“La única forma que tiene el arte para ejercer una denuncia es ser bueno”,

María Fernanda Ampuero, Vanguardia, 10 de mayo del 2019.

Con motivo de la presentación de su libro “Pelea de Gallos” en la FILC 2019 entrevisté hace unos días a la escritora guayaquileña María Fernanda Ampuero. Sus cuentos presentan algunas situaciones que las mujeres viven en la realidad, instancias de violencia y abuso, y por lo mismo han sido señalados por algunos medios y críticos como textos de denuncia social.

Sin embargo, cuando la abordé al respecto ella distanció su obra de tales declaraciones sobre objetivos tan específicos y se expresó como en la cita que acompaña a este texto.

Para Ampuero, el arte no debe estar subordinado a una agenda política, porque sabe que los lectores no son tontos y se dan cuenta cuando se les está dando un producto con fines propagandísticos.

Como parte de la misma cobertura, en rueda de prensa por la presentación de su libro “Sábado, domingo”, el español Ray Lóriga declaró algo similar al asegurar que en sus obras prefiere la utilización de metáforas y fábulas para explorar temas sociales sin señalar a tal o cual personaje o institución como los buenos o los malos, dejando al lector la libertad para ejercer un juicio.

En cambio, Carlos Díaz Reyes vio el discurso de su antología de cuentos “Hombres al Borde de un Ataque de Celos” desde una perspectiva diferente a raíz de los movimientos de visibilización de las actitudes de acoso de los hombres en el ámbito literario mexicano, en particular el Me Too Escritores Mexicanos.

El autor aseguró en entrevista que aunque no era su intención sí está consciente del cambio de contexto y espera que el libro pueda servir para establecer diálogos en torno al tema.

Estas tres situaciones me resultaron particularmente interesantes porque todas coinciden en separar el arte de cualquier tipo de propaganda, incluso para Ampuero, quien tiene también su faceta activista y decidió no mezclarla con su práctica artística.

Esta tendencia a dejar que el arte hable por sí sólo y permita al espectador generar sus juicios con guías pero sin un camino estrictamente definido da cuenta de la existencia de una antítesis, un arte hecho con la sola intención de influir en la opinión pública y lleva a cuestionar cuál de los dos en nuestro tiempo es más pertinente y me hace preguntarme si el primero no es sólo una versión light del segundo.

En la primera cuestión hay ejemplos suficientes de arte propagandístico, algunos más bienvenidos y efectivos que otros. El Régimen Nazi influyó en todas las artes con la intención de promover su filosofía y políticas. El muralismo hizo lo propio ensalzando ciertos valores y elementos de la diversa cultura mexicana —principalmente del sur del país— para construir una identidad nacional.

Pero luego de las vanguardias la individualidad del artista se mezcló con la preocupación por su entorno. Nunca ha existido creador que haga arte sin tomar en cuenta su contexto, pero en las obras contemporáneas, de cualquier disciplina, lo social siempre tiene un lugar predominante y es en muchas ocasiones el punto de partida de las propuestas artísticas. Son pocos los discursos, statements y críticas que no hagan referencia de estos aspectos en la obra.

Entonces podría hablarse de una denuncia lanzada desde lo individual, de una propaganda anclada en la experiencia singular del artista dentro de lo colectivo: una perspectiva particular.

Este fenómeno es más visible en ejemplos como los de los youtubers e influencers, cuyas visiones del mundo son consumidas por millones. Pero ellos, a diferencia de artistas como los antes mencionados, no consideran las consecuencias de sus opiniones. Entonces la propaganda de los contextos particulares se convierte en una lucha de muchos frentes.