La situación de guerra que se vive en Siria es la mayor crisis humanitaria que ha tenido el mundo en los últimos 20 años, y es poco ético que los países que tienen la posibilidad de influir en la solución del conflicto no hagan nada al respecto. Sobre todo, después de haber atestiguado el imperdonable ataque con armas químicas que perpetró el Gobierno de Bashar Al Assad contra sus propios habitantes.

Un Gobierno que no respeta la vida de sus propios habitantes no merece seguir al frente del Estado. En dicho contexto, la comunidad internacional debe ayudar a los habitantes de Siria a frenar las atrocidades de un Gobierno que está cometiendo un genocidio, ya que si no se detiene al mismo, el saldo en vidas puede ser mayúsculo.

No soy fanático de Donald Trump, por el contrario, tengo una pésima opinión del mandatario; sin embargo, coincido con la acción que llevó a cabo el ejercito de los Estados Unidos contra la base aérea desde donde se lanzó al ataque con armas químicas contra la población siria. Ya que en el mismo parece que no se registró un número elevado de muertes y se produjo la destrucción de varios aviones de guerra.

Hay pocas dudas respecto a la responsabilidad del régimen de Bashar Al Assad sobre el ataque, debido a que ha sido una práctica recurrente de dicho régimen. Por ejemplo, en 2013 fue atacada la zona de Gupta con gas sarín dejando un saldo de más de mil 400 personas muertas.

Por ende, creo que el ataque ordenado por Trump fue necesario, como una medida para neutralizar parte de la capacidad destructiva del ejército al servicio de Bashar Al Assad. Es decir, se utiliza la violencia para evitar más muertes en el mediano plazo, a través de ataques quirúrgicos a las instalaciones estratégicas de Siria.

Hay quien podrá argüir que la soberanía y la libre determinación de los pueblos son valores absolutos, pero la soberanía y la autodeterminación en un país autoritario como Siria es imposible, porque, aunque lo deseen, los habitantes de Siria no se pueden librar de Assad sin ayuda del exterior. Es decir, los diferentes países del mundo deben elegir entre ser cómplices del Gobierno de Siria o contribuir a la caída de un régimen que resulta dañino.

Genocidios como el sucedido en Ruanda en 1994 nos demuestran que la soberanía de los Estados no puede ser un límite infranqueable cuando se están cometiendo actos de lesa humanidad. El genocidio en Ruanda se pudo haber evitado con intervenciones militares quirúrgicas de otros países y la lentitud de la comunidad internacional costó decenas de miles de vidas.

Hoy la lentitud de la comunidad internacional se está traduciendo en la pérdida de miles de vidas en Siria. Se requiere un acuerdo entre las principales potencias bélicas en el mundo para neutralizar la capacidad militar no sólo del Gobierno de Al Assad, sino también de ISIS, como un primer paso para facilitar la transición en Siria y para disminuir la violencia que se vive en dicho país.

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