades turísticas, deportivas y culturales, entre otras tantas actividades más.

Cuando los “pirruris” son atacados y se atenta en contra de la certidumbre y seguridad pública y jurídica, aquellos sustraen la sangre del aparato productivo y exportan sus recursos o los congelan en perjuicio de los sectores más necesitados a los que urge ayudar. Tan pronto los “pirruris” huyeron de Cuba y Venezuela, advino una pavorosa miseria que tarde o temprano ocasionará nuevos estallidos sociales.

En México necesitamos millones de “pirruris” para poder construir más academias y universidades, más polos de desarrollo, más infraestructura, más y mejor educación, seguridad y servicios públicos.

¡Arriba los “pirruris”!, mientras más “pirruris” tengamos, mejores condiciones de vida disfrutaremos y a la inversa. Desde que los “pirruris” se fueron de Venezuela o les expropiaron sus empresas, en Caracas desaparecieron los gatos y los perros callejeros porque fueron devorados por una nación hambrienta sometida a una terrible tiranía. Una vez más ¡Vivan los “pirruris”.